Martes, 12 de Diciembre de 2017
16:14 CET.
Opinión

Mahoma y la máquina

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Aunque hablemos de "revolución digital" y de "revolución tecnológica", seguimos considerando separadamente el ámbito de la máquina y el de la revolución. Deberíamos concebir, en cambio, la posibilidad de que las máquinas hayan comprado las "acciones" de lo revolucionario, es decir, que hayan cooptado la praxis y que estén llevando a cabo su propia versión de la revolución.

Nos veremos en aprietos para explicar las más recientes revoluciones del mundo árabe si intentamos dilucidarlas con las categorías superadas de "bueno y malo", de "opresores y oprimidos", aferrándonos con uñas y dientes a las viejas "contradicciones sociales".

¿Cómo hablar de opresión, en el sentido clásico del término, cuando los oprimidos empuñan teléfonos móviles? Sus transmisiones han secuestrado la red informática con mensajes contradictorios. Aquí aparece el vasallo en posesión de tecnología de punta. La máquina viene a ser otra vez bolchevique: un tren blindado, pero portátil.

En el futuro, Mubarak y Gadafi serán vistos como beduinos y pastores por la paz de una era pre-digital. El hecho de que los peor dotados —los tunecinos, los yemenitas y los libios— ensayen la revolución cibernética debería ponernos en guardia. ¿No debió ocurrir esta revolución en los países más avanzados? ¿Pudo equivocarse Marx dos veces?

La hégira de las máquinas espirituales

Junto al concepto de revolución tendríamos que colocar hoy la idea de recursión, que, según escribe Ray Kurzweil, en su libro La era de las máquinas espirituales, "es un poderoso método que permite definir la solución de un algoritmo en sus propios términos (in terms of itself)".

El "poderoso método", aplicado al problema revolucionario, nos descubre que la revolución no obedece más a condicionamientos externos (decadencia, opresión, desigualdad, lucha de clases) sino a su propio "mecanismo" intrínseco: la revolución es un caso especial de recursión.

No se trata tanto de la revolución de Marx o Guevara como de la anunciada por Ray Kurzweil, cuyo principio rector tampoco es el "materialismo histórico", sino la Ley de Moore (Gordon Moore, el inventor del circuito integrado y directivo de Intel, predijo el incremento exponencial de los transistores de circuito). Es decir, una revolución que se desentiende de los "oprimidos", porque la auténtica opresión es el límite de miniaturización. Sin el reto a ese límite, los pobres no tendrían nada que comunicar.

La revolución comienza, entonces, con la aceleración de la técnica, no de la Historia. "Cada dos años se puede meter el doble de transistores en un circuito integrado", explicaba Kurzweil en 1990, "lo cual equivale a duplicar la cantidad de componentes del circuito y su velocidad".

Las máquinas se regalan a sí mismas, por así decirlo, una revolución. Ese regalo extravagante marca su entrada a la adolescencia, un hito en su desarrollo, sus "Quince". Durante la última convulsión hormonal sobrevinieron los motines en Túnez, Egipto y Libia.

Comprendemos ahora que no hay revoluciones obreras, sino revoluciones espirituales de los medios de producción de realidad. Sería absurdo pensar a estas alturas que los obreros fuesen capaces de crear por cuenta propia nada menos que la mercancía más preciada, el fetiche por excelencia.

Que hable Herberto Marcuse

The developing technological reality undermines not only the traditional forms but the very basis of artistic alienation –that is, it tends to invalidate not only certain ‘styles’ but also the very substance of art.

Si substituyéramos las palabras artistic y art por la palabra "política" en la traducción del párrafo anterior, leeríamos lo siguiente:

"La realidad tecnológica en curso no sólo subvierte las formas tradicionales, sino la misma base de la alienación política —es decir que tiende a invalidar no sólo ciertos 'estilos' sino la propia sustancia de la política".

Ahí está explicado nuestro desfase político-tecnológico. La segunda cita, tomada también de El hombre unidimensional, es más desconcertante:

The term 'decadent' far more often denounces the genuinely progressive traits of a dying culture than the real factors of decay.

Un párrafo que puede traducirse de manera literal, y de manera figurada:

"El término 'decadente' denota con mucha más frecuencia los rasgos genuinamente progresistas de una cultura moribunda que los factores reales de (su) decadencia".

De manera figurada, sugeriría que el Islam tuvo que esperar por la revolución espiritual de las máquinas para alcanzar por fin el estadio crítico conocido como Ilustración, que tanto se ha echado de menos en su desarrollo. Al entrar en crisis y enfrentar la "decadencia", el Islam estaría pasando por una fase de iluminismo tecnológicamente provocado, y dando a luz un Islam sin dios, con la consiguiente dosis de Terror que acompaña tales alumbramientos.

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