Martes, 12 de Diciembre de 2017
11:12 CET.
Opinión

El neocastrismo raulista

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Neo en latín significa nuevo. Si decimos neoliberalismo nos referimos a un nuevo liberalismo económico (aunque nadie sepa precisar cuál es la novedad) y no al clásico de la "mano invisible" del mercado, del que hablaba Adam Smith.

La misma lógica puede aplicársele al neocastrismo, que consiste en la "actualización" o maquillaje del castrismo fidelista (ahora raulismo) y venderlo como algo diferente, sin serlo.

Se trata de una estrategia de la gerontocracia gobernante para ganar tiempo con cantos de sirena y mantenerse en el poder hasta que el factor biológico haga lo suyo. Para después de los funerales de ambos dictadores, el plan sería transformar el socialismo de viejo cuño —el ancien régime tropical— en un capitalismo de Estado igualmente represivo y antidemocrático que perdure todo lo que pueda. Para liderar esa segunda etapa ya está muy dispuesta una claque empresarial y política integrada por los familiares, generales, coroneles y amigos más cercanos a los Castro.

¿Por qué creer entonces que el actual dictador, coautor junto a Fidel de la hecatombe cubana, tendría ninguna intención de restablecer las libertades, el respeto a los derechos humanos y la democracia?

Son preguntas que en la Isla se hace la gente de a pie, pero que no se formula casi nadie en otra parte, mucho menos en sitios con gobiernos de tendencia progresista. Tampoco surgen otras dos interrogantes elementales: ¿Son dictaduras únicamente las de derecha y no las que se ubican en la izquierda del espectro político-ideológico? ¿Acaso hay dictadores buenos y dictadores malos?

Últimamente se hacen llamados a la reconciliación entre los cubanos, los de dentro y los de fuera. Eso es clave. Somos un solo pueblo, una cultura, y todos juntos tendremos la titánica tarea de reconstruir nuestro destrozado país. Pero se pasa por alto un pequeño detalle: el conflicto que aflige a Cuba no es entre quienes viven en la Isla y quienes integran la diáspora —que con envíos por más de $1.200 millones a sus familiares mantienen a flote la economía  nacional— sino entre el pueblo y la cúpula de poder que sembró y siembra el odio, dividió y divide a las familias, se sustenta en esa división, y encima ha reducido la nación a un montón de escombros convertidos en cárcel gigante.

El menos interesado en una reconciliación nacional, y que la va impedir a cualquier costo, es el propio régimen. No podrá, por tanto, haber una auténtica y definitiva reunificación nacional mientras el castrismo —sea el fidelismo o el raulismo— ostente el poder.

Es por eso que la gerontocracia traza una línea divisoria entre a los que llama "emigrados económicos" y los "políticos", como si quienes han emigrado y emigran de Cuba por llevar una vida miserable no lo hicieran como consecuencia del régimen político ya cincuentenario que ha destruido la economía.

Por otra parte, el borrón y cuenta nueva necesario para trabajar todos juntos no puede incluir a los Castro, ni a quienes tengan las manos manchadas de sangre. No se puede mezclar a víctimas con victimarios.

Pinochet fue llevado a juicio y condenado a privación de libertad. Sadam Hussein fue juzgado y ahorcado. Varios de los cabecillas de la dictadura militar argentina (1976-1983) fueron enviados a la cárcel. Slovoban Milosevic fue llevado ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya y allí murió como prisionero. El jefe del Ejército de la antigua Yugoslavia, Momcilo Perisic, acaba de ser condenado a 27 años de cárcel —el 6 de septiembre— porque suministraba armas, ayuda y logística a las tropas serbias que cometieron crímenes de todo tipo en Bosnia y Croacia entre 1992 y 1995. Muamar el Gadafi es esperado en La Haya para ser juzgado por masacrar a su propio pueblo. Hosni Mubarak está siendo juzgado en El Cairo, y en cualquier momento se lanza una orden de captura también contra el dictador sirio Bashar Al Assad.

¿Por qué entonces deberán ser perdonados los dos dictadores de apellido Castro? Salvo esos jerarcas y esbirros del régimen —militares o civiles—que deberán ser llevados a los tribunales por delitos de sangre, con los hermanos Castro fuera del juego sí podría haber diálogo, sí se podría y se deberá conversar para allanar el camino hacia un gobierno de transición, que a su vez conduciría hacia la democracia y la reconstrucción del país.

A fin de cuentas, neocastrismo es que el generalato, los coroneles y los integrantes más encumbrados de la nomenklatura y sus cómplices foráneos que aportan las finanzas, se hayan convertido en propietarios de hecho de las únicas empresas rentables y los sectores claves del país.

Es igualmente neocastrismo el timbirichismo cuentapropista con el que se quiere "construir" en el siglo XXI el mismo tipo de economía de subsistencia que había en el mundo antes de la revolución industrial inglesa del siglo XVIII que hizo posible el paso de la sociedad agrícola y artesanal a la industrial.

La modernidad no emergió de la labor de reparadores de colchones viejos, payasos para fiestas, entrenadores de perros, forradores de botones, maniseros, cartománticas, vendedores de coquitos acaramelados, minirestaurantes, amoladores de tijeras, afinadores de piano, cuidadores de plazas públicas, costureras, choferes, masajistas o floreros —oficios todos muy respetables—, sino de la formación e inversión de capital en gran escala, la aplicación de nuevas tecnologías, el empleo masivo, y la elevación constante de la productividad del trabajo.

Neocastrismo es ordenar a paramilitares y militantes del partido propinar palizas y hostigar a mujeres disidentes.  Y lo es también anunciar la supresión de las trabas para que los residentes en la Isla viajen al extranjero y los emigrados visiten su país sin pedir permiso, y luego no hacer nada al respecto, ni mencionar siquiera la restitución de los derechos ciudadanos de que fueron despojados los cubanos que partieron a otras latitudes.

En fin, que el neocastrismo raulista es el mismo perro con diferente collar.

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