Viernes, 15 de Diciembre de 2017
16:39 CET.
Opinión

Cintio Vitier y el programa nacional de vacunación martiana

El 9 de septiembre de 1994, teniendo como trasfondo la llamada "crisis de los balseros", Cintio Vitier leyó su conferencia Martí en la hora actual de Cuba en el Centro de Estudios Martianos. Su charla ilustraba perfectamente el potencial de la escritura de Martí para articular y promover políticas de Estado de clara factura fascista. Según expresó Vitier, la realización de las metas éticas y del programa político de la revolución cubana estaría en peligro si no se aseguraba que la palabra de Martí llegara a todos. Esto daba pie a la delirante propuesta de una alfabetización martiana. A ese efecto, Vitier propuso un canon martiano con el que adoctrinar a los jóvenes cubanos desde sus primeros años. 

"Los que se van, asumiendo mortales riesgos", expresó, "son cubanos a quienes la palabra de Martí no ha llegado". Es decir, que los que se marchaban del país (esos "hombres y mujeres de carne y hueso que nos rodean" y cuyos "problemas concretos", como él mismo dijo, "arrecian"), no elegían el camino del exilio en virtud de esos problemas concretos, sino por no haber leído, o escuchado, a Martí.

Que se tratara más bien de lo contrario, es decir, que esas mismas personas hubiesen estado expuestas excesivamente a la palabra de Martí, mientras sus necesidades concretas eran desatendidas , era algo, desde luego, que resultaba inconcebible al conferencista. Pero a Vitier no le preocupaban solo los "delincuentes", los "irresponsables" y los "antisociales" que se lanzaban al mar, sino también las "crecientes zonas de descreimientos y desencanto en los jóvenes tanto iletrados como pertenecientes a minorías intelectuales".;

En esa denuncia del descreimiento se superponen la mojigatería católica con la política. Con la Iglesia hemos dado, Sancho. Vitier no pide que se les expulse, sino que se les reeduque. Los reclama, y para salvarlos, propone inocularles a Martí. "¿No es Martí suficiente vacuna contra esos venenos ambientales? ¿No es Martí capaz de hacer de cada cubano, por humilde e iletrado que sea, un patriota? ¿No es capaz de inspirarle resguardo ético, amor profundo a su país, resistencia frente a la adversidad y la vida?", preguntaba.

Así, pues, lo que le sugería al Estado era ni más ni menos que "renovar y completar la campaña de alfabetización", pero en Martí: "la campaña de alfabetización martiana". Vitier ponía a disposición de la ortopedia "revolucionaria" la escritura de Martí, en un gesto evangelizador reminiscente de la Conquista. Había que salvarles el alma a los indios, hacerlos creer, enseñarles los evangelios. La campaña de alfabetización martiana, nos dice Vitier, es "de espiritualidad y de conciencia". Y, por supuesto, este llamado al adoctrinamiento encuentra en Martí (era de esperarse) la cita correspondiente: "En suma", Vitier cita al Martí de 1884, "se necesita abrir una campaña de ternura y de ciencia, y crear para ella un cuerpo, que no existe, de maestros misioneros".

Algunos estudiosos de Martí se sentirían tentados a considerar la propuesta de Vitier como una manipulación. Según esta lectura, Martí es manipulado aquí o allí, con estos o aquellos fines. Lo utilizan a conveniencia.  Si no lo malinterpretaran, todo estaría bien.  Y no vamos a poner en duda esas manipulaciones. Sin embargo, si nos quedamos aquí perdemos de vista lo fundamental: que a Martí lo manipulan porque él mismo está implicado en esos manejos. Véase si no la cita que agarra Vitier. Una vez que al maestro se le añade el adjetivo de misionero, la ambigüedad (que ya estaba presente en el primer término) se fortalece. ¿Cómo descartar, ignorar, la impronta colonialista del trabajo misionero? La cita autoriza, pues, la campaña de alfabetización (evangelización) martiana predicada por Vitier.

En este contexto, la ternura de la campaña propuesta por Martí encubre la violencia de la conversión misionera, de la misma manera que el "contenido espiritual" de la que propone Vitier busca, a su vez, velar la violencia ideológica. La cita de Martí, más que manipulada, ha sido aprovechada: es decir, se le ha identificado y extraído la almendra carcelaria que ya tenía en su interior.

La propuesta de Martí de "abrir una campaña de ternura y de ciencia", y de "crear para ella un cuerpo, un cuerpo que no existe, de maestros misioneros", se inscribe en la continuidad de lo carcelario que Foucault señalara en Vigilar y castigar como el rasgo definidor del sistema penal moderno. Se trata de la continuidad "de las propias instituciones que remiten las unas a las otras (de la asistencia al orfanato, a la casa de corrección, a la penitenciaría, a la prisión; de la escuela a la sociedad de patronato, al obrador, al refugio, al convento penitenciario; de la ciudad obrera al hospital, a la prisión)".

