Viernes, 15 de Diciembre de 2017
14:55 CET.
Caso Chupi Chupi

Los nuevos calibanes

"Esto es totalmente novedoso para el mercado". Con estas palabras termina el videoclip titulado El Chupi Chupi, uno de los más populares de la Isla hoy día y gran favorito para los premios Lucas.  ¿Qué importancia tiene esta frase en un país que desde el inicio de la revolución combatió el consumo y la propiedad privada? ¿Por qué es un artista quien lo dice?

Desde que se inició la  flexibilización de las leyes de residencia y viajes al extranjero en los noventa, los artistas han salido favorecidos. Se les permitió entrar y salir del país, residir por un tiempo en el extranjero (dando lugar a lo que se llamó "el exilio de terciopelo"), y se les permitió también comercializar sus obras en los mercados nacionales e internacionales. Descontando a la elite oficial, conectada directamente con el poder, hoy día los artistas más populares están entre quienes  mejor viven en Cuba, como puede verse en Habanastation (2011) de Ian Padrón. En este largometraje, el padre del protagonista es un músico de jazz que viaja al exterior constantemente, y que goza de una posición económica extremadamente privilegiada en comparación con la del resto del país.

Esta cuestión, que redunda en los privilegios y diferencias de clases en la Cuba actual, está a mí entender en el centro de la polémica que se ha suscitado en relación al tema El Chupi Chupi del reguetonero cubano Osmani García. El video que sirve de soporte visual a la canción tenía asegurado el Premio de la Popularidad en el concurso Lucas hasta que, sorpresivamente, fue censurado por el ministro de Cultura, Abel Prieto, y por el presidente del Instituto Cubano de la Música (ICM), Orlando Vistel, en la Mesa Redonda. ¿La causa? La letra de la canción, que según el presidente del ICM, era "horrible" y había logrado escapar a la censura gracias a una "fisura del sistema".

Al enterarse de estas críticas, el reguetonero que se encontraba en Canadá, replicó con una carta abierta al ministro Abel Prieto, donde le recriminaba el haberlo vetado para obtener el premio, cuando "el propio PUEBLO de CUBA a base de mandar mensajes de texto de 16 centavos CUC con el dinero del sudor de su TRABAJO" lo había elegido. Para Osmani, por tanto, el valor de su canción y el virtual despojo del premio eran más factible explicarlos a través del dinero —la moneda convertible, los "chavitos"—, que mostraba a los extremos que podía llegar su fanaticada, en un país depauperado, donde los salarios se pagan en moneda nacional.  

Si para Osmani el mercado tenía la última palabra, para los ideólogos seguía siendo una cuestión de ideologías y normas sociales. Este tipo de críticas no son nuevas en el ámbito cubano donde, por lo general, se tiende a criticar la letra de las canciones de los reguetoneros y se le echa la culpa al mercado y la globalización por crear diferencias sociales e interferir con la tradición cultural de la Isla.

Julio Martínez Molina, escribiendo para el periódico oficialista cienfueguero 5 de Septiembre, se quejaba recientemente de las letras y las imágenes "porno" de los videos que se pasaba la televisión estatal y se dolía de que nadie parara "la ralea de baja estofa vomitada por el mercado". Estos videos están llenos de "latinas de facciones indígenas, semidesnudas, [que] sueltan alaridos al éter mientras se vierten —al estilo del porno más demodé— grasa, agua o leche sobre sus cuerpos sudados".  

En otras partes del mundo, dicen estos críticos, con un sistema capitalista y bajos niveles de educación, se entendía que así fuera, pero en Cuba esto era inadmisible. ¿Dónde están entonces los censores?

No por casualidad, lo mismo piensan los comisarios de literatura cubanos acerca de los libros que se publican en el extranjero. Entre ellos, Jorge Fornet (Casa de las Américas), el propio ministro Abel Prieto, y el escritor Rogelio Riverón. En un extracto de las intervenciones en un panel sobre los escritores y el mercado, publicado por la revista La Jiribilla en 2007, Fornet y Riverón arremeten contra el impacto negativo que supuestamente han tenido las editoriales extranjeras en la literatura cubana a partir de los años noventa. Fornet habla de "la censura del mercado", del "represivo mercado español", de "los intereses" de los editores que no tienen amigos sino "intereses". Y Riverón habla de las casas editoriales que solamente quieren publicar libros que tengan que ver con política, "ron, sexo, paisajes en ruina y gente en desbandada".

