Martes, 12 de Diciembre de 2017
01:53 CET.
Opinión

¿El último optimista antropológico?

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En febrero de este año, el exgobernador de Nuevo México, Bill Richardson, se mostraba plenamente ilusionado con una supuesta mejoría de las relaciones entre Washington y La Habana. Incluso solicitó al Departamento de Estado que sacara a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo y que revisara o eliminara los programas de promoción de la democracia.

Siete meses después, el político demócrata parece aterrizar en la más cruda realidad: entiende, en apenas una semana de trajines por el Malecón, que al régimen no le interesa normalizar las relaciones con Estados Unidos.

Su más reciente visita a La Habana no ha podido ser más inútil. A pesar de su habitual prudencia hacia el Gobierno, Richardson sucumbió esta vez a la tentación de los adjetivos, que es, probablemente, el peor desacierto de cualquier negociador.

Sin embargo, para ser justos, habrá que reconocer que el bloqueo del caso Gross no depende, en modo alguno, de un calificativo "difamatorio". La trampa que le tendieron al hábil mediador es sólo un madero más en el fuego de los Castro sobre las relaciones bilaterales.

La inminente excarcelación —bajo vigilancia— de uno de los cinco espías, el inicio de la precampaña electoral norteamericana y la previsible derrota de los socialistas en España, modelan un magnífico e irrenunciable escenario de confrontación para el castrismo. El mantenimiento del statu quo es el sueño dorado de cualquier dictadura.

Si a esto se suma la olla de presión interna, con una actividad opositora nunca antes vista, las derivaciones son obvias: ningún gesto que demuestre debilidad.

Poco a poco, los optimistas antropológicos que imaginaron algún tipo de solución negociada con el dúo más famoso de los últimos años, van despertando de su dulce pero irrealizable sueño.

Unos esperaron años para admitir su error de cálculo ("pensamos que algo se podía hacer"), cuando ya estaban fuera de sus responsabilidades políticas. Otros, como el presidente español y su nueva ministra de Exteriores, han puesto hielo al asunto del diálogo (de sordos) con La Habana, después del vendaval de errores del canciller anterior.

Bienvenidos todos al club de la desconfianza, al equipo de los que creen en el diálogo y la negociación, pero sin actitudes pueriles.

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