Martes, 27 de Septiembre de 2016
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Postales Navideñas

Navidades de sustituciones

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El primer recuerdo de navidad que tengo es del pino de las navidades 1959-1960. Ese árbol  hubo que entrarlo por el balcón y cortarle la punta pues era demasiado alto; y dejó para siempre en mí el delicioso aroma de la resina del pino canadiense.  Esas navidades los Reyes fueron muy generosos conmigo. No sé si he compuesto ese recuerdo ayudada por los objetos y la familia, pero igual me es muy claro.

Hasta 1962 nuestra costumbre era celebrar Nochebuena en la casa paterna de los Coyula. En la cena servían lechón y pavo asado, croquetas de pollo (perfectas, imbatibles) y el resto de lo acostumbrado. Como si aquel repertorio imposible de consumir no bastara, los postres reunían turrón, mazapán, membrillo, higos, dátiles, cascos de guayaba con queso crema, nueces, avellanas y pacanas. Por entonces la más chiquita de los Coyula, con gran diferencia de edad con mis hermanos y primos, me aburría a morir aquella noche, y desganada como era, no sabía aquilatar aquella mesa pantagruélica.

Lo que se almorzaba al día siguiente en casa de los Pérez-Puelles me era completamente irrelevante. Supongo que sería arroz con pollo. Pero allí tenía un montón de primos contemporáneos y jugábamos a cualquier juego bullicioso de esos que crispan a los mayores pero le encantan a los niños. Lo importante sucedía después del almuerzo tardío, cuando mi abuela reunía alrededor del arbolito a sus hijos, nueras y yernos con toda su descendencia, y se repartían regalos.  Mi tío Gerardo oficiaba de maestro de ceremonias, tomaba al azar un paquete y llenaba de suspense al auditorio hasta anunciar el nombre del regalado y del regalante, todo aderezado de bromas y muy buen ambiente.

Al crecer me admiré de cómo mi mamá y mis tías eran capaces, ya con las carencias que vinieron, de preparar regalos para tanta gente. Un año, mi mamá confeccionó todos los regalos, empezó con no sé ni cuántos meses de antelación. Recuerdo también que una tía mía envolvió los regalos con periódico, pero tipo collage, muy simpáticos, porque se había vuelto imposible el papel de regalos. En aquellas fiestas se bebía, si acaso, alguna copa de vino o cerveza con la comida. Nunca vi a mis mayores divertirse a costa del alcohol. Y bien divertidos que eran.

Ese día, para nosotros, Día del Árbol, me gustaba más que el Día de Reyes por el encanto de estar todos reunidos, treinta en total. Esa cifra cambió con la salida para Estados Unidos de dos de mis tíos con sus respectivas familias. Las reuniones se mantuvieron hasta la muerte de mi abuela, en marzo de 1969, aquel año de dieciocho meses que se decretó en Cuba para hacer la zafra de los Diez Millones.

La navidad se convirtió entonces en un rezago del pasado; para mi familia, aunque la religión no tenía ningún peso, las fiestas de esa época eran el acontecimiento familiar más importante. Y existía un móvil muy poderoso para seguir celebrando: el cumpleaños de mi mamá. Por lo que muy comunistas e integrados, seguimos reuniéndonos los 24 de diciembre sin tener en cuenta la opinión del barrio. Visto en perspectiva, mucha murmuración debe haber originado, y quién sabe si el informe de algún defensor de la pureza ideológica. Fueron cenas desiguales, hubo años en que parecía naufragar la celebración, pero nunca las suspendimos.  Este año le celebramos los 95, y en una rareza para la familia cubana, mi mamá reunió en la cena a todos sus hijos y nietos.

Con el nacimiento de mi hijo en lo más rancio del Período Especial, ni soñar con un arbolito artificial de la chópin. En el solar yermo de la esquina, corté una rama seca, la pinté con tempera, y maticé la uniformidad del color con sombra de ojos plateada.  Mi marido regresó del accidentado Congreso de Intelectuales de las dos orillas el 18 de diciembre del 93 y fue conmigo a la tienda a comprar una guirnalda de luces de colores, que todavía enciende. Al año siguiente y durante tres años fui a casa de una amiga que tenía una araucaria enorme en el patio; yo misma me encaramaba en una maltrecha escalera y serruchaba un gajo cuya forma correspondiera con la de un pinito, aquel serruchar me traía de nuevo el olor del pino canadiense.

El primero de aquellos arbolitos lo adorné con abundantes lazos y unas bolas que hice con boliches de ocuje revestidos con papel de regalos, del plateado por el reverso. Poco a poco fui reuniendo pequeñas bolas de navidad, "rabo de gato", guirnaldas plásticas que parecen metálicas, y hasta que mi amiga tuvo que derribar su árbol luego de un ciclón platanero no me sentí obligada a comprar un arbolito artificial. Es el que tengo y que estuve sin poner como tres años hasta el año pasado que mi marido y mi hijo casi me obligaron, y este año ante el reclamo de ambos, recién armé la semana pasada. Nunca en mi casa se puso el árbol tan temprano como yo veo ahora que desde noviembre ya son numerosos.

Me encantaría volver a aspirar el maravilloso olor asociado a mi infancia, volver a tener un árbol "de verdad", y recuperar tal vez ese espíritu navideño que en Cuba es cosa de cuentos de viejos.

 

 


 

Otras postales navideñas:

No corten la lengua de vaca del balcón, de Reina María Rodríguez

Dios con nosotros, de Vicente Echerri

Navidad en el reencuentro, de Armando López

De White Christmas a disparos de nieve, de Abilio Estévez

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