Martes, 12 de Diciembre de 2017
01:53 CET.
Sociedad

Oeste habanero

Cargan con diversas armas blancas y a ratos hasta pistolas. Por suerte, aún no portan AK-47 o artefactos de grueso calibre. Pero desde ya, por su comportamiento violento, las pandillas juveniles son un auténtico peligro para la sociedad cubana.

Viven de asaltar a chicos y chicas a la salida de centros nocturnos. También suelen desvalijar a adultos bohemios o pasados de tragos en altas horas de la madrugada.

Tienen varios modus operandi. Y sitios escogidos. Un camino oscuro al fondo de la Universidad, colindante con el hospital Calixto García, es uno de ellos. Tramos del Bosque de La Habana o calles solitarias aledañas a la discoteca Macumba, en La Lisa, son otros de sus preferidos.

Los fines de semana otean el panorama para cazar a sus futuras víctimas por los alrededores del salón La Tropical, donde acuden bailadores a mover la cintura al ritmo de la timba o el reguetón. Si un turista extranjero se pone a tiro, tampoco está mal. Cuando asaltan a un forastero el botín puede ser ropa de marca, unas zapatillas Nike, un Iphone, un ordenador portátil, moneda dura y hasta una camiseta de Messi.

Su "armamento" lo conforman machetines recortados, navajas, punzones, revólveres gringos de los tiempos del oeste y, una variante criolla de pistola casera, confeccionada con un inyector y un percutor de arma de fuego.

Todos son jóvenes, en edades comprendidas entre 17 y 25 años, con antecedentes penales, sin el más mínimo deseo de estudiar o trabajar y familias disfuncionales. Este tipo de pandillas no son usales en La Habana. Pero existen. No tienen la violencia de las "maras" salvadoreñas ni la crueldad de un sicario mexicano, aunque en su haber cargan algún que otro muerto.

La violencia en La Habana no llega a grados alarmantes como  en Caracas o Río de Janeiro. Pero va en aumento. Es habitual ver a adolescentes y jóvenes portar armas blancas cuando acuden a bailes populares o discotecas nocturnas.

La música grosera y pendenciera de grupos de reguetón como el Chacal, Micha o el Insurrecto, les acelera la testosterona y los pone a punto de caramelo. Y cuando termina la fiesta montan su espectáculo personal de intimidación.

La violencia en un sector nada despreciable de la juventud habanera no solo se muestra a golpe de navaja. Es casi un estilo de vida. Suelen golpear a sus novias o familiares cercanos. Hablan una jerga agresiva y entrecortada, que únicamente entienden los marginales de arrabal.

Arrastran una fuerte cultura del odio. Por muchas causas: la despreocupación de la sociedad, ser los más pobres y vivir en hogares que son verdaderos infiernos.

Se han acostumbrado a resolver los litigios mediante la fuerza. Y con violencia consiguen lo que desean y no tienen. Un grave problema, pendiente de resolver por las autoridades cubanas, quienes no han sabido darle una respuesta.

Pero no solamente es un asunto policial. También social. Estas pandillas pueden multiplicarse en el futuro al compás de una crisis económica estacionaria que hace 22 años gravita sobre  Cuba. La mayoría, además, pertenece a la raza negra.

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