Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:13 CET.
Obituario

Adiós, Laura

En un país donde los políticos son peleles de un Hegémono histriónico cuya fidelidad está en fase de extinción, era lógico que la política se desplazara al vientre vacío del barrio, a sus ovarios moribundos de tedio y horror, a una mujer cubana en su cocina cubana cacharreando la comida cubana que llevaría en jabitas de nylon cubano a su marido cubano, preso acaso de por vida en una cárcel cubana.

En un país donde la oposición y el periodismo independiente están ya no solo infiltrados, sino que funcionan de facto como la filial más secreta de la Seguridad del Estado, por donde se canaliza y controla la rabia consuetudinaria o contrarrevolucionaria de este pueblo, era lógico que el espíritu contestatario reencarnase al margen de cualquier disidencia y su ristra de denuncias digitales.

En un país donde lo último que pasó en las calles, en enero de 1959 (hace ya medio siglo o medio milenio, paleohistoria infranacional), fue la estera eterna de un tanque atestado de barbudos con sus carismáticas armas, era lógico que la ilusión del mañana se anunciase ahora a pie, ya sin cañón de futuro ni cargas cómplices para matar bribones (bastó con unos pocos zapaticos blancos, casi descalzas, como en la peor poesía patria).

En un país que sigue siendo de puertas adentro un coto claustrofóbico contra la palabra, con ministerios inercialmente acéfalos y policías acéfalamente inerciales, donde la sospecha es sinónimo de sobrevivencia y la mentira es la única razón remanente de Estado, era lógico que resonara la mudez de un gladiolo empinado en alto, espadita flamígera y efímera, pétalos baratos por cuenta propia, flores decapitadas de domingo en domingo como un sacrificio de amor (ese sentimiento tan arcaico).

En un país donde el protagonismo es penado (solo la masa amorfa es legítima), en un país emparedado entre un presente precario y la noción de que solo la guerra a muerte es fraterna, donde el exilio es tenido y tratado como una enfermedad (dolencia a la que hipócrita y no hipocráticamente todos aspiran), en un país personalista incluso a posteriori del culto a la Máxima Personalidad (Alma Pater), en un país cauterizado de civilitud y donde el mal se materializó con rango constitucional, es lógico que las mejores almas se mueran o las hagan morir (bajo la lupa indolente de la mofa mayoritaria).

Adiós, Laura, Dama de Blanco.

En Cuba quien ponga en voz alta la tentación de que al final sí existe la tierra prometida, ha de asumir el precio impronunciable de no poder habitarla. Cuba como cadalso. Quien se arriesgue aquí a asumir la verdad de su biografía, estará cavando su propio evangelio en paz. Cuba como complot. La realidad oficial es Una y la demagogia no puede permitirse el lujo de pluralizar su discurso decrépito. Cuba como cosmos inconmovible. Triste tragedia interminable.

En las gargantas envilecidas de nuestros compatriotas, en el aire viciado como un spray socialista subyugante de cara al idilio de la izquierda internacional, en las fotos feas de los verdugos de tramoya y en los anónimos asesinos por un sueldo también de tramoya, en la solidaridad secreta y en la tímida simpatía, en las marchas amateurs (abiertas como brechas en una ciudad desquiciada totalitariamente por un poder tan despótico como popular), en la desmemoria de nuestra mezquindad íntima (así en la Isla como en su diáspora), en la vergüenza inverosímil de nuestros descendientes, aquí y allá quedará el eco de los insultos con que no les dio tiempo a lapidarte.

Como nación en trance de desaparición, te debemos la imposibilidad de pedirte perdón en vida. Cuba como condena perpetua. Nosotros, los sobremurientes.

Adiós, Laura, Damísima de Blanco.

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