Jueves, 14 de Diciembre de 2017
20:02 CET.
Opinión

Sobre la teoría de la salvación del socialismo

Los últimos cinco años en Cuba han sido fecundos en la elaboración teórica de soluciones a los profundos problemas del país, principalmente los relacionados con los males de la economía y con otras virulencias endémicas como la burocracia, la corrupción, y un elástico e interminable etcétera.

Generalmente, estas atrofias sociales  suelen abordarse por los analistas afines al gobierno como si se tratase de trastornos provisionales o de reciente adquisición debido a una fatalidad no imputable a la política interna del país —el llamado "Período Especial", por ejemplo, está resultando casi tan socorrido como el "bloqueo"— o como si fuesen deficiencias de una naturaleza tan sutil e invisible que hubiesen pasado inadvertidas durante décadas, incluso para los avezados ojos de nuestros muy experimentados líderes del gobierno.

Los teóricos que intentan redescubrir un tipo de socialismo a la cubana que "ahora sí" sería viable, no son precisamente miembros de la nomenklatura —mucho más reacios a los cambios— sino individuos y grupos de ciertos sectores reformistas, que quizás apuestan sinceramente por mejorar la realidad cubana a partir de la introducción de "transformaciones en el modelo". En un ejercicio de buena fe, me inclino a creer que se trata mayoritariamente de propuestas bienintencionadas, aunque confío en que tanto ellos como esta escribidora sabemos que las buenas intenciones, si bien condición necesaria, nunca serán suficientes para revertir el grave descalabro nacional.

Entre los más activos teóricos de las reformas se encuentra Pedro Campos, animador de una corriente denominada Socialismo Participativo y Democrático, quien ha venido presentando algunos proyectos de empresas cooperativas socialistas administradas por los trabajadores, entre otras propuestas. Su letra se inserta en lo que pudiera llamarse una tendencia crítica del oficialismo, lo que considero importante subrayar, habida cuenta de que su posición con respecto al gobierno no representa exactamente un antagonismo entre pensamientos diferentes, sino de posiciones diferentes para sustentar un mismo pensamiento, que se resume esencialmente en dos palabras: revolución y socialismo. Sin embargo, creo oportuno reconocer que dentro de la "disidencia revolucionaria", Campos finalmente comienza a reconocer, al menos de jure, la legitimidad de los derechos de los substancialmente diferentes, es decir, de los disidentes no revolucionarios y no marxistas.

"Democracia, para controlar la burocracia", una entrega de Pedro Campos publicada en el espacio digital Kaos en la Red, es un trabajo demasiado extenso para reseñarlo en su totalidad, no obstante, por contener criterios que dimanan desde una posición ideológica que no comparto, creo conveniente detenerme en algunas consideraciones puntuales que pudieran propiciar un debate entre adversarios que se respetan y reconocen mutuamente sus derechos a la opinión y a la discrepancia, aunque lamentablemente, nunca haya tenido la ocasión de discutir frente a frente con el autor sobre nuestros respectivos puntos de vista.

No obstante, ésta podría ser una forma de indagación que me permita un acercamiento al pensamiento y estrategias de transformaciones con los que "mis diferentes" imaginan su proyecto de una Cuba futura, y atisbar en qué medida tal proyecto permite incentivar un posible intercambio que, eventualmente, contribuya en alguna mínima medida a fortalecer las imprescindibles bases cívicas de ese futuro.

Por principio, recelo de los textos que se inician con un encabezado martiano; sobre todo, como es el caso, cuando se trata de defender el socialismo contra la burocracia, utilizando para ello una frase extraída de un discurso en el cual el Apóstol precisamente renegaba del socialismo definiéndolo como un sistema en el cual el hombre pasaría "de ser esclavo de los capitalistas, (…) a ser esclavo de los funcionarios".

Tales triquiñuelas, además de tergiversar el pensamiento martiano,  acaban resultando pueriles a fuerza de gastadas. Por otra parte, las también frecuentes referencias a "lo que dijo Fidel", o "lo que dice Raúl", como fuentes de legitimación suprema, resultan un vicio muy extendido entre los que analizan la realidad cubana desde la perspectiva "revolucionaria" y sugiere una mal disimulada intención de evadir las consecuencias que suelen sufrir por estos lados los críticos de cualquier denominación. Dicha práctica, además, tiende a disminuir el valor potencial de los argumentos. Una propuesta no debería validarse según su apego al discurso de un caudillo. No obstante, es justo admitir que, en el artículo de referencia, Pedro Campos va ganando en osadía a medida que se adentra en el análisis, hasta llegar a declaraciones francamente valientes para el contexto cubano.

