Jueves, 14 de Diciembre de 2017
14:04 CET.
Opinión

En 2011 seremos libres o mentirosos

A fuerza de machacarla hasta en los libros de textos de la educación primaria, todavía se recuerda hoy en Cuba el golpe mediático de aquella frase de Fidel: "En 1956 seremos libres o mártires". Puesta en boca de un convicto por rebelión armada, no era poca cosa esta amenaza. De hecho, fue todo un grito de guerra anunciada (que sí mata soldados) contra la seguridad nacional imperante entonces.

Según corrían los meses y nada ocurría, Fidel reiteraba su eslogan en artículos publicados por aquí y por allá. Se la jugó en público, pero ya se le iba agotando el tiempo en escena de su función. Se acababa el año. Y el joven exiliado no quería tener que darse él mismo un último aldabonazo suicida, como hizo Eduardo Chibás cuando no alcanzó a cumplir con su palabra empeñada ante el país.

Era una época fáctica, actancial, donde el verbo (como en el Génesis) era libremente convertible en eventos de la realidad. Hablar era el arma más artera. Fue un momento pletórico de protagonistas y la muerte muy pronto jugaría a sus anchas un papel estelar.

Hoy, en cambio, todo parece tener un tono menos premonitorio, en sordina no tan urgente, sobrevivible sin gran esfuerzo. Por suerte o por desgracia, los líderes en Cuba han perdido su capacidad de manipulación del mañana (la política aquí es el arte de lo pretérito). Desde la oficialidad o desde la oposición, todos son peleles de un presente precario. Es como si el cansancio consuetudinario les impidiese levantar la cabeza (y, en consecuencia, la vista). Por eso ahora el pueblo puede darse el lujo de acatar o ignorar uno u otro discurso, siempre sin involucrarse demasiado. Al fin y al cabo son sólo eso: discursos (blablablá de la barbarie).

Sin la histeria de los visionarios (¡Dame la F!), no hay convulsión de la Historia (¡Dame la I!). Sin personas proactivas (¡Dame la D!), no habrá nunca una post-patria (¡Dame la E!). Sin la hipocresía del honor como cómplice del horror (¡Dame la L!), no hubo nunca nuevos conceptos de la verdad (¿Qué dice...?).

Al poder ya no le basta con la euforia de sus estadísticas estéticas para crear consenso. A la oposición tampoco debería bastarle con su consignería de calle o sus panfletos en digital. Todo cambio es en última instancia tiempo violentado.

Así, para romper esta homeostasis infranacional, habría que curvar la línea cronológica de la revolución cubana, anacronizar su proceso, armar otra máquina narrativa que sea igual de eficaz (de falaz). Invocar, por ejemplo, hitos de heroicidad inimaginable hasta el momento mismo de su enunciación. Dar fechas y luego cumplirlas con épica rigurosidad (retórica del rigor mortis).

Cada cárcel o cadáver convocado (no necesariamente de los actores, sino del público en primera instancia) será entonces un bit del cambio. Sólo semejante teatro tanático descorrería el telón del tedio, haciendo mediáticamente verosímil nuestra trama ante el mundo. Ay, ¿pero está la pacificada oposición en condiciones de ejecutar ese guión con tal de desterrar en tiempo real al despotismo? ¿Y hasta dónde estaría resuelto el poder con tal de conservar viva la novela idílica de su única voz?

Aquel joven líder sobrevivió a 1956 sin liberar a nadie a su alrededor ese año. Ya sabemos que las promesas no serán lo más importante, pero sí lo de mayor impacto.

Se acaban los años.

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