Lunes, 26 de Septiembre de 2016
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Obituario

El poeta malo y la muerte

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Desconozco su poesía, por suerte. No me interesa ninguna escritura que empiece por delatar su género. Pero eso es ahora. En los años cero o dos mil nada. Entonces, en los mil novecientos algo, no. Entonces yo era un adolescente tardío en el preuniversitario Raúl Cepero Bonilla, en un spot habanero llamado La Víbora, barrio de árboles frondosos que han ido desapareciendo entre los ciclones cubanos y la compañía estatal de electricidad. Y, como adolescente en trance de Sagitario, a finales de los ochenta yo leía. Leía para, por supuesto, escribir mejor ("cada página buena nos cuesta mil páginas leídas", era el slogan de los talleres literarios ad usum), cuando escribir era escribir poesía, se sobreentiende.

Por esa época fue que me lo topé por escrito, en una de esas ediciones antológicas de El Caimán Barbudo, la revista que pudo ser la de la transición intelectual contra el estalinismo criollo y que, sin embargo, terminó siendo un órgano de combate medio infantilizado (todo totalitarismo lo es) cuando resucitó del Período Especial en Tiempos de Paz. Era, obvio, un poema. Un poema probablemente muy malo. El poema de un poeta probablemente no mejor que su propio poema. Un poeta que, a la vuelta del tiempo, se cruzaría conmigo (yo, siempre de anónimo) en incontables espacios de esta ciudad desquiciada, y que de pronto ahora, sin avisarme, simplemente murió.

Alberto Acosta-Pérez: 1957-2012, EPD. Desde ayer ya está enterrado y hasta con cíber-lápida en nuestra internet oficial.

Vuelvo a 1988 o 1989. Conservé durante mucho tiempo el recorte de aquellos malos poetas, entre los que estaba también un texto que estúpidamente me enamoró del hoy funcionario de élite Alberto Edel Morales. El poema de Alberto Acosta hablaba de brazos abiertos movidos por el asco, por la nada, por ti. Hablaba de vaciamientos y es probable que del vidrio triste de la mirada de perros que nunca nos acompañaron (no sería de extrañar que esté haciendo sin querer un collage). Lo cierto es que lo traduje al inglés como mejor pude, aún ignoro con qué intención o acaso instinto (the open arms moved by loathing, by nothingness, by you). Y luego también extravié mi atorada traducción, de la que recuerdo más versos que del poema original. El poeta malo, por suerte, en vida nunca se enteró de estas pequeñas maniobras de un poeta peor. Solo ahora es posible mi confesión.

Luego pasamos hambre, cada cual con su estilo. Hambre de hombres aruñando un cubil cultural donde no morir de tedio y enfermedad en La Habana. Los noventa nos atenazaban entre la neuritis y la neurosis, entre la resistencia y la represión, entre la cárcel y el crimen, entre el suicidio o la fuga. Me lo topé resguardado en la decadencia del Gran Teatro de La Habana, muy a su gusto, supongo, como crítico o asesor o relacionista público: ¿hay diferencias? Me lo topé de jurado en tallercitos independientes donde se coció a fuego rápido la llamada Generación Cero, gracias al torrente de talento tanático de Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), coordinador del proyecto digital Cacharro(s) y hoy odiado sin causa en los predios del MINCULT. Me lo topé en el intervenido Centro Cultural de España, luchando su yuca en USD de taíno cimarrón, mientras impartía un más bien descafeinado cursito de poesía para principiantes. Me lo topé en otros nichos inconfesables mientras no muera yo.

Alberto Acosta hizo carrera sin proponérselo, ese fue tal vez su defecto capital como creador. Maestrías, posgrados, serie de conferencias, antologías, premios locales e internacionales, y una ristra de peligrosísimos paliativos que adormecen nuestra desesperación animal. Se empieza con una nimiedad mediática y, cuando vienes a darte cuenta, ya tienes un abultado curriculum vitae. Te convierten en un personajito querido de abrazos, giras y medallines, y, a la hora de pasar el pestillo de nuestro apartamento, ya no puedes patear ni media palabra más contra tu contexto, sea político o literario: ¿hay diferencias?

Sobran floristerías en su obra, como todos saben. Pero toda lectura es, además de un error primigenio, un acto de fe al borde mismo de lo virginal. Así sigo leyendo en el 2012 a este poeta prescindible, como deben ser los poetas si no aspiran al cadalso de convertirse en canon. Lo leo como los que él y yo éramos veintitantos años atrás, cuando el país bullía de derrumbes para asaltar un futuro menos personalista y que al cabo nos momificó (es el precio patrio de la fidelidad).

Estoy tentado, como corresponde, a citar este o aquel renglón corto suyo, pero no lo haré. Un poeta malo no deja versos impresionantes (eso los salva de cualquier vaca-sagradismo). En todo caso, (re)cito aquellos hoy casi apócrifos en mi memoria desangelada de post-lector bilingüe hezpañol/ingless: los brazos abiertos movidos por el asco, por la nada, por mí…

Alberto Acosta-Pérez había nacido pocos meses antes del triunfo de la Revolución. A estas alturas de la historia, es más que evidente que murió poco antes de su colofón. Hay biografías así: como calladamente corridas al margen de los grandes acontecimientos en los que simulamos participar.