Lunes, 18 de Diciembre de 2017
09:34 CET.
Opinión

Camino a la nación

El camino del pueblo, texto firmado por representantes de diversas tendencias cívicas, políticas y por prominentes exprisioneros de conciencia, ha generado una expectativa entre animada y cautelosa en diversos medios interesados en la realidad cubana. También, entre cubanos que residen en diferentes lugares del mundo.

¿Se justifica la expectativa animada? Sí. El esfuerzo conjunto de actores morales, cívicos, políticos e ideológicos situados unos de otros en las antípodas del debate democrático en Cuba, y que rara vez compartían apuestas de cambio, empieza enviando el mensaje de que el ombligo del debate político comienza a situarse en la nación. Eso es esencial. Es cada vez más claro que los cubanos no estamos frente a un desafío ideológico, sino frente a la redefinición posible de un proyecto de país.

Un régimen sin valores conserva aún la imagen de que confronta un reto ideológico, lo que le proporciona gratuitamente cierta dignidad política, cuando lo que está en juego es un problema nacional. El camino del pueblo expresa el conflicto en su nivel más auténtico, diciéndonos que las opciones probables de cada una de nuestras identidades específicas pasa por la reconstrucción inevitable de los fundamentos de la nación —del hogar común, en jerga romántica— y de los instrumentos institucionales de convivencia democrática dentro de un nuevo tipo de Estado.

Quien observe detenidamente la composición heterogénea de este nuevo impulso común podrá ver las distintas expresiones culturales, raciales, ideológicas, generacionales y políticas que han decidido mostrar una nueva voluntad de consenso. En una frase nítida se está diciendo: la nación primero, los intereses después.

Ahora bien, ¿se explica la expectativa cautelosa ante este documento? Creo que sí. No es la primera vez que se ha ensayado una propuesta concertada, y nunca parece ser la última en que se malogra el empeño. Sin embargo, lo nuevo que se intuye de este intento es la entrada en juego de un valor extrapolítico: la madurez. El bloqueo de viejas animosidades entre responsables cívicos y políticos indica una apreciación sensata del instante histórico. Lo cual desvanece la excesiva personalización de la controversia política y abre paso al sentido de nación.

El camino del pueblo ofrece, desde esta perspectiva, dos valores agregados —ambos de tipo cultural—, fundamentales de cara a las posibilidades del mañana. El primero tiene que ver con la apertura a un modelo distinto de liderazgo, y el segundo con el fundamento plural de la nación.

La idea de aparecer juntos respaldando un pliego de propósitos primordiales constituye un acto de autocrítica en marcha, que viabiliza la construcción de un escenario menos autoritario y más en consonancia con los fines democráticos. Las acusaciones, tanto veladas como directas, de que los cubanos vamos persiguiendo una democracia sin demócratas pueden empezar a deshacerse con un lenguaje y una actitud más cercanos a la retórica y gestualidad de los que animaron la Constitución de 1940, camino de una era post-Wikileaks.

El segundo valor agregado, vinculado necesariamente al primero, retoma la oportunidad de fundar el proyecto de nación sobre su pluralidad de origen. El castrismo es un proyecto contracultural justamente porque trató de imponer, para vivir y ver su propio fracaso, el hegemonismo de uno de los componentes culturales del país sobre el resto de los que conforman nuestra nacionalidad. Si algo como el Artículo 5 de la Constitución cubana —que consagra la superioridad de un grupo sobre otros— no tiene pertinencia y pertenencia culturales en lugar alguno, ese lugar es Cuba.

Pero semejante hegemonismo se estaba transfiriendo al proceso democrático, amenazando la posibilidad, viabilidad y credibilidad mismas de la democratización. Romper esta marcha forzada de un pasado arcaico sobre el presente era y es necesario, de cara a un momento histórico constitutivo.

Ese es precisamente el momento en el que estamos. Uno en el que, como es evidente para todos, el viejo modelo no sirve para tramitar el presente y guiar el futuro, pero en el que tampoco se define ese nuevo modelo que ofrezca premisas claras de cara al porvenir. Lo cual provoca el tipo de situación confusa que tiende a legitimar el hiperrealismo político de múltiples intereses corporativos e interlocutores internacionales.

Y el sarcasmo de nuestra situación histórica es que ni la claridad política e intelectual exigibles, ni la disponibilidad de los cubanos —los dos elementos esenciales en una época de cambio— están del lado del poder. No obstante, un gobierno sin proyecto de país, que ha roto su sintonía con las aspiraciones de la gente, es todavía capaz de generar expectativas de reformas —es curioso que dichas expectativas sean animadas solo en el extranjero y fundamentalmente por extranjeros—, cuando en verdad lo único que hace es gestionar el presente para conservar el poder mediante una exagerada improvisación política.

Falta de proyecto de las autoridades

Esa falta de proyecto del poder tiene su expresión ejemplar en lo que he denominado el nuevo pacto criollo —un pacto premoderno— fundado en el vínculo estratégico y cerrado entre el gobierno, las jerarquías religiosas y determinados agentes económicos foráneos y nacionales, que continúan arriesgando el proyecto inconcluso de nación.

Ello exigía una respuesta también estratégica que proyectara cuatro puntos fundamentales.

