Martes, 12 de Diciembre de 2017
20:40 CET.
Opinión

CIA y disidencia: lecciones de Girón

El Archivo de Seguridad Nacional (Universidad George Washington) conmemoró el aniversario 50 del fiasco de Bahía de Cochinos o victoria de Girón con demanda judicial contra la CIA para que desclasificara por completo su historia oficial del episodio. Así lo hizo, pero los archiveros se quejan de que aún retiene la réplica del tándem Richard Bissell-Tracy Barnes al informe del inspector general de la CIA Lyman Kirkpatrick.

Sin embargo, la polémica entre Kirkpatrick y el director de planes (1959-62) de la CIA, Richard Bissell, puede rastrearse por entre sus papeles respectivos en la Universidad de Princeton y la Biblioteca Presidencial Eisenhower, así como en los trabajos de historiadores como Michael Warner y Piero Gleijeses. El quid parece radicar más bien en que las lecciones de aquella historia no se escuchan bien por el bando anticastrista en medio del ruido contemporáneo dentro y fuera de la Isla.

Lo primero es que si las cosas salen mal se analizan y se responde por ellas. Nada más sobrevenir el fiasco, el presidente Kennedy encargó al general Maxwell Taylor presidir un comité gubernamental de investigación y el director de la CIA, Allen Dulles, ordenó a Kirkpatrick hacer auditoría interna, pero de todos modos JFK aceptó las renuncias de Dulles y Bissell. Por el contrario, la tesitura usual hasta hoy consiste en que, luego de fallar un proyecto contra Castro, los responsables pasan a elaborar otro parecido.

La idea seminal de Bissell estribaba en que el descontento popular contra Castro se podía galvanizar en activa resistencia por sacudida desde fuera. Una expedición de exiliados —entrenados por la CIA— ocuparía determinada área, adonde arribarían otros exiliados (líderes políticos) para ofrecer al pueblo de Cuba la alternativa democrática frente a la dictadura castrista. La superioridad aérea y la cabeza de playa consolidada demostrarían la impotencia de Castro. A las pocas semanas, el pueblo y aun los militares cubanos se revirarían contra Castro para tumbarlo. Todo este silogismo era wishful thinking.

La disidencia dentro de la Isla sigue el mismo estilo de pensamiento: presupone que la ayuda de fuera tiene aún vela en el entierro del castrismo y que el pueblo dentro terminará virándose contra Castro. Aquí yace la doble premisa filosófica de que la transición a la democracia en Cuba es inevitable y el tiempo está a su favor. Desengañémonos: esto es ya sólo mera noción marxista de la historia retorcida contra el castrismo.

El inspector

Kirkpatrick guardó distancia frente al entuerto político para concentrarse en el desempeño de la CIA. Saltaron a la vista los rejuegos con la información —incluso de inteligencia— sobre la fuerza política y militar de Castro. La clave invasora original era apoyar al movimiento guerrillero anticastrista. Luego se consideró que la invasión propiciaría el alzamiento popular dentro de la Isla. Así se rellenó con ilusión el vacío dejado por la "primera limpia" del Escambray, que ya Castro había dado (marzo 7, 1961) por terminada.

Se abordó también un problema sempiterno de las disidencias anticastristas: la ayuda de los EE UU no llegaba o contemplaba partidas inocuas. Aquella partida de chocolates Godiva, abrigos de casimir y Nintendos no es más que la continuación por otros medios de los envíos por avión de arroz, frijoles y manteca al Escambray bajo la supervisión del general Charles Cabell. Ni qué decir de los envíos de armas que caían en zonas controladas por los milicianos de Castro.

Kirkpatrick concluyó que, ante la encrucijada de abandonar la operación o jugársela entre la afrenta pública de la derrota y la dudosa victoria, la CIA escogió jugársela y acomodó sus planes a las restricciones impuestas por la Casa Blanca. Lo mismo sucede hoy con la disidencia interna, que ya sólo da vueltas en el círculo vicioso definido por Martha Beatriz Roque: "Si la calle es la salida, ahí está resuelta a ir una parte importante de la disidencia, pero ¿cómo lo logra, si apenas tiene recursos para mantenerse?". Jugándosela a la nada.

