Domingo, 25 de Septiembre de 2016
10:51 CEST.
Opinión

¿Qué puede el fuego contra un pueblo tan frío?

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Un Malecón sin putas es un espectáculo dantesco, funéreo, glacial. El caos y la corrupción, en la fase terminal de los totalitarismos calenturientos, es vida. Nuestra ansiedad de libertad inminente, contrario a lo que despotrican los infantilismos de izquierda, reside precisamente en la burocracia aburrida, en la represión por rutina, en la esclerosis ética, en la catatonia de las instituciones, en la anomia ancestral.

Recorrí, como un zombi salido de la ficción fílmica, la tardenoche invernal de este viernes 9 de diciembre de una Habana inmersa en su peor Festival Latinoamericano del último siglo de cinematógrafo. El Malecón, desde La Punta hasta La Puntilla, era una cinta de mármol muerto, celuloide fatuo. Ningún travesti me ofreció un chupi-chupi en moneda local, como es ya costumbre (¿por qué nunca acepto: por arrogancia o por psico-frigidez?). Ningún extranjero intentó averiguar mi nacionalidad solidaria con el sistema (no sé por qué insisten en descubanizarme todavía más). Los policías con perros mojados no repararon con su descortés despotismo en mí, que avanzaba bajo la llovizna como perdido en un laberinto lineal. Solo los subnormales me seguían con su mirada animal. Y había miles, raídos al punto de la rabia. Miles de retrasados mentales masticando cajitas de cartón y emborrachándose sin pagar un quilo gracias a una resolución estatal: dentro de la Brigada de Respuesta Rápida, todo; fuera de la Brigada de Respuesta Rápida, nada.

Fui el último testigo de la Revolución. Fui libre. Fui inmortal. Como si la capacidad de articular lenguaje e imágenes, toda vez desaparecido el Líder Máximo de la escena narrativa cubana, residiera ahora únicamente en mí. Y justo eso hice. Narré.

Cuando entendí que uno de esos criminales del post-proletariado iba a ser mi asesino tan pronto como yo sacara una cámara o me pusiera a gritar "Libertad" o acaso simplemente "Luz", me encaramé sin pensarlo en un edificio al azar: uno de esos rascacielos enanos, rezagos de un capitalismito incapaz de contener al comunismo cuando le tocó su turno. Hoy es otra época. Hoy el comunismo es el lobo del comunismo, su victimario peor, su venganza inmanente.

Desde mi acaso media cuadra de altura, la noche cubana me tragó. Hacía un silencio socialipsista. Un frío medular, ostensiblemente osificado, inmemorial. La garganta escoriada. Enfisema en mi pecho. El teléfono celular secuestrado por la propia compañía que me lo rentó. Los amigos presos en sus casas, cárceles por cuenta propia de la policía política (por el momento, sin licencia constitucional). La llovizna repiqueteando en mi cara y borrando toda traza del horizonte. No había mar. No había más allá. Menos aún había Miami. El malecón desde arriba era solo un mapa de mentiritas, un paletazo de pintor principiante, un paredón. Contra esa ristra realísima de preparen-apunten-fuego alcé la vista al infinito sin luna, e imaginé entonces esferas ingrávidas de fuegos artificiales, una invasión alienígena, desencuentro cercano de mil novecientas cincuentinovena especie.

Bolas de luz. Espacio-cielo en cuarta dimensión, geometría no euclidiana post-tercermundista. Bocanadas de esquirlas doradas y coágulos de rojo rubí. Linfa y sangre. Líquido seminal y flujos hemáticos. Voladores sin peso. Visualidad conocida únicamente en nuestros televisores de un Hollywood pirateado satelitalmente, nunca a ras de la calle cubana, y mucho menos de la hipo-cinética cinematografía nacional. Carpa de nubes, Circo Cuba: país sin ilusiones, siempre atorado por la falta de presupuesto, sin espacios legales para el despilfarro de lo efímero. Y la democracia es más o menos eso: un votar la patria por la ventana.

Hice fotos de la Flotilla de la Libertad (puntos punzantes como boyas al borde del planeta). Hablé con canales desconocidos de la televisión del futuro. América Me Ve. Lloré por gusto, por nada, por el amor que no está y el que pronto no estará, por mi cumpleaños incontable a ras de la medianoche, por los semicien años de soledad que balcanizaron a la nación cubana (esa pesadilla perenne), por ti (jamás sabremos quiénes fuimos), tan intangible y tan a la mano de mi prosa pirotécnica supongo que en son de paz, por la madrugada mediocre y excepcional.

Cuando descendí del edificio usurpado como paparazi, la ciudad había implosionado sin avisarme (también ocurre así en el filme Juan de los Muertos del director Alejandro Brugués). El cielo reflejado en las alcantarillas. La luna súbitamente llena en el cenit. Un ridículo concierto de X en la Avenida de los Presidentes intentaba entusiasmar a los emos habanémicos con el estribillo de Revolution, Re-evolution... Los buses del transporte público parecían trenes rigurosamente vigilados al matadero. El alumbrado público parpadeaba. Patrullas apartadas. El oleaje volvía a irrumpir sobre el dienteperro y anegaba de salitre el asfalto. Escenario de Palacio de Invierno a punto de ser privatizado. La Sección de Intereses de los Estados Unidos era el hangar histriónico de un mito que ilumina y mata con avatares en 3-D. El ejército de subnormales lucía diezmado. Sentí indecible lástima y conmiseración. Las fieras fieles tenían hambre otra vez y podían verse ahora entre las mesitas plásticas y las guaguas de recogida oficial a sus hogares (ese otro biopics de horror).

Esta visión minimal de la debacle antropofágica de mi país, este Apocubalipsis del odio como último resorte contra el tedio existencial, esta inelegancia tan chusma y sin embargo para mí tan entrañable (sin esa barbarie, yo sería nada y me hubiera suicidado saltando al compás de los hongos de fuegos artificiales) me hizo entender en el alma que la esperanza es aquí una enfermedad endémica. Y fui huérfano por fin. Y por fin fui feliz.