Martes, 12 de Diciembre de 2017
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Sociedad

Conversación con un excampesino

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"¿Dónde está la gente del campo hoy?", preguntó el teniente coronel Juan Peña, jefe de la Seguridad del Estado en el territorio norte de Las Tunas, otrora asiento de los centrales azucareros Chaparra, Delicias y Manatí, industrias que estaban entre las más productivas del país.

El central Delicias, que hizo su primera zafra en 1912 con una producción de 182.486 sacos de 325 libras, pero que en esta cosecha 2010-2011 solo produjo poco más de 60.000 toneladas, era el mayor productor de azúcar de caña del mundo.

"Pero si usted lo sabe mejor que yo, teniente coronel. La gente del campo de Cuba está apiñada en los barrios marginales de la ciudad", le dije.

"De la capital de la provincia, dirá usted", corrigió el oficial.

La oficina del teniente coronel es amplia, sobriamente amueblada, dotada con climatizador y un ordenador de escritorio.

"Yo leo todo lo que usted escribe. Usted es agresivo, poco objetivo y lo que más escribe es contra los principales dirigentes de la revolución. Yo soy de origen campesino; estoy leyendo lo que escribió del hurto y sacrificio de ganado", dijo Peña.

"¿Y que opinión tiene del reportaje?"

"No he terminado de leerlo, pero dondequiera que me lo encuentre a usted le diré lo que pienso: cuando usted dice 'dijo fulano' o 'mengano' es usted mismo, son sus opiniones las que aparecen en sus escritos y no las de alguien pidiendo anonimato".

"¡No me diga, teniente coronel! ¿Y qué cree que le sucedería a un sociólogo, o a un historiador, o a cualquiera de mis fuentes si revelo su identidad?"

"De mí puede escribir lo que quiera", dijo el oficial. "Denúncieme. ¿Qué importa una denuncia más?"

"No se trata de denunciar, teniente coronel, sino de narrar hechos con objetividad humanizando el relato, lo que no siempre es posible. Pero ya que usted está dispuesto a correr el riesgo, allá vamos".

Después de varios días de riguroso chequeo —esto es, una, dos o tres personas siguiendo a alguien descaradamente a todas partes, incluso apostándose en cada bocacalle cercana a su casa noche y día, dándole a entender que "da igual donde te metas, te estaremos vigilando"—, cumpliendo instrucciones del mando superior, el teniente coronel Peña mantenía detenido a este reportero en su oficina el pasado 30 de julio, para impedirle viajar a Santiago de Cuba a cubrir los funerales de monseñor Pedro Meurice.

"Porque usted sirve a un país extranjero, a una potencia extranjera", dijo el oficial, que hacía correr el tiempo en una conversación a ratos beligerante, a ratos amigable, en la que nunca reconoció el asunto de fondo, aunque al menos sí describió el de forma, el de por qué en un país agrícola como Cuba "estamos comiéndonos los mangos que sembraron nuestros abuelos", según dijera Raúl Castro el 26 de julio de 2009, en Holguín.

"Yo nací en el campo. Mi abuelo me llamaba antes del amanecer, cuando iba a ordeñar la vaca. Me daba un jarro con café y, ordeñando, lo desbordaba con leche espumosa. Después él cogía su azadón y a mí me daba un azadoncito y nos íbamos para el campo hasta el mediodía, cuando me bañaba, almorzaba e iba para la escuela. Así todos los días, hasta que fui para la secundaria y el preuniversitario, becado".

"¿En qué año nació usted, teniente coronel?"

"En 1966".

"¿En qué año ingresó en el Ministerio del Interior?"

"En 1990".

La historia del teniente coronel Peña es la de muchos cubanos nacidos a finales de los cincuenta o el primer lustro de los sesenta, cuando la familia rural, existiendo en su entorno, era la base y principal sostén no solo de la producción agrícola del país, sino lo fundamental en cualquier nación: la célula reproductora del capital humano rural, algo prácticamente insustituible si no se nace, crece y desarrolla en él como las plantas, con las raíces introducidas en la tierra.

Que en el campo cubano antes de 1959 existían desigualdades sociales y relaciones contractuales en concubinato con el feudalismo es una realidad incuestionable. Pero con toda y esa desigualdad propiciada por la avaricia es una verdad de Perogrullo que la propia avaricia, en su afán de monopolizar ganancias, prestaba al campo cubano, valga decir a la familia rural cubana, todo cuanto era capaz de conseguir de aquel sistema de monocultivo.

Germán Viera en Manzanillo, Andrés Olivera en Antillas y Pérez Téllez en San Manuel, Puerto Padre, fabricantes todos de transbordadores cañeros, contribuyeron no solo a humanizar la labor de acarreo y el izaje de la caña hacia los centrales azucareros, sino también a propagar la familia cubana en el entorno rural.

Por solo citar un ejemplo, hoy el teniente coronel Juan Peña, quien fue un niño campesino, supervisa para la Seguridad del Estado acaso 400 millas de ferrocarril, 40 máquinas locomotoras, 50 carros cisterna, 25 carros de pasajeros, 300 carros para carga o poco más de 2.000 carros para transportar caña… Todo ese equipamiento en 1942 estaba en poder de los centrales azucareros Chaparra y Delicias, expropiados a los capitalistas yanquis por la revolución para "beneficio del pueblo" en 1960.

Si en el campo cubano casi apenas existen ramales de ferrocarriles, cañaverales, transbordadores o grúas cañeras alrededor de los cuales los campesinos levantaban sus bohíos y los propietarios establecían sus comercios —en los que el hombre y la mujer rurales adquirían, si no todo lo que deseaban, sí lo que podían en una época en la que el bacalao y la carne de vaca no eran productos inaccesibles—, más por fuerza mayor que por ambición citadina es lógica la migración del hombre del campo a la ciudad, no importa si es a barrios marginales.

Con el tiempo, algunos se visten de uniforme, consiguen entorchados y hasta excelentes mansiones en la capital del país. Es un buen estímulo para que otros los sigan. En definitiva, ¿no hay más caciques que indios en esta tribu? Y sabido es que un cacique, aunque no cultiva bien, sabe dónde recolectar; más que para alimentarse, para continuar siendo cacique.

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