Inmovilismo y responsabilidades

Según Campos, "Desde su llegada a la Presidencia, el ahora también Primer Secretario del PCC, trata de sacar el país del inmovilismo y acertadamente ha hablado de eliminar secretismos y regulaciones absurdas, de dar participación a los trabajadores, espacio a las diferencias y a las contradicciones, de descentralización, de unidad de la nación, de hacer una prensa crítica, y no se cansa de decir que hay que cambiar la mentalidad, los métodos, los estilos y las estructuras".

Tal afirmación sería relativamente cierta si en la práctica fuera posible constatar la realización de dichas intenciones. Sin embargo, desde la célebre Proclama de Fidel Castro, del 31 de julio de 2006, que le permitió seguir "gobernando" el país simbólicamente y en efigie durante otros dos años, antes de pasar formalmente el poder al actual General-Presidente, han trascurrido cinco años completos, sin que se aprecien cambios sustanciales en cuanto al "inmovilismo", el "secretismo" y la larga lista de "regulaciones absurdas" que critica Campos.

En cambio, Campos señala otras cuestiones de particular importancia cuando ataca no solo la persistencia de engorrosas prohibiciones y la lentitud de los procesos de implementación de las medidas que deberían impulsar las llamadas "formas no estatales de propiedad" —eufemismo que evita la herética frase "propiedad privada"—, sino también lo injustificable de que no se deroguen las regulaciones y trabas legales que obstaculizan el progreso de los cambios propuestos durante el VI Congreso del PCC, fundamentalmente en lo relativo a la vivienda, los alimentos y el transporte.

"La urgencia de la crisis a la que ha hecho referencia Raúl, demandaría reuniones inmediatas y permanentes del parlamento cubano, la instancia legal para cambiar todo lo que deba ser cambiado; pero a nadie se le ocurre", se queja Campos. Y ello es tan cierto, añado yo, que ni siquiera se le ocurre al mismísimo General de las Reformas.

El doble rasero de la "economía estado-centrista" es duramente fustigado por Campos en algunas afirmaciones en las que denuncia la validez de la aplicación de las leyes de mercado de la economía en divisas solo para el Estado, mientras se vulnera y asfixia la economía de moneda nacional; la acelerada supresión de gratuidades, eliminación de subsidios y rebajas de presupuestos en contraste con la persistencia de bajos sueldos; la prensa única y oficial —que declara "continúa plenamente controlada por el aparato ideológico"— reflejando los problemas de la economía estatal, pero manteniendo las propuestas en los viejos esquemas que excluyen la participación de los trabajadores; no se concretan los avances en el proceso de descentralización, sino que se mantiene el monopolio del mercado, los recursos, las empresas y las decisiones políticas; y señala que "el sector militar acapara las empresas más productivas en divisa, el mercado interno de divisas y los proyectos principales compartidos con el capital extranjero". Incluso, Campos menciona esa otra dependencia que nos lastra en la actualidad: la del petróleo de Venezuela.

Pero sus cuestionamientos no se circunscriben a la esfera de la economía, sino que se extienden a los campos minados de lo político y hasta denuncia ciertos puntos oscuros y neurálgicos, como la represión interna y el tema de las relaciones con EEUU. He aquí que plantea que "la Seguridad del Estado no debería inmiscuirse en cuestiones políticas o ideológicas", y añade que se continúa "hostigando, por diferentes vías a la disidencia, (…) y a quienes, por cualquier razón, difieren de las políticas gubernamentales o están en desacuerdo con las figuras que el Consejo de Estado determinó que encabezaran la dirección del país".

En su relación de males incluye el acoso a negros y mestizos a través del principio de "asedio al turismo", refiere que "los lebreles del neo-estalinismo pueden acusar de agentes del imperialismo o contrarrevolucionario a cualquier ciudadano que intercambie criterios con un diplomático norteamericano o con un disidente político respectivamente. Y quien se atreva a recibir un centavo de ayuda de alguna entidad internacional sospechosa de tener algún vínculo con el gobierno norteamericano, puede ser acusado de 'traidor y agente de la CIA' y puede ser sentenciado a varios años de cárcel".

