Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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Opinión

El costo de la represión

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Al igual que Marx en su época, y posteriormente sus seguidores durante la Gran Depresión de los años 30 y la estanflación de los 70, surgen hoy quienes afirman que hemos entrado, una vez más, en la crisis final del capitalismo. Para sostener sus vaticinios, traen a colación dos fenómenos de actualidad: la crisis financiera mundial y su secuela de desempleo; y el movimiento de protesta en reacción a dicha crisis, el cual ha tomado en Europa el nombre de "Indignados" y en Estados Unidos el de "Ocupad Wall Street".

Las pitonisas que hoy predicen la muerte del capitalismo pasan por alto que ésta no es la primera vez que el sistema atraviesa una crisis de semejante magnitud, que la de los años 30 fue peor, y que cada vez que el capitalismo se ha visto confrontado a este tipo de coyuntura, no solo ha logrado superar la crisis, sino incluso salir reforzado.

La economía no es la única esfera en la que las sociedades democráticas han demostrado su robustez y capacidad de renovación.

A guisa de ejemplo, tomemos el caso del problema racial en Estados Unidos. Remontémonos a los años 60, con los motines urbanos de Los Ángeles, el asesinato de Martin Luther King, el surgimiento de movimientos extremistas encarnados por Malcolm X y Stokely Carmichael. Muchos eran quienes veían en esos fenómenos el preludio del colapso de Estados Unidos. En realidad, ese movimiento de protesta, en vez de dar al traste con el poderío y la democracia norteamericana, forzó a esta última a cuestionarse y reformarse.

¿Qué ha ocurrido desde entonces? Pues bien, la comunidad afroamericana, al igual que la hispana, no cesan de consolidar su participación en la economía y la política estadounidense, de modo que, por ejemplo, cada día son más los congresistas norteamericanos pertenecientes a dichas comunidades.

Los exsecretarios de Estado Colin Powell y Condolezza Rice, así como el presidente Barack Obama, afroamericanos los tres, fueron escogidos no por un politburó senil y reunido a puertas cerradas, sino abiertamente en las urnas por una mayoría de americanos.

A esto debemos añadir la guerra de Vietnam y el escándalo de Watergate como ejemplos de crisis que llevaron a la democracia norteamericana a cuestionarse y modernizar su estrategia y tecnología militar en un caso, y a fortalecerse institucionalmente en el otro.

La razón de todos esos logros es muy clara: las sociedades democráticas son capaces de rebasar y sacar beneficio de las crisis, sean éstas económicas o de otra índole, gracias al hecho de permitir el debate público, las manifestaciones de descontento y el derecho a disentir.

El debate público y la contestación son los poros a través de los cuales una sociedad puede evacuar sus fallas y remozarse. Y cuando los poros se cierran a causa de un régimen represivo, la sociedad se anquilosa y termina por explotar.

Estas experiencias deberían ser asimiladas por Cuba en la encrucijada en que se encuentra hoy.

Hasta ahora, Cuba ha podido sobrevivir gracias a la ayuda recibida, primero por la Unión Soviética y luego por Venezuela. Una terminó con la caída del bloque socialista, la otra se tambalea debido al deterioro de la salud del camarada Chávez. Eso explica los nuevos Lineamientos y las medidas tomadas por Raúl Castro con la finalidad de dinamizar la enclenque economía cubana.

El problema es que con reformas inconsecuentes, como las que Raúl Castro ha presentado, en las que incluso el número de mesas en paladares está sujeto a restricciones, no queda más remedio que constatar que el régimen castrista no ha aprendido nada, pero absolutamente nada, de cómo hacer funcionar eficazmente la economía de un país.

Solo un movimiento de la sociedad civil, con un debate público que no rehúya de contradicciones, sería capaz de plantear opciones económicas y políticas adecuadas a la situación. Pero, ¿cómo podría surgir y operar un movimiento de esa naturaleza cuando las Damas de Blanco, cuyo número no puede representar una amenaza para el régimen, se ven atacadas, cada vez que salen a la calle, por actos de repudio que de espontáneos no tienen nada?

Cuba y su economía están pagando caro, muy caro, el no poder contar con movimientos de protesta como los que se ven cotidianamente en países donde impera la libertad.

Y sin embargo, a pesar de los encarcelamientos, las manifestaciones de repudio y el arsenal del aparato represivo, el día en que un movimiento de Indignados surja y contribuya a sentar las bases de una verdadera modernización de la economía cubana acabará por llegar.

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