Zoé Valdés y Pedro Juan Gutiérrez han sido los blancos predilectos de estos ataques. La Trilogía sucia de La Habana de Gutiérrez se tiene como una especie de decálogo pornográfico del submundo habanero. Y de Zoé Valdés el ministro de Cultura ha dicho públicamente que las razones por las que no la publica en Cuba eran más literarias que políticas, "hace un subproducto cultural que es perversión de la literatura". Imposible entonces reconciliar el mercado con el talento, al menos en la mente de estos comisarios.

¿Cómo entender entonces el papel que juega el mercado en el videoclip El Chupi Chupi? Primero, su patrocinador no es cubano sino extranjero: Around the Music. Segundo, más allá de las críticas a la "vulgaridad" de la letra, hay que pensar que lo que realmente provoca estos videos y libros es temor por los cambios que traen consigo, ya que por su propio origen escapan a la ideología y los preceptos de la ética revolucionaria. Su lógica responde a la del mundo capitalista, guiado por la oferta, la ganancia y  como dice DJConds en este videoclip, lo "novedoso".

No por gusto, el escenario donde se desarrolla este tema es una cafetería, con nombre en español e inglés (store/tienda). Su nombre: "Cubanitas". Allí se vende "chupi chupi" en forma de bebida, comida y caramelos. En "Cubanitas" todos están vestidos con ropas extranjeras, consumen productos empacados con etiquetas en inglés, huelen a perfume Gucci, llevan cadenas de oro y sobre todo, como sugiere el nombre de la tienda, ofrece "cubanitas" lujosamente vestidas como si fueran caramelos para chupar. En otras palabras, lo que antes pertenecía únicamente al patrimonio simbólico de las clases  altas y pudientes (ministros, diplomáticos, turistas, e "hijos de papa") ahora pertenece a los artistas y reguetoneros.

Esto representa el triunfo de la mercancía sobre la ideología, del mercado sobre la estatización, del hombre de negocios sobre el político. El lugar físico que ocupa este sujeto puede ser lo mismo La Habana que Miami, ya que ambos pertenecen a esa aldea global construida en los márgenes del capitalismo postindustrial y que ha diseminado el turismo, las comunicaciones y los negocios.

Rubén Darío, el poeta nicaragüense, llamó a los capitalistas norteamericanos por el nombre de Calibán, el monstruo de Shakespeare, que en la interpretación de Rodó significaba el mundo de los instintos. "El ideal de esos calibanes está circunscrito a la bolsa y a la fábrica", escribió Darío. "Comen, comen, calculan, beben whisky y hacen millones. Cantan '¡Home, sweet home!' y su hogar es una cuenta corriente, un banjo, un negro y una pipa. Enemigos de toda idealidad, son en su progreso apoplético, perpetuos espejos de aumento."

A tales seres los modernistas oponían los altos ideales del sentimiento y el amor. La polémica actual en torno a una canción retoma este viejo tropo, sino ¿cómo entender que según la doctora María Córdova, titular del Instituto Superior de Arte, El Chupi Chupi sea una forma de "regresar a instintos pre-humanos, contra los cuales lo mejor de la humanidad está luchando desde hace siglos"?

En resumen, el video de El Chupi Chupi es importante no solo porque muestra la forma tradicional en que el Estado ha tratado de justificar la censura. Es importante también por lo que el propio video representa. Un mundo que encandila al espectador y trata de meterlo dentro, solo si el espectador tiene suficiente dinero para meterse. De ahí la agresividad de los colores, como el rojo que sobresale en la escenografía, y el reconocimiento de que este es un mundo inalcanzable, más allá de las fronteras físicas del peso y de la patria.

Frente a este escenario, quien mira y no actúa, solo puede mirar extasiado, turbado, deseoso y expectante a las chicas. Solamente puede mirar igual que miran, a través de los cristales, las vitrinas de las tiendas llenas de aparatos electrodomésticos de La Habana. Tan cerca de su vista y tan lejos de su bolsillo.  Ese es el nuevo y bravo mundo de la Cuba en el siglo XXI ante la cual, aquellos que son partidarios todavía de la ideología revolucionaria no podrán sino protestar, y sentir que tienen dos opciones: o irse de Cuba o convertirse a la nueva ética de capitalismo autoritario.

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