Sábado, 16 de Diciembre de 2017
16:44 CET.
Sociedad

La otra mentalidad

En las recientes asambleas provinciales de balance del Partido Comunista de Cuba se ha venido repitiendo —machaconamente— un lema: "Es necesario cambiar la mentalidad y romper definitivamente la rutina".

En el informe político al XXVII Congreso del PCUS, su entonces primer secretario, Mijail Gorbachov, advirtió: "No podremos avanzar ni un solo paso si no aprendemos a trabajar de un modo nuevo, si no logramos vencer la rutina y el conservadurismo en todas sus manifestaciones, si perdemos la valentía de apreciar sobriamente la situación y verla tal como es".

En aquel entonces era impensable lo que ocurrió después, pero han pasado 25 años y ahora se pueden analizar los acontecimientos en perspectiva y sacar algunas lecciones históricas del fracaso. Vale la pena preguntarse si el desmoronamiento de aquel sistema sobrevino porque los burócratas del Partido no aprendieron a pensar y a trabajar de un modo nuevo o si fue el cambio de mentalidad el que hizo el papel de espoleta en la implosión del socialismo real.

Lo que el segundo al mando del PCC, José Ramón Machado Ventura, entiende hoy como "cambiar de mentalidad" se resume, según sus palabras, en aumentar la exigencia, los controles y la disciplina, y en tener la vocación de analizar los problemas con profundidad, más allá del cumplimiento de los planes y las estadísticas administrativas.

Pero si la militancia de un partido ha sido conformada por normas selectivas que privilegian la obediencia antes que la creatividad, la lealtad a un hombre antes que la adhesión a una doctrina, la intolerancia con lo diferente antes que la aceptación de la diversidad, no será posible pedir de la noche a la mañana que se piense con cabeza propia, que se tomen decisiones audaces ni que se ejerciten nuevos métodos.

Si los cuadros del Partido de todo el país pudieran cambiar de mentalidad en virtud de un ejercicio voluntario, como aparentemente se les pide, estarían demostrando que en algún recóndito lugar de su cerebro, había un segmento agazapado que en un momento dado hubiera podido insubordinarse contra la propia forma de pensar predominante y subvertirla. Algo así sería imposible, y Gorbachov aprendió la lección en carne propia, demostrando la incapacidad del sistema y de sus cuadros de regenerarse.

Lo que sí parece viable es hacer la crítica a la forma de pensar que se quiere dejar a un lado, definir con claridad los defectos que se quieren superar, dejar de contar con quienes ya no pueden cambiar y, en el mejor de los casos, abrirle un espacio a las personas que ya tienen esa nueva mentalidad. Pero si se deja todo en el ambiguo lenguaje de las generalizaciones, cada cual creerá de buena fe que ya cambió en la dirección correcta y cuando pasados unos días se reúnan los del núcleo del Partido de la fábrica o los miembros de los comités municipales o provinciales, se mirarán los unos a los otros con las mismas caras que de costumbre y se dirán de sí mismos y de los demás, ¡miren cómo hemos cambiado!, y levantarán la mano unánimemente para aprobar las nuevas orientaciones.

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