Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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Censura

Medio siglo de maniqueísmo

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El maniqueísmo está de cumpleaños en Cuba este 16 de junio. La doctrina que propició la castración del pensamiento cívico de la nación en 1961, durante los encuentros del entonces primer ministro Fidel Castro con un grupo de intelectuales y artistas en la Biblioteca Nacional, cumple hoy medio siglo.

Si al explicar la mezcla del bien y del mal, Manes atribuyó la creación a dos principios intangibles, uno bueno, que era Dios y la luz, y otro esencialmente malo, el Diablo y las tinieblas, Fidel Castro utilizaría la teoría maniquea para crear una sociedad nueva, asignándole tareas concretas en su construcción a Dios y al Diablo. La divinidad, para los revolucionarios y, lo diabólico, para las disidencias.

"¿Cuáles son los derechos de los escritores y los artistas revolucionarios, o no revolucionarios?", se preguntó el primer ministro hace medio siglo, ante el auditorio de la Biblioteca Nacional.

Y se respondió: "Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, ningún derecho".

Pero la frase suya que justificaría la construcción de cárceles, paredones, apedreamientos, defenestraciones, no la pronunció el 16, sino una par de semanas más tarde, el 30 de junio de 1961, en el discurso llamado Palabras a los intelectuales. Allí dijo: "Teníamos mucho interés en estas discusiones, y creo que lo hemos demostrado con eso que podría llamarse una gran paciencia".

¿Tendrían aquellos tres encuentros en la Biblioteca iguales propósitos a los de la marcha de ocho días desde Santiago de Cuba hasta La Habana, tras la partida del dictador Fulgencio Batista, la madrugada del 1 de enero de 1959?

Esta interrogante entraña otra: si los convocados eran meros amanuenses, acaso un puñado de poetas, novelistas y pintores entre una gavilla de extraviados en el narcisismo burgués, incapaces de escalar las cimas del espíritu (menos aún de arremangarse en la cosa pública, según sostuvo Ernesto Che Guevara), ¿por qué el poder armado de una zanahoria y un garrote los había hecho venir ante él?

Una posible respuesta estaba en la tentación del mecenazgo. Fidel Castro avisó a los presentes: "Hay también la idea de organizar algún sitio de descanso y de trabajo para los artistas y los escritores (…) Un barrio o una aldea en medio de los pinares (…) Estábamos pensando en establecer algún tipo de premio para los mejores escritores y artistas progresistas del mundo".

Sin embargo, aquellas promesas no conseguían desplazar el miedo. Tal como recuerda, desde el exilio, el cineasta Orlando Jiménez Leal: "Allí la gente fue con mucho miedo. Desde el principio, Fidel Castro dejó claro lo que era el poder totalitario y los límites de la libertad que nos ofrecía. Con la prohibición de PM trataron de terminar no con un problema, sino con varios."

La censura del corto PM, de Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, solo elevaría el tono del S.O.S. ante el estalinismo inminente en la Isla.

En marzo de 2005, luego de narrar sus intercambios con Hemingway, Lisandro Otero diría a este corresponsal: "Fue un alivio cuando, en las palabras introductorias, Osvaldo Dorticós dijo que la cultura debía servir al pueblo con todos sus cauces y matices. Esa fue la primera afirmación inclinada a la apertura".

Pero, ¿es que en realidad se abrían puertas? A la frase maniquea de "dentro de la revolución, todo" y "contra la revolución, ningún derecho", Fidel Castro añadió la que, ya por medio siglo, ha servido de patente de corso para el exterminio de todo disentimiento: "Frente a los derechos del pueblo, los derechos de los enemigos no cuentan".

Según Roberto Fernández Retamar, en su ensayo Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba, "al final de esas reuniones, en las que muchos hablaban copiosa, y no siempre lúcidamente, Fidel pronuncia el discurso (…) en que afirma que la revolución no implantará norma alguna en cuestiones de arte, no existiendo más limitaciones para este que la propaganda revolucionaria".

Con más ocupaciones oficiales que culturales, Fernández Retamar debió de estar enterado de una perogrullada cruel: la censura de PM fue el primer trueno de una tempestad que ya dura medio siglo. El más reciente afectado es el Premio Nacional de Artes Plásticas Pedro Pablo Oliva, no por ir contra la revolución, sino solo por decir lo que piensa.

Ojalá todos los premios nacionales de artes y letras, esos que no firmaron ni una sola palabra contra la anterior dictadura pero que no han dudado en apoltronarse en ésta, tuvieran el valor de apelar a sus pensamientos más íntimos, de seguro distantes de sus apologías y silencios. Pues, no solo las artes, sino hasta las ocupaciones más básicas como la caza, la pesca y el cultivo de la tierra, han sido tan normadas, valga decir segregadas por razones políticas, por aquello que un día se llamó revolución, que esta palabreja —revolución— ha perdido todo su significado.

En el remedo de elecciones de abril de 2010, 1.830.510 electores dejaron de votar, lo hicieron en blanco o anularon sus boletas. Entretanto, quienes no dudan en sacrificar su intelecto por ciertas prebendas no hacen más que aplaudir a las autoridades. Lástima que no comprendan que un día no tendrán cabida dentro de su pueblo.

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