Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Transporte

Ferrocarriles de Cuba quiere echar a andar

Nada es peor en Cuba que viajar en tren. Se trata de una experiencia masoquista. Adrián, un albañil de 35 años, lo sabe bien. Después de 10 horas en la Terminal Central, vagabundeando y dormitando en una silla plástica, pudo abordar un tren con destino a Camagüey, a casi 600 kilómetros de la capital.

Fue un periplo repleto de sucesos. "El viaje duró 15 horas, sentado en asientos incómodos, sin aire acondicionado, con baños hediondos, pésima gastronomía y un ojo siempre avizor, pues en las estaciones intermedias legiones de ladrones andan a la caza de maletines".

Cuando el 19 de noviembre de 1837 se realizó un viaje La Habana-Bejucal, localidades ubicadas a unos 30 kilómetros la una de la otra, Cuba se convirtió en la sexta nación del mundo en tener ferrocarril. Pero después de 1959, la historia del ferrocarril cubano cuenta con más penas que glorias.

Es verdad que hubo una etapa, en los años 80, en que Fidel Castro abrió la billetera y compró decenas de vagones modernos y bien equipados en Argentina. Por esa fecha, locomotoras estadounidenses con 50 años de explotación o máquinas rusas, potentes y altamente consumidoras de diesel, empujaban filas de coches por una vía central diseñada para velocidades de 100 kilómetros por hora. Si bien nunca de manera eficaz, los ferrocarriles trasladaban caña a los centrales y movían mercancía por todo el país.

El caos llegó con esa guerra silenciosa acuñada oficialmente como "período especial en tiempo de paz". Los vagones argentinos enmohecieron y las vías, a falta de mantenimiento, se fueron deteriorando hasta quedar inservibles en un 90%.

Entonces viajar en tren se hizo una aventura peligrosa. El robo de traviesas y carriles para construir cercados ha sido constante. Vías enteras han quedado desmanteladas. "Hay tramos en los que debemos ir a 20 kilómetros por hora, causando accidentes, un gasto excesivo de combustible y pérdida de tiempo", comenta Daniel, conductor de locomotora.

Vacas, toros y caballos que pastan en las inmediaciones de las vías provocaron (y provocan) sonados accidentes, con pérdidas humanas y materiales.

Pero otra vez, desde 2005, el régimen pretende que los ferrocarriles cubanos echen a rodar. Se han comprado 100 locomotoras nuevas a China, y algunas de segunda mano a Canadá. También, a falta de dinero, se han adquirido en liquidación coches de uso a Rusia y Francia.

Según expertos de transporte locales, en medio de una crisis mundial en la que el precio del petróleo bate récords, la utilización de los trenes será primordial para catapultar la economía. Y Raúl Castro está apostando por la utilización a mayor escala del ferrocarril. En las nuevas instalaciones del puerto del Mariel, al oeste de La Habana, se han modernizado vías y patios. Pedro Luis Ortega, director de transporte ferroviario, ha declarado a medios nacionales que para lograr un tránsito seguro y rápido, las nuevas inversiones superarán los 600 millones de dólares. Solo en sustitución de vías férreas, el monto de dinero alcanza los 140 millones. La meta es que en 2012 los trenes muevan el 52% de toda la carga de mercancías.

Por otra parte, en la transportación de pasajeros se ha hecho poco: darle una mano de pintura a los viejos vagones e instalarles nuevos asientos. Sólo la ruta Habana-Santiago tiene coches climatizados. La puntualidad y servicio gastronómico dentro de los vagones también son asignaturas pendientes.

O sea, que viajar en tren por la Isla sigue sin ser recomendable. Si no lo creen, pregúntenle a Otto, turista suizo, y les contará los disgustos y contratiempos sufridos en un viaje de 20 horas de La Habana a Holguín. A la ciudad de los parques llegó sin valijas, sucio y de mal humor. De un golpe, Otto aprendió la lección. Cuba no es Suiza.

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