Viernes, 30 de Septiembre de 2016
17:05 CEST.
Centenario Virgilio Piñera

Virgilio... no el de 'La Eneida'

No recuerdo bien cómo conocí a Virgilio Piñera o quién me lo presentó. Pero si guardo buena memoria de la primera conversación (más allá del saludo) que tuve con uno de esos raros, inmensos, privilegiados escritores que ha dado Cuba en cualquier tiempo. Fue en el periódico Revolución, más exactamente en el salón que ocupaban las redacciones de la página de espectáculos del diario y del suplemento cultural Lunes de Revolución, donde Piñera se ocupaba, entre otras muchas tareas, de la sección "A partir de cero", solo para debutantes literarios.

Sucedió que Virgilio incluyó en la mencionada sección un texto mío titulado "Todos los sábados son iguales" —incluso me daba la bienvenida al mundo literario en una nota anónima— sin tener en cuenta que yo había publicado ya, al menos, ¡dos cuentos!, uno de ellos precisamente en Lunes… apenas unos meses antes. Se lo dije asimismo como ahora lo estoy escribiendo.

—No tienes por qué quejarte— me respondió mirándome de soslayo con esos grandes ojos negros que le cogían todo el rostro— Cuando seas famoso y te hagan una entrevista, podrás decir que eres el único escritor que ha sido desflorado dos veces.

No me gustó el comentario, y mucho menos la risita socarrona que emitió al final para subrayarlo; pero esa vez me quedé callado, en espera de una nueva ocasión en que pudiera cruzarle un contragolpe. Por esa época yo era un joven malcriado.

Confieso que, además de joven y malcriado, por esa época (1959 y primeros 60) yo era también muy atrevido, me encantaba molestar a los demás. Cierta vez le pregunté a Jaime Sarusky: "Ven acá, Polaco, si tú eres novelista ¿qué coño es Thomas Mann?". A Pablo Neruda, durante una cena en El Gato Tuerto, le dije una pesadez sobre el cobro de sus derechos de autor en Cuba, en presencia de Felito Ayón, Nicolás Guillén y su quinta cosa Matilde mía (suya), lance que el bardo camagüeyano me agradeció al otro día en secreto.

De vez en cuando invitaba a almorzar en el Carmelo de Calzada a Rine Leal, tacaño ejemplar aunque hombre justo, con la única intención de pedir el plato más caro del menú cuando me devolviera la invitación. Y hasta a mis buenos amigos Edmundo Desnoes y Ambrosio Fornet los llamaba "la pareja cómica Desnes y Fornoes"… Pero a Virgilio no sabía cómo entrarle.

Hasta un buen día en que empecé a saludarlo de este modo: "Bueno, ¿y qué cuenta Virgilio… no el de La Eneida?". Y desde la primera vez que lo hice supe que había dado en el clavo.

Algún tiempo después, uno de esos días en que Virgilio Piñera no estaba de su habitual buen humor, me propinó el knock out flat que yo debía haber estado esperando por meterme con quien no debía:

—No, no el de La Eneida. Pero sí el de El caramelo, un cuento que tú, querido, no podrás escribir jamás en tu vida.

Tenía razón: Virgilio Piñera es el autor no sólo de ese magistral cuento que es El caramelo, y de todos y cada uno de sus Cuentos fríos, sino también del monumental poema La isla en peso, de novelas tan ejemplares como La carne de René y Presiones y diamantes, de un montón de ensayos que definen del modo más personal nuestra cultura y, sobre todo, de Aire frío, Electra Garrigó, Jesús, y más de una decena de las mejores piezas teatrales que se han concebido en Cuba y —¿por qué no arriesgarse a afirmarlo?— en el resto de América e incluso en todo el planeta llamado Tierra.

Virgilio Piñera es un escritor gigante, uno de los grandes grandes de verdad, tan versátil que se sentía como pez en el agua en cualquier género que atacaba, y tan original que, aun preocupado siempre por lo que estaba de moda, jamás resultó mimético. Añádase a lo apuntado (sin mezclar con el resto, como en las buenas recetas de cocina) que Virgilio Piñera es tal vez el único escritor nuestro que, con una prosa de andar por casa, haciendo un uso genial del lugar común, sin recurrir al color local, al juego de palabras o a cualquier otro artificio literario, ha calado con más profundidad en el carácter del cubano sin menoscabar su dimensión universal.

Todos los homenajes, pues, resultarán escasos para celebrar los cien años de la llegada al reino de este mundo de un ser tan excepcional como este Virgilio… no el de La Eneida, pero sí el de El caramelo. Por eso creo bueno que en Cuba, una isla que aún carga el peso del mismo régimen que lo persiguió y lo vilipendió hasta el delirio, su discípulo y amigo Antón Arrufat haya organizado un "año virgiliano" en su memoria. Sin duda los comisarios que dieron el sí a esta fiesta patéticamente postergada opinaran que muerto el perro se acabó la rabia, solo que en este caso el refrán no funciona porque la rabia de Virgilio —que siempre fue tratado como un perro sarnoso en su país— quedó en blanco y negro, testimoniada, escrita en muchos textos capaces de inocular el virus de la enfermedad a cualquiera que se acerque a ellos.

