Sábado, 16 de Diciembre de 2017
11:55 CET.
Opinión

Ser disidente

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Supongamos que existe un país donde la gente pueda afiliarse al partido del color que le venga en gana y que el gobierno de turno no se entretenga en sacarle los trapos al sol a cada militante de fila.

Supongamos que sobre la faz de la tierra hay otro país donde el acto de delinquir no vaya más allá de la condena impuesta por los tribunales y la reincorporación de estos individuos no sea una banderola para ser agitada cada vez que dichos gobernantes quieran darse aires de excelentes actores sociales.

Pero… quedarse sin empleo y sin la explicación por tal medida, ser excluido de todo plan de ayuda social, comenzar a ser señalado por el dedo acusador de vecinos "de mala entraña", etc… Estos son solo tres de los pasadizos infernales a los que son sometidos los disidentes cubanos en cuanto ponen un pie en la raya para decirle cuatro verdades a quienes los mal gobiernan.

Las trampas de la cerrazón ideológica pueden darse el lujo de hacer propaganda con la rehabilitación social de los individuos si éstos no atentan contra sus intereses políticos. Las páginas de los periódicos nacionales pueden llenarse con reportajes de jóvenes exconvictos convertidos en trabajadores sociales, paramédicos o reparadores de enseres menores. En ellas salen a relucir inmediatamente las bondades del socialismo tropical, y no está mal, no sería mal visto si no leyéramos en esos mismos medios de propaganda los ataques a personas que han sido penalizadas y en su estancia carcelaria han decidido apoyar a los presos políticos, sumarse a las denuncias de violaciones de derechos humanos y, cumplida la penitencia, engrosar las filas de la oposición pacífica.

Sobran los ejemplos de quienes desde una celda han colaborado para que un artículo periodístico llegue a buenas manos, una carta familiar o el aviso de una golpiza propinada a un reo de conciencia trascienda más allá de los muros. Si ha habido quienes se han prestado para golpear y hostigar a disidentes en prisión, también los hay que se erigieron en guardas y defensas de quien recibió un calabozo como recompensa por su ejercer un derecho universalmente reconocido.

Según la propaganda comunista cubana, la disidencia interna está llena de cuatreros. Pero el Partido, la dirigencia revolucionaria y "las organizaciones de masas" de las que salen en realidad los cuadros corruptos, los violadores de tantos derechos y quienes desfalcan poco a poco el erario nacional, no cuentan a la hora de los improperios, el señalamiento y la exposición a la picota pública.

Es una metodología de doble rasero, la marca de identidad de un sistema que aborrece la transparencia informativa.

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