Jueves, 29 de Septiembre de 2016
23:17 CEST.
Opinión

Dinastías comunistas

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Tuvo que morir el "Querido Líder" para que llegaran hasta nosotros unas pocas imágenes de Corea del Norte, el país más cerrado del mundo. Las escenas de histeria colectiva que hemos visto no cuadran, sin embargo, con la formalidad y la austeridad generalmente asociadas a ese país asiático. Hombres y mujeres de todas las edades, trabajadores de alguna fábrica, militares con sus uniformes, altos funcionarios del aparato comunista, todos llorando a moco tendido, tirándose al suelo, golpeando con los puños el pavimento frente a una inmensa lápida con el retrato del difunto presidente, Kim Jong-il. ¿Por qué los oprimidos quieren tanto a los tiranos?

Millones de rusos expresaron públicamente su dolor cuando murió José Stalin, uno de los dictadores más cruentos de la historia. Y es probable que muchos cubanos —y bastante más foráneos, que no han sufrido personalmente los efectos de la dictadura— echen unas cuantas lágrimas cuando Fidel Castro se pase al otro barrio. Pero, como los norcoreanos, nadie. Cuando vi la primera vez las imágenes difundidas a través de internet, pensé que era una de esas fabricaciones tan frecuentes en el ciberespacio. Parecía una parodia hecha para ridiculizar al régimen de Pyongyang. Más adelante, se me congeló la sonrisa cuando descubrí que era realmente una filmación de la televisión oficial de Corea del Norte, la única que existe. ¿Fingían tristeza y dolor todos esos ciudadanos afligidos? ¿Los habían aleccionados los comisarios políticos del régimen para una operación de propaganda dirigida a la comunidad internacional, especialmente a sus enemigos tradicionales —Estados Unidos, Japón, Unión Europea— y también, claro, al hermano surcoreano?

Con esto, Pyongyang mandaba una advertencia: aquí, todo el pueblo está con sus dirigentes y no habrá vacío de poder. O sea, que nadie intente influir sobre la sucesión y el curso de los acontecimientos. No era necesario recordar que Corea del Norte es una potencia nuclear y mantiene un ejército sobredimensionado, que moviliza a cerca de seis millones de combatientes, entre soldados en activo y reserva, para una población inferior a 25 millones de habitantes. Ha quedado claro para todo el mundo, tanto dentro como fuera: Kim Jong-un, el menor de la dinastía que dirige el país desde los años 50, es el heredero a pesar de su juventud —su fecha de nacimiento es un secreto de Estado, pero se sabe que tiene alrededor de 27 años— y será arropado por sus tíos, que ejercían ya muy altas funciones dentro del régimen.

Ahora bien, no creo que hubiera que presionar mucho a la gente para que llorara ante las cámaras. Los norcoreanos tienen motivo para lamentarse todos los días. Sus condiciones de vida son horrorosas y están al borde de la hambruna desde hace años. Son víctimas de la paranoia de sus dirigentes, que dedican al gasto militar gran parte de los escasos recursos nacionales para defenderse de un eventual ataque de Estados Unidos, que mantiene unos 28.000 soldados en la frontera entre las dos Coreas, último "muro" de la Guerra Fría. Y para alimentar a la población, Pyongyang no ha dudado en negociar una ayuda humanitaria importante con la vecina China y, sobre todo, con su enemigo norteamericano. Extraña soberanía esta, que entrega su seguridad alimentaria a un país supuestamente hostil. Cuba hace lo mismo: denuncia al "imperio yanqui" y le compra el 80% de los alimentos que necesita.

No es la única similitud entre Corea del Norte y Cuba, que mantienen excelentes relaciones, a tal punto que La Habana ha decretado un duelo oficial de tres días por la muerte de Kim Jong-il. Son las dos únicas dictaduras comunistas dinásticas (según el diccionario de la Real Academia, una dinastía es una "familia en cuyos individuos se perpetúa el poder"). En Pyongyang, la sucesión es vertical y ha provocado ya tres cambios generacionales, mientras que en La Habana hay una dinastía horizontal, de hermano a hermano.

Para los pueblos que los sufren, el resultado es el mismo: más de cincuenta años sin alternancia política y sin libertad económica han creado sólo pobreza y apatía. Cada uno por su lado, separados por miles de kilómetros, el Líder Máximo y el Querido Líder han creado su manicomio personal. Con el agravante del arma nuclear en Corea del Norte.