Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
08:10 CEST.
Opinión

Pócima contra ilusos

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El General-Presidente Raúl Castro acaba de administrar una amarga pócima contra las expectativas de aquellos que creyeron ver en la próxima celebración de la Primera Conferencia Nacional del PCC alguna posibilidad de apertura a las transformaciones sociales y políticas que —supuestamente— debían venir a complementar  las reformas económicas implementadas en Cuba a lo largo del año 2011.

En ocasión de despedir a su homólogo iraní, Mahmud  Ahmadineyad, después de su fugaz  y misteriosa visita a Cuba en medio de las tensiones entre ese gobierno y el estadounidense, Raúl Castro declaró que no deben "hacerse ilusiones" los que esperan que en el evento, que tendrá lugar el 28 de enero próximo, se desarrolle un debate amplio sobre la situación cubana.

La mencionada Conferencia será, ni más ni menos, un análisis del ordenamiento de la vida interna de la organización partidista para dar cumplimiento a los lineamientos aprobados durante el VI Congreso del PCC, en abril de 2011.

Con esta afirmación, el actual jefe del supremo cabildo de ancianos cerró oficialmente la puerta a las infundadas esperanzas de algunos sectores moderados de la sociedad civil, que en las últimas semanas han venido debatiendo en ciertos medios la inclusión en la agenda de la Conferencia de tópicos controvertidos, fundamentalmente los referidos a una participación más amplia e incluyente de toda la sociedad civil cubana en la búsqueda de soluciones para los acuciantes problemas de la realidad nacional.

Desde una perspectiva práctica, habrá que reconocer que tal declaración tiene la ventaja indiscutible de dejar claro que la cúpula no está interesada en debates o devaneos que, por otra parte, jamás han ocupado lugar en su agenda pública. El gobierno, que en justicia no puede ser acusado —al menos por esta vez— de haber creado expectativa alguna en lo tocante a un "debate ciudadano abierto e incluyente"  con sus "gobernados", ha mostrado ahora una excepcional transparencia: las decisiones del poder autocrático no son discutibles ni negociables.

En cuanto a la agenda gubernamental privada y sus próximos pasos, probablemente nadie los conoce con exactitud, como cabe esperarse de las intrigas conciliábulos de una pandilla de conspiradores.

De cualquier manera, si los más entusiastas teóricos animadores de las propuestas de interlocución con la elite del poder aspiraban a apuntarle crípticamente a ésta una vía razonable para iniciar el urgente proceso de apertura en la sociedad cubana, ya habrán quedado enterados de que no se aceptarán tales términos. Ordeno y mando es el estilo de las autocracias, por muchos timbiriches que se hayan abierto en los últimos meses, que nunca se ha concebido a los mortales dialogando con el Olimpo.

En síntesis, la criatura fue abortada incluso antes de la concepción; ergo, urge a los ciudadanos implementar otros recursos o, simplemente, renunciar a entenderse con las vetustas tapias verdeolivo: en todo diálogo debe haber al menos dos interesados.

Y esta es la segunda ventaja de la zoquetería del General-Presidente, porque ahora no solo consta de manera inequívoca que el camino a la conciliación quedó oficial y herméticamente cerrado, sino que —además— la pelota está del lado de acá del terreno y corresponde a la sociedad civil en general y a los promotores del fantasioso y fallido concilio entre sociedad y gobierno, en particular, dar el próximo paso.

Veremos ahora si los espacios institucionales que se han estado abriendo a debate entre reducidos sectores de la intelectualidad tolerada se deciden a incluir a otros grupos  dispuestos al diálogo ciudadano —hasta ahora excluidos o con una participación irrisoria—, o si, por el contrario, esos espacios se contraen y repliegan a su mínima expresión, a fin de no molestar demasiado a los poderosos.   

En las actuales circunstancias, todo indica que los vínculos entre estos grupos emergentes pudiera resultar lo más viable para una sociedad cada vez más crispada por la crisis y el deterioro, si se quiere una solución a tantos y tan variados reclamos. Sustituir la fe en lo intangible imaginado por el proyecto realizable, derribar las barreras entre los ciudadanos, superar la mutua desconfianza y los recelos, entender que coincidir en todas sus ideas no nos convierte en enemigos, y  validarnos entonces como interlocutores imprescindibles son ese "algo" que podríamos hacer para quebrar el inmovilismo, con independencia de la voluntad del gobierno.

Si la élite no nos va a escuchar, no somos nosotros, sino esa élite, el sector de los excluidos. Porque son las voces de los inconformes las que hoy suman mayorías. Prioricemos un diálogo nuestro y pronto veremos de qué lado está el enfermo y a quién realmente se debe administrar la pócima.