Jueves, 29 de Septiembre de 2016
20:43 CEST.
Opinión

Tres pasados, un presente

El pasado 4 de enero, DIARIO DE CUBA publicó un artículo en el que el investigador cubano radicado en Francia Jacobo Machover se ocupaba del escritor Guillermo Cabrera Infante y del apoyo explícito de este a los fusilamientos llevados a cabo por el castrismo tras el triunfo de la revolución.

A su vez, como reacción al texto, la escritora Zoé Valdés publicaba en su blog una diatriba contra mí —en mi condición de director de DIARIO DE CUBA y por tanto responsable de la aparición del artículo de Machover— y contra mi padre, el escritor Jesús Díaz.

Al presentar el artículo de Machover y su publicación en DIARIO DE CUBA como una conjura contra Cabrera Infante (Gibara, 1929-Londres, 2005), y como un intento de anteponerle literariamente a este la figura de Jesús Díaz (La Habana, 1941-Madrid, 2002), Zoé Valdés yerra el tiro y obvia el verdadero asunto del texto: la administración de la memoria histórica y el papel de los intelectuales y los escritores frente al poder.

Caín inconstante, años durísimos

En Guillermo Cabrera Infante tenemos, quizás, al novelista cubano más destacado de la segunda mitad del siglo XX. También al escritor exiliado que, como nos recuerda Valdés, "siguió escribiendo y luchando abiertamente en contra del castrismo, hasta el día en que murió". "Notorios son los artículos que publicó […] en las páginas de El País y de otras publicaciones del mundo entero", dice Valdés. Y tiene razón. Solo que hay algo más. Y esto es lo que apunta el investigador Jacobo Machover. Que Guillermo Cabrera Infante fue también un escritor que no solo apoyó los fusilamientos diarios con que debutó el régimen, sino que casi 40 años después declaró no arrepentirse de nada, maniobró para censurar y acallar libros que sacaban el tema a la luz y, tal y como afirma Machover, "prefirió refugiarse en el silencio".

Para defender a Guillermo Cabrera Infante, Zoé Valdés opta por un gambito que la lleva a hablar de otro escritor: Jesús Díaz. Valdés afirma que Díaz fue "uno de los peores extremistas que el castrismo usó a sus anchas", narra anécdotas de intransigencia y homofobia y lo tilda de envidioso y de escritor y cineasta del realismo socialista cubano. Con demasiado talento para caer en esa corriente estética, sí que es verdad que amplias zonas de la obra de Díaz reflejan la adhesión de este a la "revolución", a la que apoyó durante mucho más tiempo que Cabrera Infante.

Sin embargo, al llegar al exilio, Jesús Díaz se enfrentó a su propio pasado de una manera más radical que el autor de Cuerpos Divinos. No solo pidió perdón (ahí están sus palabras a Ana María Simo, codirectora del proyecto editorial El Puente, a quien había atacado en los 60, y sus intentos de acercamiento a otros como el propio Cabrera Infante, quien siempre se negó a verlo), sino que se explicó, asumió los hechos y los debatió abiertamente en cuanto foro pudo. Y más. En los apenas diez años transcurridos entre su salida al exilio y su muerte, además de publicar, él también, artículos en El País y otros medios democráticos, Díaz fundó una revista que marcó un hito en la historia cultural cubana de la segunda mitad del siglo.

En Encuentro de la Cultura Cubana, fue el propio Díaz quien ideó, produjo o hizo posible dosieres sobre temas como el racismo y el poder de los militares en Cuba, el presidio político y la primera oposición a Castro (esa que luchaba y caía en los paredones y sufría largas condenas mientras él mismo, Díaz, defendía al régimen; protagonistas a los que el autor y editor contactó y alentó personalmente a escribir y analizar sus experiencias), la literatura homoerótica cubana, la generación literaria del Mariel y las revistas del exilio, el período republicano y las transiciones de Europa del Este.

No contento con esto, Díaz se ocupó, con extrema eficacia, de distribuir la revista en el interior de la Isla, una estrategia ampliamente aceptada hoy por los grupos prodemocráticos del exilio, pero que en 1996, cuando Encuentro la declaró como prioridad, le valió —a la par que la furia del régimen— la acusación de revista castrista.

Lo que tenemos, pues, tras el artículo de Machover y la respuesta de Valdés, es a dos escritores de pasado castrista y sus maneras de resolverlo. La pregunta evidente no es, por tanto, cuál de los dos fue mejor escritor (personalmente considero la obra de Guillermo Cabrera Infante superior a la de Jesús Díaz), sino cuál de ellos tuvo problemas a la hora de enfrentarse a su pasado. Al reducirlo todo a un duelo literario, Zoé Valdés opta, deliberadamente, por un equívoco.

