Lunes, 11 de Diciembre de 2017
20:15 CET.
Sociedad

La soledad del campo

Archivado en

El representante en Cuba de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Marcio Porto, expresó en ocasión del Día de la Mujer Rural, celebrado el pasado 15 de octubre, que es necesario la adaptación de la mujer al medio, no solo para producir, sino también para vivir en el campo.

"Este es un momento histórico para el pueblo cubano porque el país se decide y se dedica a producir alimentos como un asunto de seguridad alimentaria", declaró el funcionario de la FAO, según reportó Juventud Rebelde.

Unos días después, de acuerdo con el mismo diario oficial, Porto opinó que la entrega de tierras en usufructo constituye "una valiosa experiencia para revertir la migración del campo hacia la ciudad".

Pero a lo que en concordancia con su estatus de funcionario extranjero el señor Porto no se refirió, y Juventud Rebelde calló, es a las muy rígidas disposiciones legales, tanto agrarias como de la Ley de la Vivienda, que en unos casos impiden y en otros limitan el renacer de la población rural en Cuba.

Según fuentes oficiales, en 2008 el 20% del producto interno de Cuba dependió de la producción agropecuaria, mientras el 21% de la población económicamente activa se empleaba en tareas rurales.

Considerando que la familia promedio cubana está compuesta por cuatro personas, algo así como cuatro millones de personas de las once que vivimos en esta Isla dependemos directamente del campo.

¿Pero alguien se ha preguntado dónde viven los hombres y mujeres que cultivan lo poco que produce la tierra?

Que el campo nacional —salvo aislados asentamientos y chozas dispersas— es pura soledad, no es secreto para nadie en Cuba.

"El ausentismo rural no solo merma la producción agropecuaria de nuestro país, sino que provoca un daño peor, que puede tornarse irreversible si no se ataja a tiempo: la pérdida de la cultura fundacional de la nación, algo tan grave como perder la historia de los ancestros. Cuando se extravían patrones de conducta sedimentados a lo largo de siglos, sin remedio se producen comportamientos distantes de lo que debiera ser un individuo moralmente responsable", dijo un sociólogo a quien DIARIO DE CUBA acompañó por una extensa zona rural deshabitada, siguiendo el rastro del reacomodo de esa población, asentada ahora en barrios marginales donde la prostitución, el alcoholismo y los delitos contra la propiedad son prácticas cotidianas.

Las causas que transformaron el campo cubano en un desierto son múltiples. La primera de todas, la ausencia de una verdadera reforma agraria que convirtiera al campesino en dueño de la tierra.

Con la reforma agraria que expropió la propiedad rural cubana, el obrero agrícola pasó a ser peón del Estado; no fue más allá el campesino, al que —si bien la nueva ley lo hizo propietario de la parcela arrendada a su antiguo dueño— los sistemas de comercialización y de precios de los productos agrícolas convirtieron en una especie de jornalero eventual al servicio del Estado, según las temporadas de cosecha.

Todo ello, unido primero a la nacionalización de los comercios rurales particulares —donde el tasajo uruguayo y el bacalao noruego eran productos asequibles al jornal agrícola— y más tarde a la desaparición de estos comercios —donde un día, aunque racionada, fue posible adquirir carne rusa enlatada—, hizo la vida en el campo poco menos que insoportable.

Del resto se encargaron los cuatreros, arrasando con cuantos animales se encontraban a su paso; los ladrones de frutos menores, que cargando con racimos de plátanos o mazorcas de maíz en una sola noche frustraban meses de trabajo de los campesinos, y los comisarios políticos, día tras día sobre estos para hacerles incorporar sus tierras particulares a las llamadas cooperativas de producción agropecuarias.

Hoy, en las madrugadas de barrios marginales de pueblos y ciudades, se ven partir camiones y carretas con obreros agrícolas rumbo al campo. Antes de media tarde, retornan. Solo por transportación de fuerza de trabajo, muy a menudo subutilizada, cada día en Cuba se despilfarran miles de litros de combustible.

¿Cómo se va a remediar tan catastrófica situación? A ciencia cierta nadie lo sabe, pues las leyes que debían incentivar el retorno de la familia rural a la tierra no hacen sino inhibirlo.

Según el artículo 2 de la Ley General de la Vivienda, en Cuba sólo es legítimo tener una vivienda; lo otro es poseer una casa de veraneo en el campo, en la playa o vaya a saberse dónde, pues la ley no lo especifica para el común de los mortales. Sin embargo, sí lo regula en el caso de los agricultores pequeños.

De acuerdo con el artículo 107 de la Ley de la Vivienda, si en el año 1985 ya un agricultor poseía una vivienda en su finca y otra en un área urbana, pues esta última es la de descanso y la del campo la permanente y, por supuesto, si bien la ley de la vivienda se ha suavizado permitiendo la compraventa de casas, ni soñarlo en el caso de tierras e inmuebles agropecuarios, según estipula el Decreto Ley 125 del presidente del Consejo de Estado, del 30 de enero de 1991.

Para los que poseen tierras en usufructo en virtud del decreto de las tierras ociosas, y pretendan en ellas construir instalaciones agropecuarias permanentes, el procedimiento puede convertirse en todo un vía crucis, según el Decreto Ley 282 de agosto de 2008. Y ni pensar construir una vivienda en ese terreno si ya son poseedores de una casa en la ciudad y una cabaña en la playa.

Si alguien quiere estar junto a sus vacas, pues debe meterse en una tienda de campaña, a la usanza de los nómadas del desierto.

Con tales regulaciones, sería útil clarificar cómo la mujer cubana se adaptará a vivir y a formar una familia en el campo, al decir del representante de la FAO en la Isla.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.