Lunes, 11 de Diciembre de 2017
14:23 CET.
Opinión

Palitroque totalitario

Decía Orson Welles que los izquierdistas de Hollywood que traicionaron a sus colegas durante el macartismo, no lo hicieron por principios patrióticos, sino para salvar sus piscinas. Pero los profetas del perfeccionamiento del socialismo en Cuba no tienen piscinas. Entonces, ¿por qué se traicionan a sí mismos? ¿Qué intentan salvar, ya que es obvio que no lo hacen por cuestión de principios?

No me refiero a los grandes caciques —que no son profetas sino aplanadoras de toda profecía—, ni tampoco a la recua de los oportunistas bufones que se confabulan en torno a la Mesa Redonda. Hablo de cierta nata de académicos e ideólogos cubanos que gustan de venderse como leales continuadores de la utopía revolucionaria, gente con muy largas horas-nalga de catecismo marxista. Y no obstante, no necesitan ponerse colorados para retorcer una y otra vez sus teorías, acomodándolas a los intereses y exigencias del cacicazgo.     

Después de cortar por la mitad aquella frase que ha sido como la Hidra del tirano, dejando intactas pero ocultas sus 9 cabezas y su aliento (ya que ahora solo dicen "Dentro de la revolución todo"), estos amasadores del palitroque totalitario se lanzan a justificar la última tomadura de pelo del régimen, contenida en esa cosa escuálida que muchos califican como su programa de reformas.   

Resulta que, según ellos, si en Cuba no tienen lugar hoy las transformaciones que algunos ilusos esperaban, la culpa no es del régimen, sino del malvado manejo que la prensa extranjera está haciendo en torno al tema, al utilizar términos como "cambios" y "reformas" que, en realidad, nunca estuvieron en el plan.

Muy desvencijada debió quedar la utopía revolucionaria después de la última isquemia para que estos palitroqueros osen ocultarse tras ella, desfachatadamente, solo por halar la sardina para la sartén de un grupo de carcamales cuya única filosofía es salir del paso, manteniendo el equilibrio sobre el abismo.

Uno no atina sino a reír por no llorar cuando los ve comparecer, títulos académicos y bombos tecnocráticos mediante, para llenarse la boca hablando de las transformaciones socioeconómicas que hoy tienen lugar en la Isla, o de la actualización de nuestro modelo económico, sin que ni siquiera se hayan tomado nunca la molestia de traducir tales expresiones al lenguaje de la verdad concreta.

No hay verdad sin fe, dijo San Agustín cuando todavía era posible decirlo. Más tarde resultó que no hubo fe sin verdad. Y ahora, por lo que parece, no hay verdad ni fe. Colapsaron durante la última isquemia de la utopía revolucionaria. Al menos para nosotros. Así que apenas tenemos a mano la verdad que se impone a la brava y la fe que fingen estos doctos parásitos con vocación de trascendencia. 

Aunque algo sí nos queda aún, por suerte, y es la certeza de que la verdad no puede ser moldeada según los designios y las ganas de aquellos que llevan la sartén por el mango. La verdad ni siquiera puede ser resultado de acuerdos, oscuros o tácitos, entre los manipuladores del pensamiento y de la acción de los hombres. Sencillamente la verdad no se fabrica. Está en las cosas mismas. Es reflejo objetivo del conocimiento y de la experiencia ante unas circunstancias, un tiempo y un lugar específicos. El resto no es sino palitroque totalitario. 

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