Lunes, 18 de Diciembre de 2017
12:04 CET.
Opinión

Retrato de familia

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El Artículo 1 de la Constitución de 1976 dice que Cuba es un Estado socialista de trabajadores organizados "con todos y para el bien de todos, como República unitaria y democrática para el disfrute de la libertad política, la justicia social, el bienestar individual y colectivo y la solidaridad humana".

Archiconocido resulta que en Cuba los fusilamientos, la cárcel, la exclusión social y los actos de repudio por el disenso político desde hace más de 50 años hacen de tal artículo un chiste más que un enunciado constitucional. Los muertos, tanto de uno como de otro bando, caídos cuando los sucesos fraticidas de Bahía de Cochinos en abril de 1961, son más congruentes con el Artículo 1 de la Constitución que quienes hoy rigen los destinos de Cuba en nombre del socialismo.

Documentos oficiales revelan que la Brigada 2506 fue integrada por un mosaico de las capas sociales de la época, y de quienes la enfrentaron y murieron, según la edición especial del periódico Juventud Rebelde, se sabe que sus últimas ocupaciones fueron mayoritariamente las de jornalero, carpintero, zapatero, albañil, chofer, obrero agrícola, mecánico.

Pero el desmentido más fehaciente al concepto constitucional del Estado socialista cubano y de su dirigencia, más cercana a una cofradía que a una vanguardia, se produjo la pasada semana, con la "elección" del Comité Central del Partido Comunista (PCC).

Un general de ejército, dos comandantes de la revolución, siete generales de cuerpo de ejército, 12 generales de división, un vicealmirante y una ristra de ministros, viceministros, jefes y jefazos componen el flamante Comité Central de los comunistas cubanos. No hay lugar en él para un campesino, ni para un albañil. No hay lugar para un mecánico tornero como el ex presidente brasileño Luis Inacio Lula da Silva. No hay espacio para un soldado ni para un policía. Incluso, entre tantos encumbrados, no hay sitio para tenientes coroneles como el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, o el candidato a la presidencia de Perú, Ollanta Humala.

Tal parece que con la inclusión de una maestra de escuela y una directora de hospital pretendieran socializar lo insociable.

"Si toman los automóviles de todos esos generales, ministros, directores y primeros secretarios, fácilmente se puede montar una empresa de taxis, lo cual sería muy beneficioso en este país, en el que la gente no tiene en qué transportarse. Y si toman todas sus casas y las sedes de sus instituciones, no le quepa duda de que darán cobijo a miles de cubanos carentes de un techo. ¡Por favor, de qué socialismo hablan!", dice un sociólogo.

"Que en cualquier lugar del mundo desarrollado un general o un ministro tengan los automóviles o las casas que les venga en gana, correcto, es su mundo. Pero el caso es que estamos en Cuba y esta gente se dice comunista", dice un estudiante universitario.

"Socialistas… continuidad histórica de la revolución… ¿pero cuál continuidad defienden, la de los centrales azucareros desmantelados, la de los hospitales desbaratados, la del campo abandonado? ¿Quién condujo a todo esto? Porque toda esa destrucción tiene nombre y apellidos. Aquí un grupo, mejor dicho, una clase, más que la continuidad histórica de eso que llaman revolución, está defendiendo su propia continuidad, y ese es el resultado de la composición del Comité Central, una trinchera; ellos están atrincherándose, tienen cuantiosos intereses que defender, de ahí la ausencia de pueblo y el exceso de generales", dice a DIARIO DE CUBA un analista de temas políticos.

Según el general Raúl Castro, el Comité Central es el organismo superior de dirección partidista, al que corresponde el control de la política trazada y los programas de desarrollo económico y social del país. El PCC cuenta con unos 800.000 militantes en unos 61.000 núcleos, pero la base está pobremente representada. Luego, ¿cómo el Comité Central podrá ejercer su función, si por su composición tiene más semejanza con una empresa de accionistas que con un aparato de dirección socialista colegiada?

"Raúl dijo que nosotros dejamos de actuar por temor a equivocarnos. Eso no es cierto, aquí todo el mundo sabe que las decisiones superiores llegan y no se discuten. Le voy a poner un ejemplo: teóricamente, una Unidad Básica de Producción Cooperativa cañera tiene su administración elegida y aprobada por los asociados, quienes deberían aceptar o rechazar las decisiones estratégicas, pero en la práctica eso no es así. Vienen y le dicen: 'venda esas cosechadoras, que nosotros le vamos a cosechar la caña', y usted tiene que vender porque le dijeron que vendiera", dice el directivo de una granja cañera, quien pide el anonimato.

Al presentarse en la sesión final del VI Congreso del PCC, se vio muy desgastada la salud de Fidel Castro. El general Raúl Castro dijo que todos sabemos, con o sin cargo, que "Fidel es Fidel"; pero con 85 años uno y 80 el otro qué puede esperar el pueblo de Cuba de los hermanos, a quienes parecen quedarle, como un traje muy mal cortado, diez años más en el poder, dadas sus reservas física.

Cuarenta y nueve años entre militares, siendo su carácter dado al ordeno y mando, han hecho del actual primer secretario del PCC un ser convencido de las prácticas castrenses. Pero ya lo dijo Martí a Gómez: "general, una nación no se manda como un campamento". Más le convendría al general presidente y primer secretario hacer una exploración por todo el país, de la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio y, congruentemente con el Artículo 1 de la Constitución de la República, escuchar a todos, incluso a los que nunca quiso oír.

Abierto al diálogo, de seguro escuchará opiniones honestas, de más provecho que todos los consejos del generalato y de algún que otro ministro oportunista pues, en definitiva, un general no puede enseñar a cultivar frijoles, ni un secretario del Partido graduado en política a levantar una pared de ladrillos. Sin olvidar, claro está, que un doctor en Derecho suele ser un pésimo político si permanece más de cuatro u ocho años en el cargo, mientras que un general se convierte en un tirano en el mismo instante en que se embolsa en la guerrera toda la nación junto a la letra y el espíritu de su Constitución.

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