Martes, 12 de Diciembre de 2017
20:40 CET.
Arquitectura

La Habana está de luto

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En La Habana de los años 50, una noche los muchachos de la familia esperábamos en la acera a los invitados a una de las famosas tertulias de mi tía Sara Hernández-Catá. Nos habían anunciado que vendría alguien muy especial. Nos sorprendimos sin embargo cuando vimos llegar un camión con un piano. Lo iba tocando, mientras cantaba a toda voz, el mismísimo Bola de Nieve. Con él se bajó un joven alto, guapísimo, que apenas reparó en la gente menuda allí congregada. Era Nicolás Quintana. Por mucho tiempo pensé que esa imagen de Bola, que parece salida de un cuento de García Márquez, era producto de mi imaginación. Hasta que Quintana, en una conferencia, hizo el cuento de cómo Sarita le había pedido que recogiera el piano y al famoso pianista.

Me reencontré con Nicolás muchos años después, cuando vino a dar una conferencia en la Universidad Internacional de la Florida.  Más tarde se sumó al claustro y tuve oportunidad de trabar con él una hermosa amistad. Recuerdo en particular un panel que organizamos sobre el centenario de la República para la reunión del Latin American Studies Association (LASA) del 2001 en Washington, D.C. Quintana habló de nuestra arquitectura. El salón estaba repleto. Muchos eran académicos de la Isla. Lo aplaudieron a rabiar y muchos se le acercaron a pedirle copias de su trabajo. Estaba feliz.

En FIU, Quintana desarrollaba un proyecto para la reconstrucción de La Habana. No era un ejercicio en el vacío. Tenía una red de arquitectos en la Isla que le enviaban información y colaboraban con él, al igual que sus alumnos  y colegas de FIU. Yo misma, en un viaje, le fotografié tramo por tramo la Calle Galiano.

En conferencias y maquetas, dejó constancia de la capital cubana que soñaba. La ciudad en que vivió la llevaba en la cabeza y en el corazón. Conocía cada calle, cada columna, cada edificio, el movimiento de la brisa, la forma en que se filtraba la luz. Podía andarla con solo cerrar los ojos.

Perteneció a una familia de arquitectos. Fue miembro de una generación que rompió con viejos moldes e incorporó tradición, modernidad y elementos cubanísimos en la construcción. Nicolás sin embargo era único. Un soñador realista. Un nostálgico que miraba hacia delante. Un profesor que siempre se sentía alumno. Un Maestro, con mayúscula, con la humildad y el entusiasmo de un joven.

En Miami no había conferencia suya que no se abarrotara. Le gustaba citar a Lezama, hablar de Fernando Ortiz, de Lydia Cabrera. Mezclaba la literatura con la arquitectura. Pero sobretodo, con la vivencia y el sentimiento. Por eso cada charla era igual y distinta. La base era siempre un recorrido por esa Habana que se llevó escondida en el equipaje cuando se fue de la Isla. Como la ciudad, sus charlas tenían tantas variaciones como una sinfonía musical.

Ganó premios y reconocimientos en la Cuba de su juventud, en el Caribe —Puerto Rico, Santo Domingo, Aruba—; en la América Latina —Venezuela, Brasil; y en Estados Unidos —Nueva York, Los Ángeles, Miami. De palabra elegante y sonrisa amplia, generoso para reconocer el talento de las nuevas generaciones, tenía amigos y admiradores en todas partes.

En los últimos años se vio necesitado de utilizar una silla de ruedas para moverse, pero por mucho tiempo ello no le impidió recorrer el recinto de FIU para ir a sus clases, o incluso a las de otros colegas. Siempre aceptó hablarles a mis estudiantes en el curso sobre Cuba que he enseñado varias veces en FIU. Los dejaba con deseos de saber más. Mientras tuvo salud, estaba en primera fila de muchas de las actividades del Cuban Research Institute (CRI) y de otras instituciones culturales y académicas.

Además de sus logros como arquitecto, profesor, conferencista, crió una linda familia. Hombre multifacético, era siempre el mismo, fiel a los suyos y a su ciudad.

Acabo de enterarme de que Nicolás Quintana ha muerto. Recuerdo al joven apuesto que conocí en mi infancia acompañando a Bola de Nieve, al colega, al Maestro, al amigo, al famoso arquitecto, al habanero que vivió siempre entre la memoria  y el sueño. Me vienen a la mente los versos de Martí, ¿por qué tiene luz el sol? También sobre la Isla debe haber en estos momentos una rara sombra. Uno de sus mejores hijos se ha ido sin regresar. Estamos de luto.

 

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