Sábado, 16 de Diciembre de 2017
16:44 CET.
Opinión

0.00016% de poetas cubanos

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Una reciente antología de poetas cubanos del exilio, generosa hasta parecer un censo, provoca la evidencia: hay alrededor de 2.000 personas que escriben poemas. Solo cuento a los vivos, nacidos en Cuba, estén dentro o fuera del caldero, que escriben en español.

Considero las antologías realizadas dentro de la Isla, capaces de confundirse con las páginas amarillas de cualquier guía de teléfonos. Incluyo a los que solo han publicado en el llamado ciberespacio y aun a los que apenas juntan un puñado de textos.

Si calculamos una población de alrededor de 12 millones —aunque es algo mayor—, el por ciento de poetas da un ínfimo 0.00016%, quizás menor al de ajedrecistas o amoladores de tijeras y cuchillos, aunque superior al de narradores, guionistas-dramaturgos o ensayistas.

¿Son muchos? Intentaré una —nunca "la"— respuesta, sobre la base del estudio que preparo sobre poesía cubana actual. Añadiré dos observaciones, una sobre el lector y otra todavía inevitable sobre el "virus político".

Hay que desacralizar el sustantivo "poeta". Algo similar a lo que ha ocurrido en la Academia con "filósofo", donde cualquier profesor de filosofía o reseñador de Husserl recibe el título que reservábamos para Kant. Poeta o su femenino poetisa —¿por qué considerarlo peyorativo?— debe aceptarse en sentido descriptivo, sin valoraciones sobre la calidad artística de los poemas o connotaciones estéticas vinculadas al canon y al agón o competencia.

Es poeta porque escribe poemas. Ya sé que inevitablemente surge una apreciación, se califica de genial, talentoso, aceptable o mediocre. Y entran decenas de consideraciones, incluyendo las estrictamente personales, además de la capacidad de los medios para fabricar "talentos" (sic)… Pero sigue llamándose poeta.  

Sobre esta premisa la respuesta es diáfana: representan muy poco. Indican un bajo nivel cultural, pues la "escritura creativa", como parte del desarrollo de la concentración, la fantasía y la imaginación en la enseñanza elemental, media y superior, hacia la formación de lectores críticos, debía arrojar un por ciento mayor.

0.00016% es ridículo. Tres enormes ceros se interponen entre el punto y la posibilidad de alcanzar siquiera el 1%, que señalaría —en términos estadísticos y nada más— a un cubano de cada cien involucrado en un más intenso uso del idioma. "Ni soñarlo" —diría el más optimista profesor de español y literatura, mientras lucha contra la pobreza léxica y sintáctica de sus alumnos.

Los aproximadamente 2.000 poetas cubanos vivos constituyen en realidad un selecto grupo de personas con sensibilidad artística, conocimientos del idioma, pensamiento crítico y creador, sentido de la dinámica de grupo y habilidades vinculadas a las relaciones sociales.

¿Y lectores?

¿Cuántos lectores habría? Aquí empiezan otros cálculos, más precarios. La primera hipótesis es que al menos los poetas se leen entre ellos, pero las tiradas en papel (ahora hasta por compra a distancia de cada ejemplar) o los accesos a twitter, blog, facebook, ediciones electrónicas, demuestran que no es así. Contar con quinientos receptores es como para tirar fuegos artificiales. A lo que se añade la lectura —siempre mayor, sin contar la obligatoria en la enseñanza elemental y media— de poetas de épocas pasadas, de otros países de habla hispana o traducidos de diferentes lenguas.

Claro que los lectores de poemas no tienen que ser forzosamente poetas. Estamos los lectores otros, dentro de un arcoiris de intereses y predilecciones que incluye a los escritores de diferentes géneros literarios, a un sector de los docentes, a los cada vez más raros autodidactos y diletantes… Las escasas estadísticas cubanas —o de autores cubanos— que se manejan, lo único que permiten es recurrir a la de otros países de habla hispana. En cualquier caso, para el género de poesía, los lectores somos una exigua minoría. Más pequeña aún, en consecuencia, para la crítica literaria de los poemas o para leer artículos como este.

Otra prueba fehaciente es la exclusión —salvo clásicos como José Martí— de las editoriales comerciales. Los poemas casi no reportan derechos de autor. Solo aportan capital simbólico. Quienes los escriben saben que no dan dinero, si excluimos los premios en concursos. Son, verdaderamente, altruistas. La mayoría escribe poemas por una irrefrenable vocación.  

¿Tiene sentido entonces una discriminación entre los poetas, extendida a lectores y críticos? Abro la polémica, con un argumento de cada lado: Sí, porque evita la depreciación —todos los gatos son pardos— y el relativismo multiculturalista, que tanto contribuyen al empobrecimiento del lector. No, porque crea un valladar temible, evita la escritura creativa con sus beneficios pedagógicos y disminuye la cantidad de potenciales lectores.

Queda además —para nuestra "Isla en peso"— la incidencia del virus político. En el castrismo tardío se observa  que el actual 0.00016% sufre menos que en décadas pasadas, mientras mayoritariamente se cuida del tenebroso sectarismo. Las etiquetas absolutistas van cayendo de ediciones, revistas, recitales y estudios. Son tan extemporáneas como los Castro o ciertas posiciones dentro de la oscurantista Dirección Política del Ministerio del Interior y del Poder Popular en provincias como Pinar del Río, orientados por el Partido apolillado, más caudillista que marxista, solo preocupado hoy por cuál será el final de su propia película.  

Me consta que hay no sólo una mayor comunicación —chismecitos y envidias aparte y de cualquier época—, sino un mejor sentido de grupo, de confraternidad. Presencié cómo dos poetas —uno en el insilio, otro del exilio—terminaron hablando de cuando Fuera del juego se reedite en La Habana.   

¿Entonces por qué no favorecer una Cuba democrática y próspera, donde el 1% de la población tenga la experiencia de escribir un poema; formar un público lector activo, tan polémico —y quizás necesario— como decir cuáles poetas vale leer y cuántos pasarán a la nebulosa "posteridad"?

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