Lunes, 18 de Diciembre de 2017
12:04 CET.
Política

Cambio de sexo en La Habana

Desde el principio de la Revolución el homosexualismo pasó a la clandestinidad. Reapareció transformado en cine (Lucía, por ejemplo), y en pintura: en los héroes homoeróticos de Raúl Martínez, y en los milicianos butch de Servando Cabrera. Se trataba de una vieja estrategia homosexual, perfeccionada a lo largo de siglos de práctica constante, conocida con el nombre de tapiñado.

Con la Revolución, el homosexualismo "tapiñado" se hace drama, ballet y afiche. Confundido entre los héroes, llega a ser heroína. Esta época heroica se distingue por el patetismo, el colorido y el melodrama. Los guajiros de Servando irán desechando tela de uniformes hasta quedar en puro tendón y músculo. Eventualmente, consiguen ser la representación del erotismo patriótico: el dibujo preciso, aunque indirecto, de un glande o de un culo cubanos.

El "tapiñado" no es más que es una técnica de esfumado, y tampoco es fortuito que lo inventara Leonardo da Vinci, que fue el más grande creador de enigmas. Se disipan las líneas y se velan las definiciones creando así un campo de acción. Esta modalidad representativa pudiera definirse como "embrujamiento revelador", y lo que aporta a la imagen es una atmósfera, un ambiente.

Meditaba sobre estos temas, a raíz del histórico sufragio en las Naciones Unidas que reconoce por primera vez los derechos de los homosexuales, y en el que Cuba votó a favor. Antes había visto a Mariela Castro en una entrevista, comentando la inminente votación y explicando la nueva política del régimen al respecto. Reflexioné entonces sobre cómo el homosexual y el comunista, en los albores revolucionarios, recurrieron a la misma técnica de tapiñado.

El "carácter comunista" de la revolución de 1959 fue hurtado de la vista pública a la manera en que el homosexual enmascara sus tendencias. La diferencia estriba en que, en el primer caso, se trató de una propensión política no declarada, y que los involucrados no arriesgaban más que el sentido de oportunidad.

Efectivamente, ser comunista era entonces un "defecto", e incluso llegó a juzgárselo un vicio y una falla del carácter. A veces se lo tachó de "vergonzante" y de "criminal". Por ese motivo se habló de una "revolución sin ideología", con lo que se quiso decir "sin definición". Aunque los comunistas debieron ser cautelosos a la hora de destaparse, no corrieron nunca verdadero peligro.

La primera crisis del proceso definitorio sobrevino como consecuencia de la sospecha, expresada por Huber Matos, de que el movimiento revolucionario ocultaba una "mancha", o una "marcada tendencia". Inmediatamente, los barbudos lo negaron, e incluso se declararon contrarios a sus propias inclinaciones, rechazando vehementemente ser quienes eran. La manera en que lo hicieron no fue muy distinta de como, en la época de las UMAP, los homosexuales debieron negarse e inculparse.

Lo que quiero decir es que existen afinidades entre los fenómenos en cuestión, quizás porque los comunistas se arrogaron el estigma delictivo y el elemento "represor" implícito en la experiencia homosexual. Esas apropiaciones son la manera en que una ideología se incauta de los contenidos de grupos afines y los recombina en nuevos mecanismos de Poder. Algunos modelos de conducta expropiados son los del artista, el gángster y el inconforme. La revolución encarnó esos tipos. Lo homosexual aportaba el valor mimético de lo subrepticio.

Un nuevo avatar

Al abordar el aspecto mimético y subrepticio del castrismo, debemos comenzar por la descripción de su dispositivo mutante. El lector recordará que, en los 90, el régimen apareció cantando como John Lennon, que se dejó la melena, tocó guitarra eléctrica y ocupó los parques donde había escenificado sus "recogidas"; y que, por la misma época, se volvió lezamiano, engordó, preparó postres criollos, rescató volúmenes de versos y una gran novela. Hace sólo diez años fue Peter Pan, saltó, brincó y fue a Disneylandia (¡fue Disneylandia!), y vivió en una casita de caramelo en la Sagüesera. Que hoy sea mujer no es nada extraordinario, y podría tomarse por el menos problemático de todos sus avatares.

Pero no hay que engañarse. En la persona de Mariela Castro, el castrismo aparece por primera vez como allegado, como hija, como ser querido. En su aspecto simbólico, Mariela es el castrismo castrado, capaz de mentir, de estafar y escamotear "como mujer". Es decir: se encomienda a una mujer la tarea de propagar falsedades y de repetir una narrativa revolucionaria que resulta demasiado degradante en boca de hombres.

Pero hay algo peor: se confía esa tarea a Mariela, más que como mujer, como "maricón" (que para el homófobo es la representación subrogada de lo femenino). El maricón y la Iglesia son los últimos recursos, a cargo de la postrera "mariconada".

El transformismo revolucionario en el siglo XXI adopta cariz transexual. Lo que antes operó a nivel de Partido y de ideología, hoy está subsumido en el efecto total transgenérico. Si el Estado era el Gran Bugarrón, Mariela encarna una política de ingeniería genética: son los Castro quienes se someten a cirugía radical, quienes cambian de sexo y abandonan definitivamente el closet. En las líneas de la frente, en el dibujo de la boca, aflora por fin el secreto de la Revolución cubana. El comunismo de estirpe raulista ya puede presentarse como álter ego.

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