Sábado, 1 de Octubre de 2016
10:32 CEST.
Sociedad

Pasarela de travestis

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Cuando la noche avanza comienza el desfile. Pasada las once, en ese trozo de la geografía habanera conocida por La Víbora, en la Calzada de 10 de Octubre, desde la Avenida de Acosta hasta Santa Catalina, arranca la pasarela de travestidos.

Llegan en pequeños racimos de tres o cuatro. Tacones altos, pelucas rubias y perfumes que anestesian. Visten con minifaldas cortísimas y gastan toneladas de maquillajes con colores subidos.

Son chicos que quieren ser mujeres. Pero están presos en un cuerpo de hombre. Se evaden disfrazándose de hembra. Es su manera de ser libres y ganar alguna plata cobrando por el sexo.

Desde siempre, la zona del antiguo paradero de La Víbora, a tiro de piedra de la Plaza Roja, fue un barrio donde gays y sodomitas operaban a gusto.

Bajo el portal sucio de una antigua heladería, o en el zaguán de una pizzería cerrada por reformas llamada El Encanto —con fama de haber vendido unas pizzas sin queso tan horrendas que muchos no comprenden cómo es posible que Italia no le haya declarado la guerra a Cuba— los travestis se desplazan como felinos silenciosos, repletos de bisuterías de fantasía y carteras imitando a piel.

Desfilan entre los malos olores de un baño estatal, entre pequeñas tribus de dementes, mendigos y borrachos crónicos, y cubos de mierda y orine que aterrizan en plena calzada, lanzados por los inquilinos de un edificio derruido que no tiene baños particulares, sino colectivos.

Los tipos duros del barrio, homófobos por antonomasia, se preguntan por qué esta ola de gays con pelucas y fisonomía de deportistas, ha recalado en ese tramo de la Calzada de 10 de Octubre.

La respuesta se las puede dar un vecino homosexual, peluquero y ex presidario, que nunca ha tenido necesidad de disfrazarse de mujer para seducir a los bugarrones que pululan por La Víbora.

Según este gay, que ya bordea los 50, los travestis vienen en manada por una sencilla razón: la numerosa clientela. "No te fíes de las apariencias. Quienes tienen pinta de asesinos son nuestros mejores clientes. Sucede que ahora está de moda el travestismo. Pero esta oleada no es de la vieja escuela, como yo, un maricón de carroza que lo hace por placer. Ellos cobran por realizar el sexo", comenta el peluquero.

Los travestis se suelen sentar en un portal de la calle Carmen esquina a 10 de Octubre, y le sacan la mano a los choferes. Cuando alguno se detiene, le hacen su oferta. Muchos, confundidos, pensando que es una hembra, le mientan la madre.

Algún que otro altercado se ha formado cuando un tipo pasado de tragos y con deseos de ligar una puta se da cuenta que sedujo a un homosexual.

René, dependiente de un café abierto las 24 horas que vende  perros calientes, ha visto varias broncas desde su puesto de trabajo. "Estos travestis suelen llevar armas blancas, y la que forman es de ampanga".

Numerosos sitios oscuros de la zona sirven para un palo rápido bajo las estrellas. Lo mismo detrás del busto de José Martí, en el otrora Preuniversitario René O'Reiné, que en el amplio patio de la Casa de Cultura municipal o en los pasillos sin iluminar de un  edificio, los travestis y sus clientes matan la jugada.

Ya cuando la madrugada muere y la gente se apresta a desayunar café sin leche y pan sin mantequilla, y tomar un atestado ómnibus P-6 o P-10 rumbo a la "pincha" (trabajo) o una consulta médica, los travestis, cansados, con el maquillaje corrido y enormes ojeras, se van a la cama.

Los ancianos que hacen cola toda la madrugada en el Banco Metropolitano para ser de los primeros en cobrar sus exiguas pensiones de jubilados, miran con asombro a los travestis en retirada.

"En mis tiempos", dice un viejo enclenque, "estas cosas no se veían. Fui marinero mercante y solo vi esa cantidad de maricones en Río de Janeiro. La Habana va por el mismo  camino".