Primero: Cuba requiere un cambio político, no un reajuste en la economía del poder.

Segundo: ese cambio exige un consenso entre todos los sectores de una sociedad cada vez más compleja, y no meramente entre las elites tradicionales.

Tercero: ese consenso debe partir de una nueva legitimidad: los ciudadanos. (No resulta raro, en este sentido, que aquel pacto criollo intente aferrarse al viejo sujeto llamado revolucionario, en contra del ciudadano, del nuevo sujeto que renace por doquier, pero que sigue siendo visto como un contrarrevolucionario, castigable porque "viola la ley".)

Y cuarto: cambio político, consenso y ciudadanos deben recuperar la conexión perdida entre soberanía popular y soberanía nacional.

El camino del pueblo da una respuesta compartida a estas cuatro cuestiones básicas. Proyectos, así en plural; consenso dentro de una sociedad multidiversa; legitimación en base al ciudadano y recuperación de los valores nacionales como valores morales no negociables dentro de ese consenso. Una respuesta estrictamente política, debe entenderse, a las demandas de democratización en Cuba.

Un punto de partida y retos futuros

Estamos en un punto de partida, desde luego. Un punto que comienza a satisfacer una exigencia cardinal: el acuerdo entre responsables políticos y cívicos con visibilidad pública. A ese acuerdo algunos le llaman unidad. No obstante, yo prefiero verlo como consenso articulado. Porque la unidad es inflexible, cerrada a la tolerancia, y privilegia a unos pocos sujetos públicos, simplifica el conflicto y minimiza el valor de la deliberación entre iguales. El consenso, por el contrario, permite la flexibilidad, exige tolerancia, se abre necesariamente a las elites, toma en cuenta la complejidad y es altamente deliberativo. Y este nuevo consenso tendrá futuro en la medida en que logre incorporar estas y otras referencias necesarias a un proceso democrático moderno.

¿Cuáles podrían ser las restantes fases de El camino del pueblo? Para proseguir el debate, creo que una segunda fase podría ser esta: corregir y completar la primera fase, es decir, extenderlo en igualdad de condiciones a todos los responsables cívicos y políticos que, por las razones que sean, no tuvieron la oportunidad de respaldar el texto en sus inicios. Un consenso articulado debe abrirse a todas las sensibilidades representativas.

Una tercera fase debería crear algo así como una mesa de confianza. Potenciar un clima de respeto y reconocimiento es imprescindible en un contexto muy personalizado, con una carga acumulada de viejas controversias prescindibles y de débil entrenamiento emocional para disipar los conflictos inevitables.

En esa mesa de confianza podríamos aprender que si la unidad se logra a pesar de las diferencias, el consenso es posible gracias a las diferencias. En el primer caso se reprime lo que nos separa sin que se logre ocultarlo; en el segundo, se muestra los que nos diferencia enfatizando las prioridades. Parece hoy evidente que el concepto de unidad personaliza mucho los conflictos porque reduce las opciones de reconocimiento y autoreconocimiento. El consenso permite manejar aquellos conflictos porque su condición plural conduce naturalmente a la posibilidad de reconocimientos.

Una cuarta fase, a mi modo de ver, exige construir o fortalecer caminos hacia el pueblo y caminos desde el pueblo. En Cuba viene ocurriendo un proceso de inversión en la pirámide de legitimidad del poder. Hasta ahora se nos ha impuesto la idea y la realidad de que los ciudadanos están al servicio del Estado. La revolución cubana no fue más que un despotismo ilustrado por medios violentos que nos convirtió definitivamente en súbditos del poder. A partir de ahora comienza a estabilizarse, espontánea y dolorosamente, la lógica más legítima y ciertamente moderna: el Estado al servicio de los ciudadanos.

Esa idea debemos convertirla en realidad construyendo caminos hacia y desde el ciudadano. En esas dos direcciones creo que nos corresponde, más que ofrecer contenidos democráticos, brindar instrumentos de empoderamiento ciudadano. Impulsar la complementariedad de proyectos cívicos que reinventen y fortalezcan al ciudadano pondrá en orden las fuentes de legitimidad política. El concepto de vanguardia, una forma de despotismo ilustrado que busca su legitimidad en el eco de las masas, es escasamente compatible con la cultura democrática.

Y una quinta fase culminaría en la identificación de una propuesta simple, no simplificada, que en principio pueda ser apoyada por todos los que respalden este consenso articulado, y que se legitime, al mismo tiempo, en un proceso de retroalimentación ciudadana.

No caben dudas de que somos un país en cambio. La señal más clara es que, si aún no somos una sociedad abierta, sí está abierta la posibilidad de la sorpresa. Pocos podrían haber imaginado que observaríamos desde las gradas a la jet society jugar al golf y calafatear sus yates en las costas de nuestro país. La dirección del cambio, empero, depende de nosotros. Es tiempo de refundación y podemos proponer un proyecto de cambio consensuado, en la certeza de que la cabeza intelectual e imaginativa del Partido Comunista está despoblada, de que la capacidad de castigo del régimen no es asimilable a su capacidad de liderazgo, y de que los caminos de la nación están por construir.

El camino del pueblo puede constituir un nuevo comienzo.

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