Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
13:57 CET.
Opinión

Cuba y el día antes

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La intelectualidad cubana, así en la Isla como en el Exilio, intenta de cuando en cuando imaginar el escenario más bien cómodo del día después. Después, se sobreentiende, de la Revolución.

Cualquiera tira su piedrecita de prosa futurista al respecto. Nuestro ejército de nostradamus nacionales reitera tópicos y estilos. Muerte del Líder Máximo. Sucesión por consanguinidad. Carencia de carisma en las altas esferas con un plus de corrupción a todo nivel. Decadencia desacelerada o caos súbito. Las hipotéticas protestas populares en copy-and-paste de internet. Ingobernabilidad insular. Y, por fin, esa intervención extranjera postergada no desde 1959 sino acaso desde 1933. Hasta aquí la saga del día después. Y, después del día después, el diluvio: se supone que una democracia a perpetuidad.

Estas predicciones de post-país, más o menos documentadas o fundamentalistas, sean involuntarias o ex-profeso, describen un arco ucrónico que va desde el espiritualismo patrio de Cintio Vitier hasta la praxis politiquísima de Carlos Alberto Montaner, pasando por no pocas entrevistas del propio Fidel Castro, la ingenuidad de los neo-socialistas pateados del PCC, y algunos panfletos de ciencia-ficción no menos risibles en su precariedad realista.

Yo también podría pasarme ahora de augur. Posar de pitonisa de cara a la posteridad, en una apuesta perdida de antemano porque, sabemos, la Historia no tiene modo subjuntivo. Y a la vuelta de los cambios cosméticos o cromosomales en Cuba, los de arriba siempre narrarán a su imagen y semejanza, desechando los ripios que no encajen en el consenso social.

Pero me pregunto si no sería más rentable rumiar la retórica del día antes, ese teatro de operaciones por el que, en principio, nadie tendría que esperar, pues parte de raspar a diario el monolito discursivo oficial, reduciéndolo casi sin querer a un aserrín inverosímil. El mayor despliegue de imaginación no consiste ya en la prestidigitación de quien atisba el horizonte (ese sería el estilo de un estratega militar con prismáticos), sino en leer sin miedos delante de nuestra nariz. El día antes es, ante todo, inmediatez. Y esa inminencia aterra a la inercia de nuestro repertorio mental.

Pensar el día antes hoy en Cuba significaría tener ganas de participar, de postular, de hacer Realpolitik con el Estado y no sólo con la prensa foránea, de nombrar las cosas y los traumas: los muertos, la memoria, ¿paz civil a costa de represión?, Latinoamérica como latrocinio o al menos un vecino violento, ¿ventajas de la Seguridad del Estado?, constitucionalidad versus venganza, ¿multipartidismo en ruinas?, la pesadilla de las propiedades perdidas, y un escabroso etcétera donde el cubano podría convertirse en caníbal del cubano. En fin, habría que dejar de hacer poesía estadística o del corazón, para ser sinceros aunque sea una vez no desde 1902 sino acaso desde 1492.

Pensar el día antes hoy en Cuba es, también, cuestión de una ciudadanía adulta que con el tiempo aprendió la conveniencia de no dejar de ser adolescente. Nadie desea vivir en una época que lo ha dejado atrás, desde el Máximo Líder hasta el mínimo cuentapropista. No tener nada que perder excepto sus cadenas tampoco es garantía de cambio (hasta en sus consignas más simplonas el marxismo se marchitó).

No sería ocioso recordar que, en aritmética elemental, sin plantar primero en el día antes, por supuesto, nunca reforestaremos un día después. La intelectualidad cubana lo sabe, pero, así en el Exilio como en la Isla, está más que dispuesta a llegar de última en esta carrera de steeple-chase contra el carril cansado de la Revolución. Nuestra vocación de testigos supera cualquier tentación biográfica. Como antes con la noción de comunismo teórico en los manualitos materialistas, la transición es ahora esa confortable tierra de nadie de la que todos hablan, pero nadie quisiera habitar.

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