Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Sociedad

La tragedia cubana de tomar café

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Bajan con sus macutos repletos del aromático grano de las montañas orientales o del centro de la Isla. Una tropa numerosa de hombres y mujeres-hormigas se encargan de acarrear el café hacia los pueblos y capitales provinciales. Los más viejos lo agradecen como si fuera un medicamento salvador.

Sin embargo, más que un negocio práctico con tan requerida infusión, la venta de este producto se ha convertido en un asunto de pura nostalgia. Manosear el grano, olerlo por largo rato y comprobar su variedad es un rito sin igual para algunos cubanos.

Sacarlo de las intrincadas zonas cafetaleras, atravesar los puntos de controles policiales y revenderlo en las ciudades lleva más de artesanía en miniatura que de vendedor tradicional. Yirimía, en Sagua de Tánamo, Tí Arriba y San Benito en Alto Songo, Santiago de Cuba o mismísimos cafetales guantanameros son solo unos pocos puntos de partida para entrar en la geografía del aroma del café cubano. Lo cierto es que con las altas y las bajas y después de más de veinte años sin la venta racionada en granos en el mercado local, ninguna imposición ha impedido que muchos paisanos continúen saboreando una tacita de café serrano, puro, "de la loma", como suelen decir sus admiradores.

Las estrategias y los precios

Aunque Milennis nació a mediados de los años 80 y no supo de cuando vendían el café a granel, por mucho tiempo vio a su madre en los trajines de venderlo en el pueblo. Verla irse de noche o de madrugada para regresar al otro día era parte de la rutina de esta muchacha que hoy se considera una verdadera traficante de café.

"Tendría mucho que contar, prácticamente me crié bajando el café de las lomas con mi madre. He pasado de todo y ahora tengo bastante experiencia, como para enseñar a otros", dice con un tono de jactancia.

"Lo primero que aprendí fue a 'casarme' con una zona. Yo nada más compro en Sagua de Tánamo, (Holguín), lo hago por dos o tres años hasta que esté completamente 'quemada'. No me gusta como hacen los que empiezan, que hoy van a Ramón de Guaninao y mañana van a Baracoa. Yo me establezco en un lugar, y punto", afirma.

Para Rafael, que aunque bastante parco accede a contar, lo peor son los preocupantes operativos policiales. "Si te conocen en la zona cafetalera, incluso te pueden adelantar la carga hasta la salida de los caseríos, pero con el tiempo también te conocen los chivatos, policías y los envidiosos, y de esos no te salva nadie". Y continúa: "yo cumplí 18 meses en un correccional por casi un quintal que llevaba, pero antes fui multado como seis veces, con 50, 300 y una vez con 1.500 pesos", asevera.

Tanto para Milennis como para Rafael es importante buscarse socios en los cafetales para buscar un producto bueno y después revenderlo. Pero también sus modos de bajarlo de las intrincadas montañas es una parte fundamental en el negocio.

"Yo trabajo con poca mercancía. 20, 30, a lo sumo 40 libras, y eso cuando estamos en pico de cosecha. Lo bajo dos veces a la semana y lo vendo yo misma en el barrio. He oído de gente que da buenos 'palos', de  10 o 20 quintales y se retira por dos cosechas, pero para eso hay que tener carro… y estar bien conectado con la policía", asegura Milennis, como si revelara un gran secreto.

Rafael dice que no hay secretos, que es negocio de poca gente: el que lo vende y el que lo busca y revende, no hay más. Este mulato cuarentón atestigua haber transportado el exquisito grano en envases de champú, en el interior de muñecas y en los dobles forros de maletines.

Cuando pregunto por el precio es Milennis quien dice de manera jocosa: "El precio es alto: decomiso, multa y candado". Pero sabe que pregunto por el precio de venta y explica que "ahora subió y nunca más se va a vender a 10 ó 15 pesos, hoy está a 40 la libra y el que quiera tomarlo, tiene que gastar lo que tenga", dice categórica.

El impacto y los consumidores

Cualquier cubano ha visto cómo en los puntos de controles policiales aparecen jabas y mochilas con el codiciado producto pero, a falta de dueños, los gendarmes cargan con todo y dejan que los pasajeros continúen su recorrido.

Son cubanos comunes y corrientes que arriesgan años de cárcel y sus empleos por buscarse unos pesos revendiendo café.

"Yo cuelo café del bueno un par de veces a la semana", dice Nilda, una septuagenaria que ahora paga 35 pesos cubanos por una libra en grano. "Es una barbaridad, pero no puedo pasar muchos días sin  probar una tacita del bueno, del que traen los muchachos de la Sierra Maestra", indica.

Hace más de quince años, Holguín, Santiago de Cuba y Bayamo apartaron sus torrefactoras de café del centro de las ciudades. Los procesos de tostado y molido expulsaban sus gases sobre los vecinos y han puesto las torrefactoras en las periferias. Alguien que prefiere llamarse José, un maestro jubilado, afirma que cuando tenían cerca la tostadora, en su casa tomaban café puro y comían más chícharos, pues los obreros lograban sacar bastante para revender.

Bárbaro Tejeda, un promotor del Proyecto Varela en Levisa, municipio de Mayarí, dice que tiene testimonios cercanos de gente que ha sido encausada en numerosas ocasiones por bajar café de las montañas, por hacer que la gente tome café puro y no mezclado con nada. "Los policías se parapetan en las faldas de esas lomas", dice apuntando hacia la Sierra Cristal, "y esperan a que bajen las mujeres que van a comprarlo para revenderlo aquí. Entonces hacen zafra poniendo multa y confiscando lo que traigan”, concluye.

Desde que suspendieron la venta de café en granos por la cartilla de racionamiento y comenzaran a mezclarlo con chícharo (o con frijol blanco, como me aseguró una persona que trabajó de chofer en una distribuidora provincial), unos abandonaron el hábito de tomar café y otros lo acentuaron hasta convertirlo en una obsesión.

Nilda, una enfermera jubilada, asegura haber pagado hasta 70 pesos por una libra allá por los años 92 o 93. "Yo ganaba un poquito más de 300 pesos, pero me empeñaba y lograba comprar un libra de cuando en vez (sic). Ahora incluso mi hermana me ha enviado café La llave o Pilón, de Miami, lo que es una contradicción porque a ella le puede costar de 3 a 5 dólares una libra, según la marca. A mí me cuesta un cuarto de mi jubilación, qué voy a hacer", finaliza.

Esta anécdota la contaba el joven escritor Julio Jiménez. Dice que cuando vivía en el Reparto Portuondo de Santiago de Cuba, un furtivo vendedor de café, posiblemente venido de las montañas de La Maya o Maffo, con tal de escapar de los policías y la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución pregonaba su mercancía susurrando: "El producto… el producto, el producto", y las caseritas, conocedoras, cómplices y ansiosas por una buena colada, lo hacían pasar.

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