El director de planes

Bissell tenía dos subdirectores: Barnes y Richard Helms. El primero se encargó de montar la réplica a Kirkpatrick sobre la base de que la invasión no estaba condenada de antemano al fracaso. La cabeza de playa no pudo mantenerse porque la brigada invasora perdió sus pertrechos al ser hundido el buque Río Escondido por la aviación de Castro, la cual se había planeado destruir, pero no se pudo por la decisión del presidente JFK de cancelar a última hora otras incursiones aéreas. De este modo la culpa se desplaza a JFK, como suele plantearse en el exilio.

Sin embargo, JFK mantuvo la misma tesitura política que Eisenhower había dejado sentada al aprobar (marzo 17, 1960) el Programa de Acción Encubierta Contra el Régimen de Castro: "our hand should not show in anything that is done". La investigación gubernamental presidida por el general Taylor arrojó que ni siquiera con superioridad aérea la brigada invasora hubiera podido sostener la cabeza de playa por mucho más de 72 horas.

Barnes admitió que la CIA había subestimado la fuerza del castrismo, algo que aún cunde entre sus opositores y tiene expresiones mediáticas tan disparatadas como afirmar que un huelguista de hambre acorrala al gobierno y tildar a este último hasta de temeroso. Lo que no llegó a reconocer Barnes fue la falsa analogía que estableció la CIA con su operación exitosa en Guatemala (1954). Aquí la cosa empezó igual: invasión de exiliados entrenados por la CIA, pero terminó con golpe de Estado de coroneles guatemaltecos, azuzados por el embajador estadounidense John Peurifoy contra Jacobo Arbenz. Al sobrevenir la invasión a Bahía de Cochinos, en Cuba no había ya embajada americana ni otra gente encargada del "divide y vencerás" entre los militares de Castro, quien por el contrario ha sacado mucho partido a este método probado con la infiltración de chivatos y la ejecución de medidas activas contra la disidencia.

Ayer y hoy

La operación CIA en Guatemala incluyó un programa de persuasión de los mandos militares para deponer a Arbenz. Nada de eso hubo en la Operación Zapata (Bahía de Cochinos) ni hay ahora por ninguna parte. Alguien urdió en aquel entonces que había descontento en la tropa por el encarcelamiento del comandante Hubert Matos, y la misma canción se entonó tras el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, pero ningún indicio apunta a rebelión anticastrista de las fuerzas armadas en Cuba.

Ni qué decir de Miró Cardona y demás "líderes políticos" que propondrían la alternativa democrática al pueblo de Cuba. Ninguno tenía base política propia y tenían grandes diferencias entre sí, tal y como sucede hoy con los líderes de la disidencia.

Bissell tuvo que mandar a Miami (marzo 18, 1961) al último jefe de estación CIA en La Habana, "Jim Noble", para hacerles saber que si no acaban de arreglarse entre sí "you just forget the whole fuckin business, because we’re through". Así se formó el Consejo Revolucionano Cubano, que enseguida largó su primer manifiesto. Barnes pasó el documento a Arthur Schlesinger, quien no pudo menos que juzgarlo "estéril en pensamiento", como es hoy El camino del pueblo trazado con regla de "cambios en las leyes" (por generación espontánea) y compás de "comisión nacional" (que incluye a "miembros del gobierno") para desmontar el monopolio de los medios de comunicación.

Oswaldo Payá pidió al gobierno que publicara El camino del pueblo. Desde luego que ni prestaron atención a esta petición. Si el gobierno ni siquiera concede difundirlo, jamás se engolfará en los cambios de leyes propuestos. El camino del pueblo se cierra sobre sí mismo como oxímoron: cadáver político nasciturus. Tal y como, mutatis mutandi, la Operación Zapata.

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