Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
21:01 CET.
Opinión

El suicidio de un indignado

España se cae a pedazos, asegura en Cuba el Noticiero Nacional de Televisión. Las imágenes de un par de cargas policiales contra manifestantes violentos constituyen el bucle preferido de la televisión oficial. La cautiva audiencia casi se traga la idea de una exmetrópolis dantesca, de cinco millones de desempleados y pobreza generalizada. Y que, gracias a Dios, tenemos una isla sin FMI y sin recortes sociales impuestos, porque nuestra miseria, como se sabe, es tan verde como las palmas y eterna como el Sol.

Si todo esto fuera así, ¿qué hacía el cadáver de un cubano de 23 años en el tren de aterrizaje del vuelo 6620 de Iberia que aterrizó el miércoles en Madrid?

La alarma generada por la maquinaria informativa del régimen sobre las consecuencias de la situación europea, y particularmente española, forma parte de la bestialidad anticapitalista en su estado más puro. La manipulación de los medios cubanos propicia un sobresalto exagerado, que afecta la estabilidad emocional de los familiares de más de 100.000 cubanos que residen en España.

Muchos de los datos sobre la situación económica española son ciertos, pero la prensa del régimen los utiliza fuera de contexto, incompletos, sin opiniones contrastantes y con imágenes extemporáneas y manipuladas. Y se olvida intencionalmente el alto nivel de protección social de un Estado de bienestar. Esto hace que las familias se preocupen, e intenten utilizar los escasos minutos de una llamada telefónica para contrastar lo que cuentan los medios de los cubanogallegos Fidel y Raúl.

Pero, una vez más, el conductismo ramplón de la comunicología cubana hace aguas. Hace casi cien años que la teoría de la comunicación superó el behaviorismo y las teorías que actualmente rigen la información en Cuba. Sin embargo, en el Palacio de la Revolución aún no se han enterado, o no quieren enterarse.

La prueba es que pese a la inquietud que artificialmente genera la prensa única, no se reduce la cola frente a la Embajada de España en La Habana (para viajar temporal o definitivamente), e incluso todavía hay quien cree que puede sobrevivir 7.578 kilómetros entre las ruedas de un avión.

Estos ciudadanos, capaces de apostar por un país en crisis o colarse en un tren de aterrizaje con destino a la muerte con tal de escapar del absurdo, superan en indignación a cualquier español, griego o portugués.

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