Lunes, 11 de Diciembre de 2017
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Opinión

El viejo marco

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El senador Marco Rubio (R-Florida) deslizó imprudentemente en su biografía oficial que sus padres habían salido de Cuba después que Castro tomó el poder. También aseguró a The Miami Herald que salieron antes de la revolución de 1959 y a la cadena Fox, que en 1958 ó 1959. El reportero Manuel Roig-Franzia (The Washington Post) venía escribiendo una biografía de Rubio y verificó que sus padres habían entrado a EE UU el 26 de mayo de 1956. El bando liberal se animó por haber cazado a Rubio en la mentira. Chris Matthews dijo en su programa televisivo Hardball (MSNBC) que Roig-Franzia merecía some kind of Pulitzer (por el premio al periodismo).

Aquí se juega al duro. Rubio es un joven líder conservador y hay que tirarle con todo, pero la gente obsesionada con las peripecias provincianas del sur de la Florida, donde confluyen el enclave del exilio y la colonia de inmigrantes cubanos, salieron enseguida al ruedo para sublimar la mentira intrascendente como trascendente al "problema cubano": Rubio fue tachado hasta de batistiano, a pesar de que su propia inconsistencia en las fechas indica que el accidente familiar dista mucho de ser clave en su identidad política. Ni siquiera fue toque acompañante de su campaña ni podía serlo, porque para llegar a senador federal se precisan mensajes que atraigan al electorado más amplio posible de la Florida entera, donde sobra gente que confunde a Los Cinco con una banda mexicana y a Posada Carriles, con un catcher de los Yankees.

Noción y nación

El mensaje seminal de Rubio está clarito en su anuncio político A Generational Choice (2011): "Si seguimos por el camino por el que ahora nos lleva Washington, pondremos en peligro la esencia de lo que nos hace excepcionales. Perderemos los que nos hace únicos. Y esto lo sé porque la idea de que los Estados Unidos son excepcionales no es algo que leí en un libro. Como hijo de exiliados, mis padres nacieron en una sociedad muy parecida a cualquier otra en el mundo, donde si uno no proviene de la familia apropiada o con suficiente dinero sólo puede avanzar. Y ese es un lugar muy diferente de nuestros Estados Unidos, donde el hijo de un cantinero no tiene que ser cantinero y el hijo de una sirvienta puede lograr cualquier sueño. Así que ahora nos enfrentamos a si queremos preservar todo esto o si queremos convertirnos en un país como del que vinieron mis padres".

Para dar esta noción de excepcionalidad de EE UU, Rubio no lo compara con la Cuba castrista, sino con la Cuba precastrista o republicana: donde nacieron y de donde vinieron sus padres. Su planteamiento nada tiene que ver con Castro ni con "la mafia terrorista de Miami", pero los cerebros recalentados con "el problema cubano" no pueden asimilar que Rubio no fija los episodios de la vieja historia familiar —Roig-Franzia sacó a relucir que dio tres fechas de la muerte de su abuela paterna— porque pertenece a la joven generación que —si bien desciende de cubanos— no se aferra a los faldones de la madre patria de sus padres.

Tal y como largó Rubio en su discurso de apertura de la Conferencia de Acción Política Conservadora (Washington, 18 de febrero de 2010): EE UU "es el único país del mundo donde no importa quiénes fueron tus padres ni de dónde vienes". Esta identidad política, vinculada a principios constitucionales y valores antes que a tal o cual nación predeterminada por etnia o cultura, no puede entenderse y tiene que ser tergiversada por la bandería que reúne a jóvenes cubanos residentes en EE UU —en la Sección de Intereses de Castro— para espantarles hasta un documental y un discurso de Max Lesnik (Vueltas, 1930), el viejo ortodoxo que se arrepintió de haberse arrepentido.

Vejez cultural

Ese marco mental en que la bandería de Lesnik y otros pretende colgar al senador Rubio está sacado del mismo molde en que Castro vierte su opinión sobre la libertad condicional del avispa René González (Chicago, 1956): así "quedará a merced de asesinos impunes durante tres largos años". El canciller de turno, Bruno Rodríguez, repicó que la vida de este agente (Iselin o Castor) estaría en peligro, "porque lo envían a Florida, donde están afincados grupos terroristas anticubanos". Lo que queda en la Florida de estos grupos y aquellos asesinos es objeto de psiquiatría —v.g.: Comandos F-4— o de geriatría (Posada Carriles et al). Igual sucede con sus viejos contrarios en la Isla, pero la tenencia del poder marca la ventaja de haber derramado el castrismo por toda la pirámide social.

La mentalidad procastrista no puede separarse de las claves culturales que Castro adquirió en la Universidad de La Habana, entre ellas una pistola belga de 15 tiros. No en balde al día siguiente de tropezar aparatosamente en Santa Clara (octubre 20, 2004), Castro quiso comprobar si "tenía fuerza para manejar esa arma que yo siempre usé. Esa que está al lado de uno. Moví el peine, la cargué, le puse el seguro, se lo quité, le saqué el peine, le saqué la bala y dije: Tranquilo" (Biografía a dos voces, 2006, página 561).

Coda

Un político cazado en alguna mentira de poco calibre es algo tan frecuente como aburrido en la politiquería estadounidense, pero imprimirle el giro cubano al desliz de Rubio indica que el análisis y la argumentación prosiguen distorsionados en el viejo marco de la cultura pistolera, que para colmo ofrece mentiras más gruesas que la cuestión hialeahesca de cuándo llegaron tus padres a EE UU.

Ahí tenemos al propio Castro: "Exceptuando a Trujillo (...) en julio de 1959 (...) con respecto a los demás países la norma nuestra era —y es— el respeto, acogernos al derecho internacional" (Biografía a dos voces, ed. cit., página 260), como si —por sólo citar un ejemplo— a Tony Briones Montoto no lo hubieran matado los guardafronteras venezolanos en Machurrucutu ni se hubiera suicidado Pedro Cabrera Torres, después de haber caído prisionero, ni hubieran desembarcado, entre otros, Ulises Rosales del Toro y Raúl Menéndez Tomassevich para reunirse con Arnaldo Ochoa, infiltrado desde antes.

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