Lo que es todavía más importante, Martí está hablando desde un vacío institucional y proyectando la institución disciplinaria. La combinación maestro misionero muestra, en efecto, sugiere un continuum control entre la figura pedagógica y la eclesiástica, ambas al servicio de esa doble técnica disciplinaria que, nos dice Foucault, se ejerce sobre los cuerpos: "un 'alma' que conocer y una sujeción que mantener".

Y si queda todavía alguna duda, regresemos a Martí: "No hay vueltas que darle. Hay que poner hospital de almas como se pone hospital de cuerpos. Y que se cure la enfermedad con la mayor ternura de este modo, no quiere decir que no se le ponga nombre a la enfermedad. Descubrirla, y curarla. El q. lastima a la patria cdo. la  patria se levanta, infame. El que va rimando iras, cuando los demás olvidan el odio y se deciden a amar, infame. Y a todos los infames juntos, pa. q. se les conozca y un letrero: Esos, y luego, por supuesto, se les da la medicina, y se les admite en la Tabla Redonda, como admitió a el rey Arthur".

Y agrega Martí: "No traigo voz de indecorosa súplica —he visto el ángel de fuego" (Obras Completas, 21, 371).

Este fragmento, con que concluye una carta a un destinatario desconocido, pertenece a los Cuadernos de Apuntes, y Foucault no habría dudado en incluirlo y comentarlo en Vigilar y Castigar. He ahí al Apóstol, médico de almas y de cuerpos; todo el instrumental ético y patriótico al servicio de un fascismo tan feroz como repulsivo. El lenguaje mismo adquiere el confinamiento de la prisión, se convierte en sentencia infamante, en sentencia de destierro, en torniquete inquisitorial.

El andamiaje de la prisión empieza con la creación del cuerpo de maestros misioneros —la palabra cuerpo misma, en su ambigüedad, sugiere el regimiento— y propaga a través de las instituciones disciplinarias claves: la escuela, la iglesia y el hospital. Foucault tiene razón; de lo que se trata es de encausar el alma, de crear cuerpos dóciles. El maestro misionero muestra sus instrumentos. "No traigo voz de indecorosa súplica", advierte amenazante, mientras "con la mayor ternura" aprieta los flejes, engrasa las poleas, aplica la cura.

"Nuestra educación revolucionaria", comentó Vitier en su conferencia de 1994, "no ha sido bastante efectiva 'para el bien de todos'", entendiendo por esto el fallo en martianizar (o más bien martirizar) la Isla. "Hagamos el experimento", propuso entonces, "de una formación martiana que vaya desde el Círculo Infantil hasta las especialidades universitarias, y que sólo termine con la vida" (énfasis mío).

No puedo imaginar un programa más eficaz para estimular la fuga en masa: toda la Isla convertida en una gigantesca fragua martiana. Cada quien con el anillo de hierro CUBA, y sometido a una ortopedia educativa que Vitier imagina comenzando en el círculo infantil y el pre-escolar, y que continúa en la secundaria básica, y se prolonga hasta el preuniversitario o el politécnico.

¿Y cuáles serían los materiales de lectura de la campaña de alfabetización martiana?: "los cuentos de La Edad de Oro", "algunos poemas de Ismaelillo y de los Versos Sencillos", Céspedes y Agramonte, Rafael María de Mendive, Mi raza, El General Gómez, Antonio Maceo, Mariana Maceo [no Mariana Grajales], el prólogo a Los poetas de la guerra, El teniente Crespo, Conversación con un hombre de la guerra, las cartas a María Mantilla, El Presidio Político en Cuba [para que el joven aprenda e interiorice que sufrir es gozar], etc.

Se trata de, mediante una hábil maniobra pedagógica, reemplazar al escritor, al poeta (o al que Marinello más acertadamente llamó grafómano) por esos brevísimos instantes que duró Martí sobre el caballo, quizá en un vano intento de que esa pose, siendo la última, corrigiera las fugas de la letra. No podemos tranquilizarnos, insisto, con la idea de que Vitier manipula a Martí — aunque ese sea el caso. Más importante es reconocer que Martí se presta de maravillas a esos trapicheos, que sus principios son el trapicheo, que su ética es el trapicheo. Él mismo lo supo, o lo intuyó. Y lo dejó escrito por ahí, en uno de sus Cuadernos de Apuntes, para que diera con él cualquiera de los que algún día soñaría con la gloria de los apóstatas: "Estas palabras, conciencia y deber van pareciendo ya tan huecas de sentido y desusadas —que yo mismo, que lo sacrifico todo al divino espíritu que encierran— las digo con temor, y vacilo al emplearlas" (Obras Completas, 21, 241).

 


Este texto es un fragmento delprimer capítulo de Olvidar a Martí, un libro en el cual trabaja el autor.

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