Martes, 12 de Diciembre de 2017
01:53 CET.
Sociedad

El comandante al teléfono

En los últimos dos días un titular ha aparecido en diferentes agencias y publicaciones interesadas en el tema cubano, se trata de la llamada telefónica realizada por Fidel Castro a cuatro estudiantes de Periodismo en la Universidad de La Habana con motivo de un artículo escrito por estos en Juventud Rebelde, relativamente critico de los problemas que tienen para acceder a internet.

El asunto me ha interesado más de lo habitual, pues durante dos cursos fui profesor de Filosofía de estos jóvenes. El ver como ahora mis exalumnos se refieren con admiración a Fidel Castro, me ha dejado con un sentimiento ambiguo.

Recuerdo la primera vez que estuve frente a ellos. Tenía delante de mí el registro de asistencia que incluía los datos de cada uno, incluyendo su filiación política. Para mi sorpresa, la mayoría pertenecía a la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), única organización política juvenil legalmente permitida; el resto, o son perseguidas o, como el Movimiento Estudiantil Católico Universitario, del que fui miembro por breve tiempo, toleradas.

Aquellos futuros periodistas, muy tímidos a la hora de exponer en clase sus opiniones sobre los problemas nacionales (en realidad, mis clases apenas tocaban el mundo social, me empeñaba en aumentar el programa de estudios con dosis adicionales de epistemología y metafísica, convencido de la saturación política que nos rodeaba), al siguiente curso eran bastante críticos de lo que entonces acontecía.

Recuerdo que pedí un trabajo sobre un tema cualquiera de la vida nacional en el cual intentaran aplicar los principios del pragmatismo de Pierce. Recibí una avalancha de buenos artículos sobre los problemas que solo ahora el gobierno de Raúl Castro ha comenzado a atender: las trabas legales al arriendo de tierras y al trabajo por cuenta propia, las carencias de todo tipo, etc.

Casi el tiempo de una generación me separaba de aquellos estudiantes y pude comprobar cuán diferente eran de la mía. Ellos optaron por poseer un carné al que la mayoría de mis coetáneos no quiso acceder (tenía durante el "Maleconazo" 17 años), y sin embargo, cuando les era posible, eran también críticos.

Por eso me ha sorprendido ahora este tono de admiración hacia Fidel Castro de mis antiguos estudiantes. La explicación más simple es adjudicársela al hecho de que hacen prácticas profesionales en el órgano oficial de la UJC.

Durante dos años fui periodista de CMBF, tuve que escribir decenas de notas informativas y crónicas acerca de sucesos como las tediosas "Tribunas Abiertas" de la "Batalla de Ideas" (eufemismo para el aluvión de propaganda por los medios masivos), pero siempre decliné confundir la cobertura de un hecho al que me obligaban mis superiores con fingir un sentimiento de aprobación hacia el rumbo que continuaba tomando la vida pública cubana, cada día más alejada de la profunda reforma que necesitaba.

Esta actitud me llevaría a cuestionar el entusiasmo de mis exestudiantes ante la llamada telefónica de Fidel Castro, pero trato de entenderlos. Si hubiera estado en su caso —me digo—, hubiera hecho a quien llaman "el comandante" el mismo cuestionamiento (retórico, pues conocía perfectamente la respuesta) que en mis tiempos de estudiante de la Facultad de Filosofía de la Universidad de La Habana hice en una de las reuniones de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), presididas con "mímica de sepulturero" (tomo la imagen de Nietszche): ¿Por qué se invierte dinero en los poemas de Antonio Guerrero y no en importar los libros de Alexander Koyre que necesitábamos para los cursos de Filosofía de la Ciencia?

Pero insisto en intentar la comprensión. Pienso en una de las estudiantes en concreto: Luisa María García, con un alto cargo en la UJC de la Universidad. Una joven con una educación e inteligencia extremadamente rara en los estrados del oficialismo insular.

Ella, a diferencia de los jóvenes de mi generación no tiene interés en emigrar. El panorama de la crisis económica actual, que según los más escépticos expertos durará una década (una especie de periodo especial del capitalismo global contemporáneo… quedarán aparte las preguntas de si es culpa de un maléfico club Bildberg, de algunas irresponsables instituciones financieras privadas o públicas, o del ascenso de un neo-keynesiano a la presidencia de los Estados Unidos) es lo suficiente desolador para no arriesgar la aventura de emigrar.

Tal vez su familia posea una vivienda confiscada a viejos exiliados, o construida con el subsidio soviético generado con previas expropiaciones forzosas quizás a príncipes que solo conocimos por los cuentos de Turgeniev. No es importante averiguarlo. Es o podría ser, gracias a las recientes reformas, propietaria de una vivienda… Las trabas a la propiedad que con tanto ahínco impuso el anciano que la sorprendió con una llamada telefónica, han ido cediendo y todavía algunos pueden esperar una mayor reducción para el futuro.

Si Luisa María intentara la vía del exilio, como su exprofesor, se encontraría obligada a no poder ejercer su profesión. Tendría la libertad de la que no pudo disfrutar en Cuba, quizás abriría un blog o colaboraría con algunos medios que, siguiendo la terminología oficialista cubana, se podrían denominar alternativos en el sentido de que son financiados con escaso capital.

Pero ser periodista en el exilio es algo bien difícil y el panorama es desolador: Vázquez Portal renuncia a Radio Martí por su "frivolidad"; Luque Escalona la emprende contra Barack Obama y Felipe Valls por considerarlos cómplices del régimen totalitario de la Habana; el periódico español El País es llamado "El Anticristo" desde el semanario Libre.

La lista sería interminable, pero es evidente que si bien en Cuba se ejerce la omnipresente censura del Gobierno, sobre la prensa de regiones como Miami se ejerce la censura de las masas, lo que Ortega y Gasset llamara el "derecho a la vulgaridad", aquella que pisotea la reflexión desde los apetitos. Todo en una ciudad donde se arremete contra Pablo Milanés mientras en la Feria del Libro de Miami la editorial Pathfinder vende libros a favor de la libertad de los cinco espías. Así de confuso es el mundo en esta segunda década de la vida de mi exalumna.

Quizás entonces mi exestudiante prefiera terminar su carrera de Periodismo en La Habana y, cuando se gradué, trabajar en Juventud Rebelde.

Quizás también opte por una generosa beca de las que universidades extranjeras ofrecen a estudiantes cubanos y a la que en el exilio no podría aspirar (vivir en el subdesarrollo o bajo el socialismo tropical tiene algunas ventajas), trabajar temporalmente en el extranjero y regresar a Cuba sin impedimento, cambiar el francés que aprendió por el inglés.

Mientras escribo esto, recuerdo como Jorge Ramos recientemente se refería a que, gracias a la Ley de Arizona y otras similares, por primera vez los mexicanos están renunciando a la vieja huida al Norte.

También allí hubo una revolución, nacionalizadora y de partido único. Y es que entonces comprendo que para las nuevas generaciones Fidel Castro y los demás fósiles vivientes (supervivientes de un mundo ya desaparecido) que lograron el hundimiento de la República, son quizás ya un vago recuerdo que se irá extinguiendo.

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