Martes, 12 de Diciembre de 2017
22:28 CET.
Tecnología

Fabricar robots dentro del 'sistema'

A Fidel Castro se le escapó en el 2010 una frase que luego intentó rectificar infructuosamente: "El sistema ya no funciona ni para nosotros". La realidad es que el sistema nunca funcionó.  Armando Rodríguez —más conocido en Cuba a cualquier nivel, desde amigos a ministros, por Mandy— se lo habría explicado hace tres décadas si lo hubiese querido escuchar. Pero parte consustancial del "sistema" es la ausencia de mecanismos de autocorrección, dada la imposibilidad de ejercer la libertad de expresión desde una perspectiva crítica. No por gusto cada vez que Raúl Castro ha solicitado la opinión de otros, agrega al final "no tengan miedo". Del mismo modo que no es casual que pocos confíen en esa garantía.

La experiencia personal que Armando Rodríguez narra con desenfado y gran sentido del humor en su libro Los robots de Fidel Castro, trasciende  la historia de la empresa cubana EICISOFT y las personas que estuvieron vinculadas a ella. Tampoco pertenece al pasado. Refleja una realidad vigente en el sentido que Ortega y Gasset daba a ese término. Ninguna de las pretendidas rectificaciones anteriores anunciadas por los líderes cubanos pudo resolver los problemas de la economía. La incapacidad intrínseca del sistema para crear y administrar riquezas de manera eficiente es lo que subyace en este rosario de aventuras y desventuras de un cubano dotado de un talento y genialidad peculiares; talento y genialidad que Fidel Castro quiso, pero no sabía ni podía, aprovechar. Porque el sistema se lo impedía. Y esa realidad inescapable está nuevamente al centro del debate público cuando La Habana intenta la "actualización" de un sistema inservible.

Este es, por lo tanto, un tema vigente.

Bill Gates comenzó su aventura empresarial en Estados Unidos desde un garaje. Mandy, junto con un grupo de gente inteligente alienada por el sistema, emprendió la suya en un almacén de viandas al que no se le encontraba cómo darle uso. Pero ese local estaba en Cuba, y  quien vendría a "apoyar" —en realidad a controlar— el proyecto de Mandy, sería el Comandante.  En su pretensión permanente de jugar a gran potencia desde un país subdesarrollado, el Jefe Máximo se empeñó en hacerlos producir robots. Aquellos jóvenes, mostrando mayor dosis de sentido común que el Comandante en Jefe, sabían que no vivían en Estados Unidos ni Japón y que la producción de software resultaba, en lo inmediato, más factible en la atrasada y empobrecida isla que habían nacido.  

Mandy tuvo que dedicar parte considerable de sus valiosas neuronas a encontrar mil maneras de burlar las absurdas directivas de un poder omnímodo que se creía infalible y las regulaciones burocráticas de un sistema que solo se mostraba eficaz en asfixiar la iniciativa y creatividad. Al chaleco de fuerza que representaban  las regulaciones burocráticas habría que añadir las mil y una "orientaciones" —movilizaciones a manifestaciones callejeras de apoyo al gobierno, envío a tareas manuales como la construcción de túneles y la zafra azucarera de personal altamente calificado, y un largo etcétera— que constantemente rompían los equipos de trabajo y los distraían de su finalidad creativa. Al final, Mandy tuvo que enfrentar la realidad de que no se podía engañar al Comandante y su burocracia todo el tiempo. Tenía que escoger entre la sumisión o la libertad. Y optó por la segunda.

El balance del siglo XX es inequívoco: el sistema fracasó en todos aquellos países —localizados en diversas regiones del mundo— donde se impuso. La URSS enviaba naves al espacio, pero su industria intentaba —inútilmente— mimetizar la occidental. Tarea imposible debido a la baja productividad, mayores costos de producción y pésima calidad de los productos. La incapacidad para la innovación del sistema condenaba al país a padecer de un crónico retraso tecnológico que no pudo trascender.

China y Vietnam superaron las hambrunas solo después que abandonaron el  sistema económico estatizado. Cuba destruyó la industria azucarera sin llegar a crear otro sustituto comparable y Venezuela, país petrolero que dice ahora avanzar hacia el socialismo del siglo XXI, sufre continuos  cortes eléctricos desde que emprendió ese camino. Esta realidad hace pensar que si mañana se impusiera el sistema en el Sahara es probable que el gobierno terminase racionando la arena.

Si algo ha sido demostrado hasta la saciedad es la incapacidad del sistema de economía estatizada para crear riquezas de manera sustentable, creciente y eficiente.

¿Cuál es la causa de ese fracaso planetario que se resiste a ser explicado con argumentos simplistas como el de aquel afamado cineasta cubano que afirmó que "el socialismo había sido un excelente guión con pésima puesta en escena"? Armando Rodríguez no pretende teorizar su respuesta a esa interrogante. Le basta, como a los buenos detectives, con mostrarnos las evidencias. Conocer la historia de ECISOFT —esa empresa del pretendido "sistema socialista cubano" que él organizó y dirigió—, facilita a los lectores llegar a sus propias conclusiones. Este libro es el testimonio de un testigo excepcional del accidentado y traumático desarrollo de la informática y la computación en Cuba.

 


Armando Rodríguez, Los robots de Fidel Castro (Eriginal Books, Miami, 2011).

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