Martes, 12 de Diciembre de 2017
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Sociedad

Pitonisa habanera

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Viste como una gitana. Falda ancha y pañuelo de colores chillones. Mientras le tira las cartas a sus clientes, fuma un mocho de tabaco barato. Se llama Luisa y aunque dice tener 52 años, sus ojos tristes, dientes careados y rostro arrugado le dan la apariencia de una anciana que acaba de cumplir los cien.

Es una de las tantas adivinadoras que en La Habana se ganan la vida presagiando el futuro mediante barajas españolas o a través de las líneas de las manos a sus clientes.

En cinco minutos, con voz pausada, te dice qué va pasar con tu vida en la próxima década. Augura desgracias, viajes al extranjero, dinero o infidelidades conyugales.

A ratos, cuando el mazo de naipes envía un mensaje adverso, suelta un lagrimón. Luisa es una artista en su labor. Si un "muerto" le susurra al oído el futuro de quien en ese momento está consultando, cambia la voz como un ventrílocuo.

Esta habanera genuina nació una noche lluviosa de 1959 en el barrio pobre de Carraguao, en el municipio del Cerro. Antes de descubrir su habilidad para diagnosticar un cáncer o un golpe de suerte con sólo mirar los ojos a una persona, trabajó en una textilera de las afueras de La Habana.

Su existencia da para una novela ácida y realista. A lo Pedro Juan Gutiérrez. Fue obrera y miliciana. Y también prostituta. Siempre se buscó los pesos que le permitían alimentar a sus hijos.

En pleno período especial —esa crisis que ya cumplió 22 años dentro de la crisis permanente— su hija mayor, conociendo las capacidades de su madre para ver cosas, le propuso se tomara en serio la cartomancia y la quiromancia.

Ella se leyó diez o doces libros viejos sobre esos temas. A través de la ilegal antena por cable, observó la forma de actuar de Walter Mercado, el rey de los horóscopos y las predicciones astrales en el sur de Estados Unidos.

Una amiga santera le enseñó a tirar los caracoles y algunos trucos para sacarle información a la gente. Cuando se sintió preparada, comenzó a profetizar el destino a los transeúntes de diversas calles de la ciudad. En Cuba, donde el futuro es mañana y los planes más alejados se hacen para el fin de semana, personas como ella, capaz de avizorar el porvenir, siempre tendrán el éxito asegurado.

Hay días que trabaja diez horas. Después de escuchar los vaticinios, unos salen riendo, otros llorando. Pero Luisa siempre llega a su habitación en una derruida cuartería, con los bolsillos de su amplia saya repletos de billetes de 5 pesos, el precio que cobra por cada consulta callejera.

"A diario me busco entre 100 y 200 pesos (de 5 a 10 dólares). Regreso a la casa con un cansancio de siglos. Caigo en la cama como una piedra. Hay personas que les he pronosticado un viaje al extranjero, me han localizado y luego de regalarme dinero o ropa, me dicen: "Señora, usted no se equivocó, hoy vivo en tal país. Me están agradecidos", cuenta Luisa.

Desde febrero de 2011, tiene licencia como trabajadora por cuenta propia. Paga 65 pesos al mes por concepto de impuestos. Según ella, su fuerte es predecir la muerte.

"De cada diez casos que profetizo la muerte, nueve fallecen. A veces por piedad no digo mis predicciones. Hace dos meses, a un vecino le anuncié que moriría en dos semanas. Unos días después, vino a verme: 'Luisa, te equivocaste, sigo vivo'. Le miré a los ojos y supe que tenía las horas contadas, pero no se lo dije. La mañana siguiente murió de un infarto. Lo malo de una cartomántica es que no puede predecir su propio futuro".

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