También es bueno que aquí, en Miami, donde el exilio cubano nunca le ha hecho mucho caso, un grupo liderado por Matías Montes Huidobro, Yvonne López Arenal y Mario García Joya, entre otros, se hayan ocupado de rescatar la obra de Virgilio del olvido casi total. El reconocimiento, también un tanto tardío —las efemérides, por lo general, sirven como excusa para reparar injusticias—, puede que de paso sirva para cerrar de una vez las bocas de algunos radicales de este lado, hermano incluido, que le arrancaron las tiras del pellejo, como diría él mismo, por su entusiasmo revolucionario en los primeros años DC (léase después de Castro).

Por supuesto que sería muy bueno que en un país como Argentina, donde vivió algún tiempo y cultivó amigos de la estirpe de Borges y Julio Cortázar, Bioy Casares, Victoria Ocampo o José Bianco, se le rindiera tributo en el centenario de su nacimiento al descubridor de la devastadora Ferdydurke, del polaco Witold Gombrowicz, otra arista que prueba la honradez artística de Virgilio, un  creador tan celoso con su obra, tan envidioso diría yo, tan competitivo, que se encerró a escribir Dos viejos pánicos en cuanto supo que La noche de los asesinos se había alzado con el Premio Casa de las Américas, porque "ese niño, Pepe Triana —se lo oí decir—, no me va a arrebatar a mí el trono del teatro cubano".

En fin, que en cualquiera y todos los sitios de este pequeño mundo en que vivimos, y en Cárdenas, su ciudad natal, en primer lugar, debe recibirse con regocijo que sea homenajeado, alabado, reverenciado alguien como Virgilio Piñera, un ser que, parodiando el slogan de Buzz Light Year, se entregó a la literatura "hasta el infinito… ¡y más allá!".

Yo también quiero homenajear a Piñera. Sobre todo porque después de los primeros encontronazos que narré antes, tuve el privilegio de ser su amigo. Y lo quiero homenajear con una simple anécdota, en apariencia nada literaria, pero que ahora se me antoja, más bien se me revela, como una de las claves de su literatura.

Una tarde, como ocurría con frecuencia, le di botella a Virgilio en mi Bel Air convertible cuando salimos del periódico Revolución. Era otoño, lo recuerdo bien, y avanzábamos a media velocidad por la calle Paseo rumbo a Malecón. Por la acera, de frente al automóvil y todavía a cierta distancia, avanzaba con andar cadencioso y enfundada en una escueta minifalda, una de esas mulatas habaneras que con su sola presencia parecen estar diciendo "todo lo que tengo es tuyo".

Me extrañó que Virgilio, de pronto, me preguntara:

—¿Está buena?

—Buenísima— le respondí, aún sin entender.

—Entonces dale un poquito más despacio para que puedas verla bien.

Me pareció una amabilidad exagerada de Virgilio por la botella, pero aminoré la velocidad hasta casi detener el auto cuando la descomunal mulata cruzaba frente a nosotros.

Fue justo el momento, el instante que él aprovechó para sacar medio cuerpo por la ventanilla del descapotable y decirle con la voz y el tono más melifluo, mas amanerado que nadie pueda imaginarse, su particular piropo a la mulata de la minifalda incendiaria:

—¡Adiós para siempre, preciosidad!

Enseguida se volvió hacia mí y casi me ordenó:

—¡Acelera, coño, acelera!

Claro, aceleré.

Virgilio reía, pletórico de felicidad, cuando volvió a hablar:

—Viste, Luis Agüero: ¡la taré, la taré!

Yo miré por el espejo retrovisor y, en efecto, advertí que la mulata de antes, tan segura de sus encantos, se había trasmutado en una especie de estatua de sal, aturdida, totalmente tarada, como había dicho Virgilio, con el rostro vuelto hacia un auto que se alejaba raudo y desde el que le habían dicho lo menos que ella podía imaginar.

Sé que Virgilio Piñera no era precisamente un adicto al policial norteamericano, pero también sé que por llevarle la contraria a los que sí lo somos, se había leído de cabo a rabo, por lo menos, a Dashiell Hammet y a Raymond Chandler. El piropo que le dijo a la mulata podría ser su versión al español del título de una de las novelas de Chandler, Farewell My Lovely, que en mejor cubano yo traduciría Abur, cosa rica.

De haber sido así, la anécdota relatada tendría una connotación literaria más compleja; no puedo afirmar que así sea, pero me alegra pensar que fue así. Y en ultísima instancia, si no lo fue, de todos modos lo sucedido esa tarde con la espectacular mulata tarada, sirve de ejemplo, creo yo, de aquello a lo que en el fondo aspiraba Virgilio Piñera con su literatura: a sorprendernos de cualquier manera, a dejarnos estupefactos con sus invenciones, a estremecernos con lo que menos esperábamos. En un par de palabras, a tararnos.