Domingo, 17 de Diciembre de 2017
12:16 CET.
Economía

El capital perverso

La entrevista concedida por el empresario cubanoamericano Carlos Saladrigas a Orlando Márquez, director de la revista Palabra Nueva del arzobispado cubano, recientemente publicada, ha provocado numerosas reacciones en espacios de ambas orillas —Cuba y La Florida—, aunque, por supuesto, los medios oficiales de la Isla no han mencionado siquiera el asunto.

Como es de esperar cuando de propuestas de reconciliación y de inversiones que implican el capital de cubanos emigrados se trata, se proyectan las radicalizaciones cargadas de dinamita, prestas a volar los puentes o a colocar los obstáculos; y también asoman las opiniones conciliadoras que tratan de encontrar un punto medio, un equilibrio pacífico entre los ofrecimientos y las opiniones de las partes en debate. Sin embargo, estas mediaciones suelen ser demasiado tímidas —como es el caso— cuando se producen desde el interior de Cuba. Por lo que se quedan congeladas en un punto medio entre el problema y las posibles soluciones.

Los trabajos que me sirven aquí de referencia, además de la mencionada entrevista del señor Saladrigas, —cuyas propuestas considero muy  atractivas—, son el artículo de Vicente P. Escobal, "Señor Saladrigas: no cuente conmigo"; el debate entre Jesús Arboleya Cervera y Ramón de la Cruz Ochoa, divulgado por Espacio Laical, y el artículo de Leinier González Mederos, "Saladrigas, Arboleya y el debate sobre el futuro de Cuba", también publicado allí. Todos los textos consultados constituyen un botón de muestra de lo complejo y necesario que resulta el tema sobre la actualidad cubana, la reconciliación y el papel de los diferentes actores sociales en el futuro de la nación, así como del cisma creado por las crispaciones que ha alentado durante más de 50 años el gobierno de la Isla. 

Vicente P. Escobal, en su personal interpretación de la propuesta, reprocha a Saladrigas el proyecto de reconciliación entre cubanos por considerarlo una petición de perdón al gobierno cubano, y concluye: "Si a lo que se aspira es a 'perfeccionar'  el comunismo, a entregarles a los verdugos del pueblo cubano una declaración  de 'perdón y olvido' y  traicionar la memoria de nuestros entrañables mártires entonces, señor Saladrigas, no cuente conmigo".

Por su parte, Jesús Arboleya, analista político relacionado con el Ministerio del Interior cubano y con el sector académico oficialista, ataca la propuesta de Saladrigas debido a que no le resulta muy convincente "su apreciación sobre las virtudes del mercado"; no solo porque no armonizan con la aspiración y vocación socialista que él —en virtud de unas caprichosas y desconocidas estadísticas— considera generalizadas en el pueblo cubano, sino porque "De hecho, el mundo anda revuelto por culpa del mercado, las ideas del socialismo nunca antes han tenido más vigencia en América Latina y hasta en Estados Unidos ha sido necesaria la intervención del Estado, para resolver los entuertos generados por el neoliberalismo". 

En cuanto a Leinier González, habrá que agradecerle el espíritu conciliador que lo anima —algo siempre oportuno cuando de dirimir tensiones se trata—, y algunos apuntes objetivos acerca de la realidad cubana actual, aunque a veces su enfoque resulte un tanto soñador y no del todo apegado a las condiciones de Cuba, y pese a que también se haya sentido obligado a lanzar algún que otro dardo de seda contra la disidencia, cuando afirma: "me atrevo a afirmar que no ha existido un esfuerzo intelectual desde el campo opositor cubano (ni dentro ni fuera del país) que haya logrado igualar, en calidad y alcance, a la narrativa defendida por Jesús Arboleya". Como si los intelectuales cubanos que se oponen al gobierno dentro de la Isla contaran con iguales posibilidades editoriales que ese señor, o como si los muchos académicos de la emigración no contaran con una sólida obra publicada fuera de Cuba.

Ingenuidad, temor, ignorancia u oportunismo, son motivaciones que más de una vez han empañado las mejores intenciones de los foros; por lo que prefiero atribuir este pequeño despiste de Leinier González al apresuramiento que lo impulsaba en el momento de participar en un debate demasiado importante como para detenerse en naderías de esta naturaleza.

Sin embargo, mi intención no es ahora analizar el siempre candente tema del diálogo entre cubanos, ni las evidentes ventajas o supuestas desventajas de las inversiones de empresarios cubanoamericanos en la Isla, sino insistir en las agudas contradicciones que saltan de los presupuestos oficialistas, incluyendo los argumentos del brillante analista Jesús Arboleya.

Y es que cuando se demonizan tanto las relaciones de mercado que darían al traste con un socialismo en definitiva inexistente en Cuba, los defensores del sistema olvidan hacer alguna propuesta que nos informe de cómo pueden alcanzarse la prosperidad y el desarrollo al margen del mercado.

A la vez, la amnesia selectiva de pensadores como Arboleya omite la existencia de una fuerte burguesía en Cuba, representada por los sectores vinculados efectivamente al capital extranjero y fuertemente relacionada con los estratos del poder. El mismo mal de la memoria no le permite al analista incluir en la categoría de "peligroso" el capital extranjero procedente de las inversiones de empresarios españoles, franceses, brasileños y hasta del gobierno chino, entre otros, que operan desde tiempo atrás en nuestro territorio y de las que solo sacan ventajas el gobierno cubano, su estrecho círculo afincado en sólidos intereses y sus socios foráneos.

¿Acaso no se trata esto de la demoníaca "concentración de capitales"? ¿Acaso la combinación de capital y poder absoluto no constituyen el peor engendro logrado por el llamado "socialismo"?

Sin dudas, los dólares de los cubanoamericanos son el "capital perverso", aunque en la actualidad constituyan una de las mayores fuentes de ingreso de divisas a la Isla y el sostén de decenas de miles de familias cubanas. Los dólares de los cubanoamericanos y no el "socialismo" han logrado la supervivencia y hasta el bienestar económico de sus familiares de la Isla.

Bien saben el señor Arboleya y la cúpula de poder a la cual él sirve, que las propuestas de Carlos Saladrigas no solo contribuyen a legitimar una fuente de prosperidad esencialmente cubana que se convertiría en un peligroso inicio de autonomía de muchos individuos dentro del país, sino que, eventualmente, impulsaría el crecimiento de espacios independientes de la sociedad civil. El capital de los empresarios cubanos de La Florida y no simplemente el mercado, resultaría, al final de tanta deriva, el vehículo de esa "perversión" mayúscula conocida como Libertad.

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