Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:49 CET.
Caso Chupi Chupi

Mejor Bayuti que Dictatuti

Cuando un ministro de cultura tiene que preocuparse por las trivialidades comerciales del arte o sus sucedáneos, ese ministro porta obscenamente una pistola bajo su pantalón de pepillo incivil: cañón fálico a la izquierda de su portañuela patria.

Tal es el caso del hace ya mucho impresentable Abel Prieto en Cuba, ministro de cultura cuya renuncia (según rumores horrorizados de nuestro rebaño intelectual: mejor Prieto conocido que Rojas por conocer) nunca se le ha concedido por la alta dirección del país, y quien ahora fuera forzado al ridículo de censurar a un reguetón, quién sabe si por presiones de la policía política, dado el evidente impacto de este género entre la población de la Isla y, sobre todo, dado el vertiginoso boom de un capital libre del control ideológico-paternalista del Estado, justo en tiempos de pica-cake del tesoro nacional de cara a un futuro de castrismo sin Castros.

La víctima no es Osmani García (La Voz) ni su pegajosísimo hit El Chupi-Chupi, el más profesional de todos sus videoclips. La víctima es el ministro humillado que humilla a un concurso casi free-lance de la televisión cubana: los grammyfílicos Premios Lucas, que a su vez han debido humillar a los miles de votos recibidos en su Concurso de la Popularidad por sms. La víctima es esa incipiente democracia celular y también, por supuesto, una audiencia cautiva obligada a tragarse ya no la lírica láctea de este y otros reguetoneros, sino la retórica marxista-goebbeleninista de una Doctora en Ciencias sobre Arte convocada a la carrera por el periódico Granma, así como los tanteos tímidos de un perito que sabe que se juega su salario sino se traviste de censor: en la esquina de tinta roja, la bruja académica mala; en la esquina de tinta azul, el crítico de cine bueno.

En esta cadena de represión de represiones, todos somos cómplices de lesa culturalidad. Cuba calla. Las iglesias locales y del exilio estarán dando gracias, en sus altares pacatos, por la guerra del gobierno de La Habana contra lo que ellos llaman con impotencia pía "relativismo de los valores" y "permisividad sexual": La Voz es la voz de Satán, como se evidencia en los ojillos en llamas de deseos demoníacos en su anterior videoclip La Lengüita. La oposición (en los peores casos, de inspiración cristo-calvinista) mal manipulará este episodio despótico, pero sin atreverse a defender la poliorgasmia hedonista que ya los ha desplazado de cualquier conato de responsabilidad histórica, justo a la hora de la Transición (como los guajiros con barbas de hace medio siglo, nuestra disidencia no sabe bailar). Y, el gremio de reguetoneros y nuevos ricos asociados a esta industria aún underground, habrán aprendido una buena lección en moneda nacional: nada de recoger firmas en solidaridad, nada de boicotear los Premio Lucas u otros espacios estatales, nada de preguntarse cuál de ellos será el próximo defenestrado (en todo caso, irán corriendo a tatuarse en dólares un Comandante al que le ronquen los cojones: Baby Lores como visionario). Telón.

Y en medio de semejante mudez mezquina, la botella lanzada al Mal con la carta que apenas pudo redactar Osmani García, su alegato elemental contra el monopolio ministerial de la cultura en Cuba. En este texto único cristaliza nuestro drama en tanto nación momificada por instituciones no por decrépitas menos decapitadoras. Mezcla de chovinismo clueco con ingenuidad de indignados, Osmani García miente desde la verdad de su éxito secuestrado, y lo hace como el pionerito que reclamara una mancha en el expediente de pie contra la pizarra, eludiendo toda traza de politización que lo comprometa a perpetuidad (incluida seguramente esta columna).

No obstante, su Voz funciona 1959 veces mejor que la de nuestro campo cultural en pleno, fajándose como un Quijote de las Caderas contra una maquinaria de muerte que él trágicamente ignoraba (pero el Aparato a él, no). Aunque, para ser sincero, prefiero sus letras en argot hablanero cabrerainfantesco, esas rimitas que nos provocan con descaro, acaso desde el post-pop pinguero de un Stanley Kubrick de dictaduras mecánicas de la mente.

Cuando el tam-tam reguetonesco de las bombas comience a caer sobre esta Habana totahrirtaria que no deja espacio ni siquiera para que su ciudadanía piense o se prostituya, recordaremos entonces que es posible mandar un país como un campamento pero no como un campo de concentración, que la injusticia ilustrada es el peor crimen extrajudicial, y que con El Chupi-Chupi desechamos nuestra penúltima oportunidad de ver la leche y no la sangre correr.

Cubansummatum est!

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