Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:36 CET.
Opinión

Castigar con justicia

Por estos días ha trascendido en varias páginas web la solicitud por parte de la Plataforma Cuba Democracia ¡Ya! de que los gobiernos democráticos del mundo nieguen el visado de entrada a sus países a aquellos ciudadanos cubanos "con participación probada" en actos de repudio contra opositores pacíficos de la Isla.

El sitio web de la mencionada plataforma, en la que fue publicado el comunicado de referencia, fundamenta dicha solicitud en el incremento de la represión contra estos grupos, que se ha venido produciendo en las últimas semanas, con un también creciente uso de la violencia física por las fuerzas de la policía y las llamadas "brigadas de respuesta rápida". Igualmente manifiesta su preocupación por los males potenciales que se derivan de estos "actos de repudio" —que tienden a incentivar el odio entre cubanos—, y añaden los correspondientes enlaces a los sitios en los que existen bases de datos fotográficas junto a otras informaciones personales de los represores.

Una mirada inicial al comunicado despierta, sin dudas, el apoyo natural de cualquier individuo opuesto a la impunidad de las dictaduras y a la complicidad de los que se prestan a servirla de la manera más sórdida, atropellando violentamente a quienes tienen la dignidad y la valentía de reclamar sus derechos en una sociedad signada por más de cinco décadas de totalitarismo y de miedo. Es válido, y hasta imprescindible en estos tiempos, emprender campañas como ésta, que movilicen la opinión pública e involucren  a los gobiernos democráticos del mundo. Es una vergüenza para las sociedades civilizadas callar ante los atropellos de las satrapías que aún sobreviven en el planeta.

Sin embargo, acaso resulte también oportuno reflexionar acerca de otros elementos que se relacionan con los hechos. Habría que considerar otras opciones que permitieran ampliar la efectividad de la propuesta y no circunscribirla a golpear contra el eslabón más débil de la cadena del terror. De nada valdría tratar de aplastar a los peones si las testas coronadas se mantienen impunes. Porque si bien los paramilitares y delincuentes que sirven como instrumentos de tantos abusos constituyen las heces sociales, los detritus desechables de sus amos de verdeolivo, no debemos ignorar su condición de meros utensilios reemplazables, mientras los creadores del ciclo permanecen inaccesibles en sus torres. Sus acciones son despreciables, pero en esencia, no suelen ser precisamente las bestezuelas brutas quienes requieren de visados, sino sus superiores.

Un ejemplo sencillo de cómo la maldad sabe camuflarse, lo constituye la participación que han tenido algunos grupos de estudiantes universitarios en los mítines que se realizan frente a la casa de Laura Pollán, vocera de las Damas de Blanco. El sistema presiona a los jóvenes, principalmente a militantes de la UJC, con una asignación fija, por cuotas —un militante por cada aula—, para ir a ladrar su desvergüenza contra mujeres indefensas; pero la responsabilidad mayor debería recaer sobre los rectores, los decanos y profesores de esas facultades universitarias que permiten callados (o incluso estimulan) que sus alumnos participen en tan bochornosos actos. Y los profesores sí viajan. Algunos, incluso, viajan con frecuencia y hasta obtienen pingües ganancias de los cursos que imparten en universidades del extranjero. ¿No sería más efectivo hacer una campaña contra estos hipócritas aspirantes a visas que nunca ofrecen el rostro a los actos de repudio pero, en cambio, toleran convenientemente lo que ocurre?

Muchos venerables docentes, que incluso ocupan puestos de relevancia en la educación superior, miran hacia otro lado, olvidando las palabras de aquel maestro de excelencia, José de la Luz y Caballero, que sintetizó en un conocido aforismo lo que debería ser un educador: "un evangelio vivo". Un educador de estos tiempos debería fomentar el respeto a los derechos humanos, la solidaridad entre los hombres y la civilidad, no la barbarie de la violencia. Fundamentalmente deben recordar tal condición aquellos que se desempeñan en cátedras de humanidades.

Otros muchos funcionarios y directores de instituciones han respondido sin sonrojo al reclamo gubernamental de una cuota de represalia contra los que piensan diferente. Así, numerosos cubanos han sido separados de sus puestos de trabajo y condenados a perder el ejercicio de sus especialidades solo por manifestar ideas contrarias a la línea oficial, por no participar en marchas u otras actividades del ritual, por no plegarse a las arbitrariedades de la ideología en el poder o simplemente por no mostrar suficiente "intransigencia revolucionaria". Basta que el gobierno convoque a una purga, para que los funcionarios se lancen a cazar brujas. Esos flamantes personajes sin rostro, que se arrogan el derecho de mutilar el destino de tantos y tantos compatriotas, viajan frecuentemente. He aquí visados que sería bueno denegar.

No se trata de ignorar la responsabilidad de las bestias que ejecutan la violencia, que ofenden, que golpean y que vejan. Para ellos, el castigo mayor será en realidad el triunfo de la democracia en Cuba y el desprecio social. Pero, ¡cuidado! Es preciso acotar también los límites del odio. Una frase brillante de Gandhi decía "Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego". Vayamos entonces a las raíces del mal y no a sus efectos, porque si en algo este sistema ha demostrado eficacia ha sido en potenciar lo peor del ser humano, demostrando sobradamente una capacidad casi infinita para regenerar los odios. No es bueno imitarlo ni caer en la tentación de reproducir patrones que por principios rechazamos. Castigar con justicia constituye posiblemente uno de los desafíos más difíciles que corresponderá a los cubanos del futuro, es algo que debemos aprender a cultivar desde el presente. 

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