Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:49 CET.
Crónica

La virgencita invisible

Pobrecita la muñequita de maderamen y oropel, tan zarandeada a lo largo y estrecho de miles y miles de kilómetros. Anoche la vi, en Lawton. Y fue sobrecogedor. Por ella y por lo mortecino del ambiente. Un barrio enrarecido desde el talante de sus ciudadanos hasta el cielo que se comba allá arriba, apuntalado por los postes de luz amarilla pastosa y pobre. La luz y las casas como cuevas. La luz y los rostros como muecas. La luz y la sensación de que ninguna de esas biografías en masa debería llamarse humana, mucho menos de Dios (animalia amorfa, ignorante por desmemoria). La luz que solo brilla en las sirenas de los patrulleros Made in China y en las lentejuelas de la brigada motorizada de tráfico. La luz que solo tiene filo, ya que no fe, en los ojos procaces de tan proactivos de la Seguridad del Estado.

A las siete de la tarde comienza en Cuba la medianoche en el horario de invierno. Al parecer, la gente estaba dispuesta a cantarle las cuarenta a cualquiera, histeria de entretenimiento para recibir por todo lo alto el fin de semana, como si de un concierto de reguetón se tratase (la vestimenta de los jóvenes así lo ratificó). Los autos apenas desaceleraron bajo el semáforo, aunque la esquina de 16 y Dolores era un mar de cuerpos. Oí mujeres mentar la madre de los choferes. Vi golpear los capós (es una escena fetiche del filme Midnight Cowboys). La peste a bronca no diluía, sino que añadió su picantico patrio a nuestro pedestre concepto de devoción. Nos acordamos de la Virgen cuando viene. Es decir, una vez en cada Revolución.

Y, en efecto, en su urna de cristal o acrílico, Pilar de escudo en ristre entre la bandera del Vaticano y el trapo heroico de nuestra nación (sin bucolismos de Byrne en pleno siglo XXI), la anónima María insular bajó al cabo en su automóvil de alquiler, desde la capilla cuidada por las monjitas de calle Concepción, mucho más allá del paradero de Lawton y las líneas férreas sin uso y el río Pastrana ya putrefacto, en esa cabeza de monte subindustrial que invade a la capital desde el mismísimo cordón de La Habana.

Virgen mambisa. El corre-corre. Cláxones, cánticos, aplausos, altoparlantes con prédicas. Una soga para mantener a raya a los fieles. Círculos humanos entrenados en la parroquia, hombres envejecidos y algo enajenados en su jerga cuasi-militar pero de inspiración cristiana, más ropita de los setenta que incluye un cinto "de salir" a la altura del ombligo. Collage al crudo: ¡coopere con el viudo cubano! Es un juego de máscaras donde el Cardenal Jaime Ortega sale debajo de sus propias mangas y camina B arriba hacia la avenida de Porvenir, hasta doblar a la derecha en calle 10. Entonces habla.

Nuestro purpurado luce exhausto tras el micrófono. Tampoco nadie le presta demasiada atención (un borrachín le besa la mano y los seguratas devuelven por los aires al devoto súbito hasta su no-lugar en la acera). Y es lógico que la palabra de un anciano no enganche a Cuba esta noche (no la engañe): la súper-estrella es hoy Cachita. Además, Ortega, desde que rebotó por última vez en la televisión cubana, casi sin créditos ni promoción, continúa hablando de Antonio de la Caridad Maceo y Grajales, militar decimonónico que antes de salir a matar prójimos (o hacerse matar por ellos) siempre revisaba tener en su pecho de mulato almidonado una virgencita de noble metal.

Entonces deja de hablar el cabeza de la Iglesia Católica en Cuba. Y por fin es nuestro turno a solas con la barbarie (acéfalocracia). Y un buen baño de vandalismo nos damos. Contra las rejas del templo y escalones arriba, secuencia de cine no silente sino gritón. Cientos, miles. Niñas, ancianos. Un señor, cuya madre me aseguró que recién había infartado. Una señora que alcé de entre la oleada de piernas que la hubiera aplastado (sangraba de las pantorrillas). Y otra vez palabrotas, sandunga sancta. Los clérigos y seminaristas vociferando con una dicción demasiado correcta para ser violenta, casi excomulgando a sus feligreses con sentencias de maestro de escuelita primaria, al estilo de "si no se portan bien, no habrá virgen para nadie en el barrio".

Asistimos a una avalancha de Final de futbol o, por supuesto, a un concierto en CUCs de tipos duros que no entienden con nada. Esa es nuestra materia prima innegable (a golpes de minoría no se puede imponer un mito a perpetuidad, sean los evangelios canónicos o La historia me absolverá). Pero a este decorado le falta la brigada élite de la policía: las tropas especiales para perpetrar la paz de un Período Especial. Es obvio que al Estado cubano le interesa que la Iglesia Católica sepa que tantas procesiones al año más temprano que tarde podrían acarrearle una tragedia (vi varias mujeres, todas negras por cierto, sacadas medio desmayadas hacia destinos disímiles). Que se espachurren un rato en polifonía de quejas y maldiciones. Pero es obvio que lo único que no puede sonar aquí es otro tipo de palabrotas peores.

Libertad, por ejemplo. Justo a la hora en que unos tipos me increpan que por qué todas mis fotos van de picada contra el pugilato popular. Discutimos sobre la pertinencia de la verdad. Les enseño mi pulóver blanco de Laura Pollán Vive. Se arremolinan y se aprestan a rodearme, mientras una mujer trata de distraerme y se desgañita interrogándome en la distancia que para quién trabajo (todos tienen el argot del serial de la contrainteligencia Las Razones de Cuba y también el del bloguerío oficial), pero yo ya estoy dentro del templo y me refugio junto al altar mayor a retratar caras bendecidas por el padre italiano, cuya sonrisa no puedo adjetivar de divina sino de democrática. No por gusto tengo una credencial de trabajo para hacer clic sin que me roben o ripeen la cámara "por error" o por un "golpe de azar".

¿Y la virgen, esa madre de todos los cubanos que es anterior incluso a la Patria? Cada rezo y cada lágrima es acompañado de una foto hecha con celular. La Caridad es así un poco pop ante tanta fruición mediática (Síndrome de Nokiaridad). Su talante luce un tin tímido, a pesar de la piel morena, pulcra y extrovertida, ceciliamente una Valdés. Y, con cierto pudor de palo, diríase que nuestra virgen se esconde islámicamente bajo su manto de reina maga. Tal vez se le dificulte interpretar si hoy la adoran súbditos de Dios o de la Nada. Tal vez Ella sabe más de cuatro cosas para mañana (por eso el rictus triste). Tal vez se siente muy sola, condenada a cargar a ese bebé que no crece de cara a la eternidad.

Pobrecita, tan frágil, rodeada de un holocausto de flores, pétalos con ese olor tan perentoriamente premonitorio a funeraria. Pobrecita, obligada al insomnio de los ventiladores de donación, tapiada bajo esa musiquita falsamente alegre para cuando venga a nos la muerte, azuzada como una prófuga por el intermitente apagón que acecha al convento decomisado como escuela (justo así narra un Estado totalitario: subiendo y bajando el catao central). Pobrecita, tan invisible bajo la mirada codiciosa de la turba, dispuestos a ser maceos a cambio de un milagro de calidad. Pobrecita, mi corazón, tan cubana.

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