Domingo, 17 de Diciembre de 2017
21:59 CET.
El regreso del juego (II)

Llámalo 'burle'

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Poco después de tomar el poder, Fidel Castro prohibió el juego en la Isla. Durante medio siglo las apuestas y loterías pasaron a habitar el mundo de lo clandestino. Hasta que ahora vuelven a aparecer con la misma fuerza de antes. En esta serie, DIARIO DE CUBA presenta lo que ya es un hecho: la vuelta del juego a las calles de la Isla.

 

 

Roberto, de 53 años, cree posible que Raúl Castro legalice el juego de apuestas. "De momento no aparece entre los 178 oficios contemplados en el trabajo por cuenta propia, pero eso puede cambiar. La pasión por los juegos de apuestas aumenta. Es algo que el Estado debiera tener en cuenta", señala este hombre que a menudo se gasta 100 dólares bebiendo cerveza y comprando pacotilla.

El casino ilegal de Roberto, conocido popularmente como 'burle', está ubicado en una casona de un barrio de la otrora clase media habanera. Antes del mediodía, pequeños grupos de jugadores van llegando a su casa y hacen tiempo mientras charlan de la jornada anterior.

Es lo típico de un 'burle'. Cotilleo sobre la cantidad de dinero que puede llevar algún jugador en específico y comentarios sobre apuestas altísimas con un final espectacular.

Roberto saluda a los 'burliches', quienes pasan al interior del vivienda. Sobre las 12:30 pm rompe el casino. En una de las dos mesas habilitadas, se comienza a jugar 'longana', la variante del dominó que se practica con seis fichas.

Un ayudante carga un tablero cuadrado y pesado de cedro y en el patio trasero de la casa habilita una mesa en la que una docena de tipos con pinta de pillos y marginales, empiezan a tirar dados apostando fuertes sumas de dinero.

Es el juego que se conoce como 'silot'. Según Oscar, un viejo con gafas antiguas, los miles de orientales que han emigrado hacia La Habana, huyendo de la escasez y la falta de futuro en sus provincias, son los que han traído el 'silot' a la capital.

Roberto hace rondas por ambas mesas de juegos y cada media hora recoge el dinero recaudado por sus 'dealers'. "El 'silot' es el juego que más beneficio deja en un casino prohibido. Si la partida dura doce horas, bien me puedo embolsar tres o cuatro mil pesos (125 a 170 dólares), a veces más", explica mientras observa detenidamente cada detalle de lo que sucede.

Tres horas después de abierto el 'burle', siguen llegando jugadores. Roberto decide abrir otra mesa. Ahora son naipes. Tras colocar un inmenso paño de gamuza verde, seis jugadores inician una partida de 'trío'.

El 'trío' es una variante criolla del póquer norteamericano, y se juega con tres cartas viradas bocarriba en la mesa e igual número en la mano. Hay tres descartes y antes de que se pidan nuevas barajas, se hacen las apuestas.

El viejo con gafas antiguas, una especie de historiador, comenta que este juego fue creado en las prisiones de la Isla. La esposa e hijas del dueño del 'burle' aprovechan la oportunidad y, a precios exagerados, ofertan sandwiches, jugos, refrescos y batidos de frutas.

"No vendemos bebidas alcohólicas, pueden traer problemas cuando hay tanta gente apostando dinero", aclara Roberto. Dentro de la oferta gastronómica hay bocaditos de jamón, queso y chorizo a 25 pesos (un dólar). Arroz frito con un cuarto de pollo a 60 pesos (dos dólares y medio). Refresco sin gas a cinco pesos y batidos de frutas que se sirven en vasos alargados, a diez pesos.

A estos casinos clandestinos acuden personas de todas las categorías sociales. Desde tipos con aspecto digno de Lombroso, marginales de arrabal y rateros de poca monta, hasta gerentes de cafés en moneda dura y ladrones de cuello blanco que ocupan cargos de nivel.

Y corre el dinero. Un día mediocre para Roberto es cuando gana 1000 pesos (40 dólares). Pero son los menos. Por lo general tiene beneficios de 120 dólares en adelante.

Cuando Fidel Castro arribó a La Habana el 8 de enero de 1959, uno de sus primeros decretos fue el de abolir el juego. Con hachas y bates de béisbol, ciudadanos enardecidos destrozaron máquinas tragaperras y ruletas.

Como Castro, muchos cubanos no veían con buenos ojos los grandes casinos en hoteles habaneros controlados por la mafia de Estados Unidos, con el judío Meyer Lansky al frente. Tampoco la corrupción descarada de Fulgencio Batista, quien por debajo de la mesa recibía gruesos fajos de dólares a cambio de crear un ambiente propicio.

Es cierto. Pero la gente pobre de la Cuba profunda vestía guayaberas blancas de hilo, zapatos Florsheim de dos tonos, y los fines de semana apostaba en las vallas de gallos. También las amas de casa jugaban una calderilla en la lotería nacional, con la ilusión de ganar un premio que las sacara de la miseria.

Dos décadas atrás, a quien pescaran participando en juegos prohibidos podían tocarle entra tres y siete años de cárcel. Pero de una forma más o menos discreta, la gente siguió apostando dinero en 'burles' y loterías clandestinas. Roberto fue uno de los que sufrió prisión. "Cada vez que salía del 'tanque' volvía a lo único que sé hacer: el negocio de las casas de juego".

Aunque las leyes que pueden llevar tras las rejas a cualquier jugador siguen vigentes, la situación actual es muy distinta. "Hay muchos problemas, las cárceles están repletas y la policía ya no presta la misma atención al juego prohibido. Viran la cara para otro lado. Algunos aceptan gabelas para dejar correr el negocio", dice Roberto.

En 2011, a quien atrapen en un juego de apuestas le decomisan el dinero y le imponen una multa de 60 pesos (2 dólares). Esa tolerancia aparente de las autoridades, hace pensar a dueños de casinos clandestinos que las cosas pueden cambiar. "Quizás el gobierno legalice el juego", opina Roberto. Mientras, espera tomando cerveza y viviendo a lo grande.

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