Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
20:30 CEST.
Postales Navideñas

No corten la lengua de vaca del balcón

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"Los ajos, las cebollas, los niños, el rey de España, todos aquí juntos, conmigo", dice en voz alta mi vecina esta mañana de Navidad cuando pretendo cortar las matas que dividen su balcón del mío. Pero las matas son para ella seres que no puedo cortar. Canta para ellas su villancico y se ríe: soldados, niños, juguetes, brincan sobre los mosaicos gastados.

Es una mujer joven que sufrió una depresión, cuando la esposa de su amante —un funcionario— le hizo creer que estaba infectada con el sida, y vinieron a llevársela en una ambulancia, un día como hoy de Navidad del año pasado. Todavía escucho la sirena y sus gritos al bajar las escaleras. Ahora, desde que la devolvieron del hospital, está tranquila, cantándole a sus niños.

Todo, dice mi madre depende, de "la beligerancia del clima". Si tuviéramos un clima más beligerante estas cosas no sucederían. Pienso si pondré o no, el arbolito esmirriado al que siempre le canto en Nochebuena: no tiene cabellos de ángeles, no tiene estrellas, solo un nacimiento de hojalata que un amigo me regaló. Antes le cantaba por la unidad de la familia, por el regreso de los que se fueron. Un estribillo por cada ausente —como hacen los niños para aliviar el desamor o el miedo. Ahora que no queda casi nadie, tendría que repetir la misma canción todo el tiempo: "arbolito, arbolito, campanitas te pondré"... Pero sola con él, entre mi yo y su tú navideño, enfrentándome a ese soliloquio, sin nadie más, me asusta un poco.

Mientras lo decido, miro la pelea de dos hombres junto al latón de basura que se está desbordando en la esquina —como el mar se desborda un poco más allá de mi cuadra, en el Malecón, por el insípido frente frío que ha llegado esta madrugada.

"No eches eso ahí, que el latón es mío", grita uno.

El otro, más esbelto, retira el bulto que había echado momentos antes. Hace poco sacaron algo putrefacto cuyo olor subía desde la calle. Nunca dijeron que era, pero había muchos policías custodiando el latón.

Sigo esta disputa mirando de reojo las noticias en el televisor: un hombre ha lanzado una granada y ha matado a muchos inocentes que compraban en un mercado navideño en Bélgica. Me percato de que no puedo sentir con profundidad la noticia, mientras toco con precaución la guirnalda que ya tiene casi todos los bombillos fundidos. "Fundidos" se le dice aquí a los locos .

¡Están "fundidos"! El panorama de mis vecinos domesticando una planta, un latón, o yo misma cantándole al árbol navideño me paralizan. Espero no tener que tocar las cabezas de esos niños que son puntas de lengua de vaca o disputar un paquete lanzado en el latón que pudiera ser un ser vivo; no saludar al rey de España ni poner en atención a los juguetes como si fuera soldaditos.

Por fin, me decido a cantarle al árbol que traje hace muchos años desde la antigua URSS lleno de "problemas ideológicos". Le hablo, le canto y le pido en un susurro, como si al hacerlo débilmente, me aliviara de esta conversación a solas con él y no entrara en competencia con mi vecina.

Abro el nacimiento de calamina y me corto un poco la yema de un dedo que sangra. Nadie podrá infectarme como a ella. No estoy disputando algún lugar tampoco como los que registran la basura. Solo le pido al árbol, acuclillada ante sus ramas plásticas de donde cuelgan bolas descoloridas y un pico rojo encima que ha perdido la punta superior, que no se me estropee la mente como a ellos, porque en la mente están todavía todos los demás. Ya ni siquiera le pido que regresen, sino que no me los quiten de encima, del recuerdo.

Eso pido, mientras siento en la espalda el resplandor y el sonido de la granada que estalla entre mi balcón y la calle, pero fue solo la luz de un grupo de bombillitos que habían resistido hasta la llegada de esta Navidad.