Enfrentando a Guillermo Cabrera Infante y a Jesús Díaz como en la escena final de un western, Valdés responde a un planteamiento lanzado precisamente por la maquinaria cultural del régimen. Tras censurar durante doce años Las iniciales de la tierra, primera novela de Díaz —y cuando ya resultaba imposible silenciarla, dada su inminente publicación en España—, el engranaje castrista, siempre alerta, decidió fagocitarla y presentarla como portrait polémico de la revolución (lo era), pero oponiendo novela y autor a Guillermo Cabrera Infante y su Habana prerrevolucionaria. El castrismo, siempre ávido de un relato literario que narrara su épica, necesitaba de Díaz y así lo presentó, en duelo contra Cabrera Infante.

Salida de esa época, producto de la misma maquinaria cultural, Zoé Valdés continúa viviendo ese duelo, baladí y hasta maniqueo, pues en este western literario —además de dos fumadores canosos y bigotudos, venido el primero del campo y el segundo del barrio más pobre de la ciudad—, hay muchos otros pistoleros, y con muy diversas armas.

Valdés insiste en ver el trabajo de DIARIO DE CUBA como un intento de denigrar a un escritor en favor de otro. Habría que ver dónde se denigra a Cabrera Infante en los artículos publicados acerca de él: Caín, vivito y coleando, otra vez por La Rampa, de Luis Agüero, o Cabrera Infante: sobre nuestros propios pasos, del joven narrador Jorge Enrique Lage, o en el memorable retrato que Fausto Canel hace de él en El comienzo del final. Incluso en una reseña desfavorable de Cuerpos Divinos, la novela póstuma del autor, el reseñista lo reconoce como "genio".

La nada y el todo

A diferencia de Cabrera Infante y de Jesús Díaz, Zoé Valdés ha optado por reescribir su pasado, justificándose siempre a sí misma y lanzando acusaciones a diestra y siniestra. En su reescrita historia personal, no deja de presentarse como víctima de un poder del cual, en realidad, formó parte. Un velo de ingenuidad la protege, el azar la hace sortear barreras infranqueables para los cubanos comunes.

En 1980 Valdés gana un premio de poesía auspiciado por los guerrilleros del salvadoreño Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí y aduce que desconocía la naturaleza de los organizadores. Después de contar que tuvo problemas para publicar el libro en Cuba, cosa que finalmente logra, recuerda que la presentadora del volumen fue la poeta Carilda Oliver Labra, de quien escribe: "Carilda, traviesa, hermosa, atrevida […]. Luego, la pobre, tendría que entrar por el aro, como entraba todo el mundo. A lo que me negué siempre. Por eso me largué". (¿Respuestas para vivir?, El Cultural, El Mundo, Madrid, 8 de enero de 2009.)

Además de (inevitablemente) juzgar a Oliver Labra, Valdés tergiversa los hechos, pues si la presentación del poemario ocurrió a inicios de los 80, ella no salió de Cuba hasta, al menos, 1995. ¿Qué significó para ella "no entrar por el aro"? ¿Trabajar de 1984 a 1988 en la Delegación de Cuba de la UNESCO, en París, y luego en la oficina cultural de la Misión cubana en la misma ciudad? Del mismo modo en que no se sabía premiada por guerrilleros, Zoé Valdés justifica así sus trabajos en la diplomacia: "No tenía para nada un cargo importante, era una sencilla recortapapeles, mal pagada, y peor considerada". (Blog de Zoé Valdés, 4 de junio de 2009.)

¿Qué fue "no entrar por el aro"? ¿Acaso ser subdirectora de la revista Cine Cubano, órgano del instituto oficial de cine, de 1990 a 1995? En dicha revista, Zoé Valdés hizo algo más que recortar papeles. De los muchos artículos suyos que publicara allí, puede verse uno (Cine Cubano, número 136, 1992, pp 48-51) que dedica más de la mitad del texto a variadas citas de su jefe y protector, Alfredo Guevara, presidente cuasi vitalicio del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos y amigo personal de Fidel Castro.

Valdés recorre en su artículo la trayectoria intelectual de Guevara hasta esa fecha —una conferencia de 1959 en la Universidad del Aire, una columna de 1963 en el diario Hoy, el discurso inaugural del XIII Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en 1991, una entrevista concedida en la Jornada de la Cultura Cuba en Niteroi, Brasil, en 1992—, y no contenta con citarlo, lo alaba de este modo: "La tentación a discutir o interpretar cada cita será muy fuerte, tal vez en algunas ocasiones no me prive de hacerlo, pero preferiría, más que promover el deseo de opinión inmediata, sembrar en los oyentes o lectores ese espacio luminoso de reflexión donde la polémica o contradicción, la reafirmación, la búsqueda, no contengan un desenlace sino un enlace eterno con el enigma, es decir, viajar al hallazgo de lo indefinido: La poesía".

