Lunes, 11 de Diciembre de 2017
23:52 CET.
Crónica

S.A.

Seguramente es más joven que yo. Su trabajo inteligente es interrogar. Me aseguró que los opositores lo acusaban de torturador, pero que en nuestra entrevista quedaría claro que eso no era verdad (me quedó clarísimo a la vuelta de cinco horas).

No se llama Ariel en absoluto, aunque así apareciera consignado, con grados y todo, en la Citación Oficial que recibí una noche de marzo del 2009, a la hora hueca de la telenovela (desde entonces no puedo oír a una moto frenar frente a mi casa sin sobresalto). Su nombre no importaba, me dijo de entrada. Estábamos, en aquella Estación Policial de la calle Aguilera, en Lawton, La Habana, Cuba, América, en una sesión secreta con pespuntes de anonimato (lo que, tratándose de asalariados del gobierno, debiera ser ilegal, cuando no de mal gusto y pésima educación). Ariel el malo, la bella Alina, y yo: el único imbécil con carnet de identidad puesto sobre la mesita escolar (la precariedad del poder es peor que su despotismo).

¿Qué vas a inventar después de este conversatorio? Nada, prometí. Y he cumplido con disciplina un poco díscola, por lo demás. ¿Por qué publicaste enseguida la Citación en internet? ¿No sabes que así operan los grupos de la disidencia? ¿Eres tú enemigo de la Revolución? ¿Cómo te definirías? Perdón, la difundí sólo en mi blog, de ahí la reprodujeron entonces los medios masivos (aunque mi blog también lo sea, a su modo brutal): es el modus operandi de la web 2.0. No era mi interés entorpecer su trabajo a trasmano con ese acto tan personal, para nada conspirativo. Yo no era ningún enemigo de la Revolución (en este párrafo todavía no lo soy). No tenía militancia y nunca la voy a tener (sería un suicidio intelectual). ¿Por qué querrían ustedes, soldados, que me definiera yo?

La luz era tan mortecina (nada de grandes focos contra la cara del acusado: en Hollywood no hay Revolución Energética ni campañas de ahorro, pero en La Habana sí). Me dejaron a solas con Alina (su mirada era de vidrio, una chica entrenada para ser letal). Me dejaron a solas con Ariel (temí que me fuera a golpear, sobre todo cuando amenacé con largarme y saltó sobre mí a gritos). Me dejaron a solas en la oficina desprovista de policías (técnicamente, un aulita: arquitectura batistiana reminiscente de mi escuela primaria Nguyen van Troi). En definitiva, no era para nada un interrogatorio (sin ironías). Se trataba de una autorreflexión de Orlando Luis Pardo Lazo con Orlando Luis Pardo Lazo (al menos así lo asumí, como fallido intento de resistencia). Un mea culpa asistido por dos agentes catalizadores de nombres amables con A.

Muchas veces pensé, a lo largo y estrecho de las cinco horas sin descanso ni merienda ni pis (3pm - 8pm): no voy a poder retener ni una sílaba pronunciada aquí, basta con cerrar los ojos para borrar sus rostros y empezar de cero una vida normal, sin internet, tal como ha sido feliz hasta ahora estadísticamente el pueblo cubano. Muchas veces pensé: de aquí de cabeza para los calabozos. Pero Ariel me rectificó con su pregunta mafiosa de si yo no había traído condones por casualidad (no sería de cabeza mi castigo, sino de culo). Intencionado o no, ese fue su error. Cualquier posible diálogo, cualquier delirio de confrontación más o menos civilizada, cualquier ingenuidad o iniquidad de mi parte se hizo añicos en esa línea (susurrada como un slip of the tongue: seguro que Alina ni siquiera se ruborizó). Querían acusarme de ofender a un símbolo patrio por escrito y, paradójicamente, antes de imponerme los cargos, el instructor me intimidaba con violarme dentro de su propia ley. ¿Eres tú, Revolución, mi enemiga?

El celular de Ariel no lo dejaba en paz. Creo que con ese mismo tarequito amateur es que me estaba grabando a tramos (tampoco hay que exagerar con mi perfil sicológico). Me sacó datos curriculares de mi debacle política como bioquímico estatal justo una década atrás (información ya expirada, según el Código Laboral). A la par, las patrullas estuvieron rondando mi casa de Fonts #125 toda la tarde, como escualos o auras, según testimonio de mis seres queridos (excepto mi madre, que se coló dentro de la Estación con su coloquialismo guajiro de setenta y tantos años, y hasta sorprendió fumando en el segundo piso al apócrifo teniente-coronel). En una de esas rondas, me preguntó con candor sobre mi novia y mi infancia (y su tono me sacó de paso como si fuera la peor amenaza). A la par, los blogueros amigos se iban reuniendo afuera de aquella estéril edificación (cuando Yoani Sánchez anunció por su móvil que ella también se sumaría, la entrevista de súbito concluyó).

Antes, tuve que negarme a firmar un Acta de Advertencia Oficial que el propio Ariel apenas pudo apuntalar, con el Código Penal cubano abierto como una biblia de la barbarie (tenía subrayados los acápites de Peligrosidad: ¿así lee ramplonamente la Seguridad?). No existía el menor resquicio legal de que yo pudiera delinquir, aunque ya era probado mi primer delito, según ellos. Tenían impresas mis columnas del blog (un mamotreto impresionante, presionante, pre-presidiario). Tras un pugilato unilateral, Ariel desestimó entonces la pertinencia de mi firma en el documento: dos policías con porte de NBA lo hicieron por mí (salieron afuera para rubricar el Acta, jamás se me ofreció ni exigí yo copia del papel, es posible que todo haya sido un mal sueño).

Hasta que Ariel apareció de nuevo en los píxeles líquidos de mi laptop. Su camisita a cuadros (de cuadro). Su impavidez. Su estar siempre en otra parte que no es exactamente la vida, su desideologización pragmática, su cautela de escalera de poker y luego esa osadía con dos o doce movidas de ventaja, al estilo de un Gran Maestro de ajedrez (un as, una hoz). Custodiaba ahora acaso una primavera con otra vocal, en plena calle entre las Damas de Blanco (también el viernes 6 de noviembre de 2009 lo capturó un video en la Marcha por la No Violencia en 23 y G, El Vedado). Su graduación en marzo como en otoño, si es que el MININT aún usa por interno los grados, por sus modales y comandos en público podría ser infinitamente mayor. La mía sigue siendo una tabula rasa: carne columnista de cañón, otro incómodo casito cultural a la espera de su epitafio: exilio (intento hacerme español) o cárcel (lo intento lo más rápido que me lo permite la burocracia local).

En esa carrera contra el tiempo o la trampa, llevo casi tres años ejerciendo una libertad limítrofe, inverosímil (a menos que me hayan reclutado sin darme cuenta). Tal vez sea la hora de decir gracias por esa sobrevida tan creativa para mí. Léase como una humillación edípica o un tardío Síndrome de Estocolmo (esto es el colmo). Para Orlando Luis Pardo Lazo, se trata sólo de un lección a carnet descubierto de buen gusto y óptima educación.

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