Igualmente, hace referencia a los ataques dirigidos desde la televisión a "los blogueros independientes, religiosos laicos que critican aspectos no democráticos del sistema político o cualquiera que visite la embajada de EE UU", calificando dichos programas como "verdadera fábrica de adversarios".

Las regulaciones migratorias vigentes son otra diana sobre la que Campos dispara sus dardos, destacando que "más parecen un lucrativo negocio para la burocracia y una especie de castigo o multa a los cubanos que desean viajar por interés personal, que mecanismos para facilitar la vida a los ciudadanos".

Pero acaso lo más extraordinario no estriba en que las críticas de Pedro Campos coinciden al calco con las denuncias que han venido haciendo durante años individuos y sectores de la oposición y del periodismo independiente, pagando por ello un alto precio. Campos, además, ofrece una revelación insospechada en un socialista: "el problema de fondo es sistémico". Y más aún: "Se ha reconocido que el viejo modelo no funciona, pero en lugar de cambiar todo lo que debe ser cambiado, el gobierno/partido trata de 'actualizarlo', lo que equivale a mantener intactas sus bases de sustentación: el estatalismo burocrático, la concentración en el Estado de la propiedad y las decisiones, trabajo asalariado, y demás esquemas del neo estalinismo sobre el control de las libertades individuales y la democracia". Sin dudas, una encomiable temeridad.

Sin embargo, Campos no puede evitar sucumbir a la manida contradicción de condenar al modelo, al sistema y al partido/gobierno, y en el mismo paquete tratar de diluir la responsabilidad de la cúpula en una culpa colectiva, como si los decisores del país y el resto de los cubanos estuviésemos al mismo nivel.

Ciertamente, el saldo por la debacle de una nación no puede recaer solo sobre un pequeño grupo de individuos, hoy apenas un puñado de achacosos ancianos que aun así controlan el destino de 11 millones de almas. Pero si la responsabilidad va a ser cooperada, habrá que compartir igualmente la participación en las enmiendas y en las decisiones, esta vez dándonos ventajas a los que hemos sido mantenidos por más de medio siglo al margen a la hora de tomarlas. Porque lo que no debe olvidar Campos es que el 70% de la población cubana actual nació después de 1959, huérfana de democracia, y no participó directamente en la construcción de este Frankestein.

Para Campos los hermanos Castro son los "máximos responsables", pero los revuelve con otros reos, creando un caldo en el que caen igualmente "todos los cubanos con alguna cultura política" (solo una ínfima cifra de la población cubana podría realmente aparecer incluida en esa categoría), "los que prefirieron irse del país antes que buscarse algún problema", "los que escogieron los métodos violentos equivocados para enfrentar los déficit democráticos" (omite piadosamente que los líderes históricos de la revolución llegaron al poder y secuestraron la nación precisamente haciendo uso de esos métodos desde julio de 1953 hasta el presente). Y en una caprichosa parábola, Campos hace aterrizar la mayor de las culpas sobre… "el imperialismo norteamericano que impuso y mantiene el bloqueo".

Así, como en las malas películas, en las que el villano que dimos por muerto aferra en un postrer momento el tobillo de la heroína que intenta escapar, aparece la pezuña imperialista una vez más para erigirse en el súmmum del mal. Sin negar la torpeza de las políticas de sucesivas administraciones estadounidenses, infinidad de veces me he preguntado qué hubiese sido de la revolución de los Castro sin ese recurso inagotable: el imperialismo yanqui.

En fin, que el artículo de Campos, pese a sus valores, mantiene el espíritu de una catarsis donde el autor parece tratar de liberarse de los demonios de sus propios temores. Es bueno que lo haga, a fin de cuentas, porque siempre es un primer paso que requiere de una gran dosis de coraje. Sugiero asumir su ánimo inclusivo como otro paso positivo en lo que un colega y amigo acuñara como la indispensable "despenalización de las discrepancias".

Por lo que a mí atañe, agradezco a Pedro Campos la gentileza de reconocer públicamente el derecho de quienes piensan diferente a él y, también por mi parte, le ofrezco mi consideración y respeto junto a la total disposición a mantener el debate.

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