En la reescritura de su historia personal, Zoé Valdés no se preocupa ni siquiera por la verosimilitud. Sacar de Cuba a un menor de edad resulta tarea ardua. Solo es posible mediante esa aberrante figura de la "salida definitiva" o estando más que bien conectado con el poder. Es algo que saben y han sufrido muchos padres cubanos. En el relato de la salida de la Isla junto a su hija de año y medio, Valdés echa mano a otro género cinematográfico. Del western protagonizado por Díaz y Cabrera Infante pasa a un musical en el que ella misma ocupa el centro de la escena. Lo cuenta en una entrevista: "[Salí] En avión, con el pretexto de un curso que iba a dar en París. Iba con mi hija, que tenía un año y medio. El oficial no me la dejaba pasar. En ese momento, alguien se puso a cantar La Macarena. […] Y todo el mundo se puso a cantar y a bailar: se armó tal juerga que, en medio del jaleo, el oficial nos dejó pasar". (La Vanguardia, Barcelona, 21 de noviembre de 2004.)

Alguien capaz de construcción tan rocambolesca, qué no reservará para complicidades mayores. En esa misma entrevista, Valdés cuenta cómo sacó de Cuba a través de un balsero el original de su novela La nada cotidiana, "para que lo remitiera a unos amigos míos en Barcelona y París". ¿Y se lo aceptó el balsero, a pesar de las 90 millas a remo? ¿Quién le entrega un manuscrito a alguien que va a atravesar el mar? ¿Por qué no lo envió Valdés con algún amigo o conocido por el aeropuerto, algo mucho más fácil, mientras el oficial de guardia tarareaba, digamos, La Lambada?

La discusión del futuro

Jesús Díaz se enfrentó a su pasado públicamente. Comprendió que examinar por escrito sus antiguos compromisos era una tarea intelectual indispensable. Por su parte, Guillermo Cabrera Infante reconoció algunas zonas de su pasado revolucionario (pidió disculpas por los ataques a Orígenes, teñidos de política, desde Lunes de Revolución) e hizo silencio sobre otras, como ha dejado claro Jacobo Machover. Sin embargo, Cabrera Infante nunca intentó tergiversar esas zonas de las que no hablara, y ni él ni Jesús Díaz se rebajaron jamás a denigrar desde el exilio a quienes luchaban contra el régimen en Cuba.

Zoé Valdés, con un pasado menos comprometido con el castrismo que los de Díaz y Cabrera Infante —era más joven, tuvo menos acceso al poder político—, no solamente no ha sacado una lección limpia de ese pasado, sino que sigue instalada en él.

En lugar de usar el éxito comercial de sus libros, que alguna vez fue considerable, para abrirle puertas a otros escritores, para sumar en esa lucha por la democracia en Cuba que, entre golpes de pecho, afirma haber hecho suya, se ha dedicado a arremeter contra todo el que, según crea ella, pueda llegar a hacerle sombra. Ha llegado a afirmar, refiriéndose al narrador Pedro Juan Gutiérrez, que la Seguridad del Estado inventa escritores para hacerle competencia a ella.

En su respuesta al artículo de Machover publicado en DIARIO DE CUBA, declara que "denigrar a una figura mayor de las letras cubanas es lo que hizo el castrismo siempre, ignorar el combate de esa misma figura por la libertad y la democracia en su país, tal como lo llevó a cabo Guillermo Cabrera Infante, no es solo hacerle el juego al castrismo, es traicionar ese combate". Sin embargo, la misma autora de esa frase es quien acostumbra a acusar de "castristas", "raulistas", "progres", "chivatos", "agentes de la Seguridad del Estado", no solo a escritores (y sobre todo a escritoras), sino también a blogueros, periodistas independientes y disidentes como Yoani Sánchez y Guillermo Fariñas, quienes tienen la honestidad de hacer algo que ella nunca hizo: enfrentarse al régimen en el interior de la Isla.

Estudiar los pormenores biográficos de intelectuales y escritores cubanos, esclarecer las adhesiones y complicidades que hayan tenido con el régimen, y analizar la administración de la memoria que hicieran luego, es cada vez más necesario. Reproducir antiguas tergiversaciones, mistificar cuanto ocurriera, no ayuda de ninguna manera a encontrar salida a nuestros problemas. ¿Para qué volver sobre el pasado, para empozarse en él, o para sacar lecciones que nos sirvan de cara al futuro?