Martes, 12 de Diciembre de 2017
01:53 CET.
Opinión

Obcecación y agonía

Tarde o temprano, a toda dictadura le llega la hora en que se ve obligada a cuestionarse y reformarse. Con frecuencia, esto ocurre cuando el déspota que la dirige o encarna, llámesele Caudillo, Líder Máximo o Gran Timonel, desaparece o, por razones de salud o de edad, esté por desaparecer de la faz de la tierra. El proceso de cuestionamiento y reforma no está exento de peligro, pues nada ni nadie puede garantizar a estos regímenes que el pueblo no aprovechará la ocasión para exigir una apertura democrática. Por ello tienden a retardar el momento fatídico de una reforma, hasta que las circunstancias (malestar económico, presión popular) les impiden seguir aplazándola.

China es el ejemplo más conspicuo de un régimen dictatorial que ha logrado sobrevivir a la muerte de su fundador. Y lo logró al ejecutar un cambio radical en el terreno económico, proponiéndose instaurar un capitalismo de Estado (bautizado "socialismo de mercado") y lanzando la consigna de enriquézcanse —consigna en las antípodas del marxismo— al tiempo que en el plano político conservaba, y conserva, la asfixiante rigidez típica de los sistemas totalitarios.

Es difícil predecir cuánto tiempo durará el modelo chino. Las desigualdades sociales y regionales adquieren niveles explosivos. Las manifestaciones de descontento se multiplican, superando el año pasado la cifra de 150.000, con el agravante de que la economía da signos de entrar en "estanflación" (estancamiento e inflación). A diferencia de lo que ocurre en las sociedades democráticas, la rigidez política impide canalizar los reclamos populares a través de una prensa independiente y en elecciones libres, presentando opciones políticas rivales.

La jerarquía china no ignora la fragilidad de su modelo de crecimiento, pues el propio primer ministro, Wen Jiabao, declaró en el año 2007 que, entre otras cosas, dicho modelo es "inestable y a final de cuentas insostenible".

Mientras tanto, sin embargo, el régimen chino sigue en pie; y eso, cabe notar, por haberle dado la espalda al dogma económico marxista.

Otra experiencia interesante tiene relación con un país de una importancia mucho menor que la de China en el plano geopolítico. Se trata de Nicaragua.

He ahí un dirigente político, Daniel Ortega, que hace ostentación de amistad con numerosas dictaduras, que tiene el descaro de salir junto con Chávez y Castro en defensa de un criminal como Muamar el Gaddafi, que recurre a estratagemas anticonstitucionales y fraudulentas para conseguir su reelección. Un dirigente, pues, con muchas cosas turbias en su haber, pero que, en el campo de la economía, se ha guardado de poner en ejecución una política insensata.

Por anticapitalista que siga siendo su retórica, Ortega ha tenido en cuenta el desastre que resultó para la economía nicaragüense la experiencia sandinista de los años 80. Ahora prefiere crear condiciones aceptables para la inversión privada —extranjera y nacional— y propicias para la producción de artículos manufacturados que sean internacionalmente competitivos. Es así que el Fondo Monetario Internacional, institución calificada de "herramienta del Imperio" en los círculos procastristas, ha otorgado a Nicaragua la etiqueta de buena conducta en más de una ocasión.

Por ello no debe sorprender que los acólitos de Marx, Chávez y Fidel, los mismos que hoy se regocijan del triunfo electoral del aliado sandinista, le tilden mañana de "renegado".

Los ejemplos de China y Nicaragua arrojan luz sobre el inmenso camino que, para sacudirse de sus aberraciones ideológicas, le queda a Cuba por recorrer.

El régimen de los Castro sabe que la hora de una reforma verdadera no puede seguir siendo aplazada. El problema es que no son los "reajustes" (Lineamientos) anunciados por Raúl lo que va a salvar la economía cubana del descalabro en que se encuentra.

¿Resulta creíble acaso que anunciando nimiedades tales como la compraventa de vehículos, o aumentando el número de mesas autorizadas en los paladares, o iniciando una privatización menos que tímida de la vivienda o de las peluquerías, es que Cuba va a producir tasas de crecimiento comparables a las de China o niveles de competitividad como los que Nicaragua está obteniendo?

¿Resulta creíble que el capital extranjero va a invertir masivamente en Cuba cuando en la prestigiosa e influyente revista The Economist se lee que dirigentes de empresas extranjeras ya presentes pueden ser objeto de acosos judiciales por el hecho de repartir bonificaciones a sus empleados a fin de compensar los salarios miserables prescritos por las autoridades del país, salarios que apenas alcanzan para pagar algo más que una simple carrera en taxi? ¿Qué país del mundo, deseoso de mejorar la competitividad de su economía, pone trabas penales a incentivos financieros de esa índole?

A decir verdad, para los Castro es difícil, por no decir imposible, introducir las reformas sustanciales que requiere la economía cubana. Hacerlo equivaldría a admitir que se equivocaron rotundamente de camino durante 52 años, que las recetas del socialismo son la causa real de las privaciones que el pueblo ha tenido que pasar. Y como temen que su régimen pierda lo que le puede quedar de credibilidad si ellos mismos reconocen un fiasco tan monumental, prefieren tergiversar y anunciar "reajustes" anodinos.

Es por ser anodinos que los famosos Lineamientos acabarán formando parte de la larga lista de fracasos económicos del régimen, entre los que figuran el resquebrajamiento de la industria azucarera a principios de los 60, la "zafra de los 10 millones" de 1969/1970 y el "proceso de rectificación de errores" anunciado por Fidel en abril de 1986. Dichos Lineamientos pasarán a la historia no como los iniciadores de un despegue de la economía, sino como los estertores de un castrismo moribundo.

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