Domingo, 17 de Diciembre de 2017
19:27 CET.
Opinión

Lo real, lo posible y lo deseable

El reciente Congreso del Partido Comunista de Cuba, con toda su grisura y su tufillo a epitafio anticipado —por ser probablemente "el último" en el que esté presente la llamada generación histórica—, ha dejado claramente demostradas algunas cuestiones que hasta este momento constituían motivo de especulaciones entre analistas de la realidad cubana: tras la mascarada reformista del "nuevo" presidente sólo se disimula la naturaleza conservadora del régimen, algo que no debería ser una sorpresa ni un misterio para nadie.

La esencia cuasi shakespeareana del dilema gubernamental (cambiar o no cambiar) radica en su propia naturaleza controversial e insoluble: un sistema totalitario no puede cambiar debido a que precisamente en los cambios está la génesis de su propia destrucción. La contradicción se acentúa si tenemos en cuenta que, irrefutablemente, urge introducir transformaciones que permitan un respiro a la arruinada economía y otorguen un tiempo de gracia a los señores de la hacienda para consolidar el control permanente sobre las parcelas, ya repartidas entre sus herederos y acólitos.

En este punto cabría preguntarse si realmente los dueños del poder creen en la posibilidad de la "renovación" de un modelo obsoleto o si sólo pretenden sembrar dicha creencia entre los más ingenuos esclavos de la plantación para alentarlos a la esperanza en medio de una espera infinita. Me inclino por lo segundo. Para ello se mantiene la retórica "revolucionaria", retocada con matices críticos que caen literalmente en tierra de nadie.

En el discurso oficial existe un grupo incorpóreo de acusados en el banquillo: "la burocracia", "la incapacidad de los cuadros encargados de hacer cumplir las orientaciones superiores", "el desconocimiento sobre el funcionamiento de la economía" y un prolongado y oportuno  etcétera que —una vez más— sirve para cubrir con un manto piadoso los pecados de la casta verdeolivo y su responsabilidad en la precipitada ruina nacional. Hubo una especie de velada autocrítica de ocasión, autocompasiva, autocomplaciente, superficial ("se me cae la cara de la vergüenza", dijo el General); una pose de falsa humildad. Pero nunca se explicaron qué causas impidieron que se realizara un Congreso después de los 13 años transcurridos desde el anterior, en total violación de lo establecido por los estatutos de la organización.

La sorpresiva declaración por parte del General del incumplimiento de los acuerdos dimanados de cada uno de los cinco congresos anteriores, ha sido interpretada por algunos analistas como una crítica velada a su hermano mayor. Ya sea cierta o no esta conjetura, tampoco se ha divulgado un documento oficial que refleje los cambios introducidos en los Lineamientos originales de la convocatoria al VI Congreso, se desconocen los acuerdos dimanados de éste y no se ofrecieron claras estrategias que garanticen que esta vez los nuevos acuerdos fantasma se cumplan en el término de cinco años, período establecido por los estatutos del PCC para la celebración del próximo congreso del partido único y tiempo señalado por el General para comenzar a recoger los frutos de su gestión al frente del gobierno.

Un aspecto interesante a analizar, más allá de las disposiciones oficiales y de la incuestionable voluntad de aferrarse al poder —como se refleja claramente, por ejemplo, en la composición del Buró Político, en el que resulta más práctico realizar dataciones radiocarbónicas que calcular las edades de quienes ocupan los más altos cargos— sería la capacidad real de controlar una situación eventual de "reformas" al interior de la Isla. Cuentan para ello con el monopolio sobre todas las estructuras económicas, políticas y sociales, con independencia de su obsolescencia; con la casi total orfandad cívica de la sociedad y con todo el aparato represivo a su servicio, listo para ser plenamente activado según su voluntad. Tienen en su contra el factor tiempo, el fracaso de medio siglo de experimentos —con su innegable merma de fe popular— y un panorama internacional poco favorable a las represiones dictatoriales.

Si se mira desde la perspectiva de lo posible, los próximos cinco años pudieran significar una oportunidad para los grupos alternativos que se han venido generando en el seno de la sociedad cubana desde la última década del pasado siglo con una discreta tendencia al crecimiento de nuevos fenómenos cívicos en los últimos diez años. Un proceso lento, como corresponde a sociedades sometidas a regímenes totalitarios, pero de signo progresivo, que pudiera constituir una brecha importante en el fomento de espacios democráticos si los opositores políticos, periodistas independientes, blogueros y disidentes de todas las tendencias aprovecharan con inteligencia los escenarios que pudieran dibujarse a partir de una mayor afluencia de nuevos actores económicos, relativamente autónomos, en los que pudiera subyacer el germen de nuevos intereses y el inicio de una movilidad social largamente frenada.

En tal caso, el desafío de los variados grupos que aspiran a cambios más radicales y efectivos que los que pretende implementar el gobierno, si realmente pretenden ganar espacios y movilizar voluntades, consiste en tratar de conciliar los intereses de amplios sectores sociales que encuentren en las propuestas alternativas una vía de realización personal y colectiva perdurable. Una tarea difícil de acometer en las condiciones cubanas y cuyo signo de base debería ser el carácter amplio e inclusivo de sus propuestas. En este sentido, no hay que desestimar el papel que también podrían jugar frente a eventuales procesos  de cambio algunos grupos de pensamiento reformista que hoy se mueven dentro de los "revolucionarios" y comienzan a emitir señales interesantes. En los próximos cinco años la disidencia deberá buscar consensos, alianzas y estrategias que le permitan superar el estatus de superviviente en un medio hostil, para lo cual deberán  registrar un crecimiento efectivo. Más allá de tendencias ideológicas, en su mayoría estos grupos comparten elementos mínimos indispensables: aspiraciones a una Cuba democrática, la visión de la necesidad de cambios para lograrla, la apuesta por una transición pacífica y gradual, y la voluntad de continuar trabajando en pos de esos objetivos. Ese podría ser un comienzo.

El VI Congreso ha constituido la consagración del estancamiento del sistema, una meta en sí mismo, quizás el canto de cisne del experimento comunista antillano. No hay renovación posible dentro de las estructuras caducas del régimen. El llamado socialismo irreversible no pasa de ser una consigna vacía de significado, y ha probado suficientemente su fracaso tras medio siglo de descalabros. Corresponde ahora a los ciudadanos convertir lo real y lo posible en lo deseable para la mayoría: una Cuba libre de dictaduras.

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