Martes, 12 de Diciembre de 2017
11:12 CET.
Opinión

La 'priización' del PCC (II, final)

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Las reformas y su ritmo, comentados en este VI Congreso, expresan clara y ejemplarmente las necesidades perentorias para rearticular, en tiempo suficiente, el poder de aquellos mismos que lo han ejercido por más de 50 años.

La desesperación mundial para que algo se mueva en Cuba —muy visible en medios de comunicación, en ámbitos diplomáticos y en algunos gobiernos— ha llevado a una sinfonía de aplausos tempranos y ruidosos en relación con las reformas. Aquí hay algo parecido al Síndrome de Estocolmo: un mendrugo de pan, en medio de un campo de concentración, al borde de la inanición de los concentrados, es todo un progreso y una muestra positiva de voluntad humanitaria.

Se puede y debe conceder esto: tomadas individualmente, las reformas son positivas. Pero su significado más claro es el de mostrar y demostrar que cuando se da un paso en dirección de la economía, esta funciona. De manera que el Congreso no definió lo que es fundamental: el cambio de las estructuras económicas, en la propiedad de la tierra, en la liberalización del trabajo en las empresas económicas del Estado, en la apertura a la gestión pública de las empresas, y en la licitación abierta con preferencia para que los trabajadores adquieran acciones, en medio de una economía de mercado y tras un plan abierto y estratégico. Por el contrario, el Congreso se decantó por un capitalismo mercantil al contado, alrededor de la compra-venta, los salarios deprimidos y la renta del Estado; en detrimento de un capitalismo productivo, moderno, basado en la gestión de los servicios, la economía del conocimiento y la apertura a la información global.

En tal sentido, el VI Congreso del Partido Comunista deja definido claramente que, en lo adelante, tendremos un gobierno de minoría para beneficio de una minoría. A menos que se siga pensando en la capacidad taumatúrgica del pensamiento mágico —el pensamiento que primó en este Congreso, lo que asegura el fracaso de unas reformas que exigen proyección estratégica, sentido realista y mentes más maduras— no hay manera de demostrar que el usufructo de la tierra, la economía privada en la infraempresa mercantil, los altos impuestos, el mercado laboral cautivo y la eventual compra-venta de la vivienda puedan beneficiar a las grandes mayorías, en medio de una economía altamente endeudada, con bajos niveles tecnológicos, de pobre entramado empresarial y sin ahorros ni capitalización suficientes. De cualquier manera, muchas de estas reformas solo eliminan prohibiciones permanentemente burladas. Lo que es saludable porque el intento sistemático de impedir algo intrínsicamente imposible es una empresa corruptora. 

Esta apertura al capitalismo comercial, incapaz de aprovechar ese boom de las materias primas que beneficia a las principales economías latinoamericanas, es un regreso a la economía mercantil del siglo XIX combinado con prácticas neoliberales de fines del siglo XX, tanto en el mundo de las finanzas —al inquilino que no pueda pagar la electricidad simplemente se le corta— como en la reestructuración del empleo —los trabajadores serán lanzados a la calle a competir, sin opciones ni subsidios compensatorios, en una estructura económica limitada a 178 oficios.

Todo lo anterior se produce en medio del abandono de una agenda socialista, en la que el beneficio se determina a partir de la estructura social, para adoptar una política asistencialita —en una imitación grosera de Estados Unidos— en la que la ayuda es personalizada. Y el siglo XXI debe esperar.

Desde la realpolitik, esto merece aplausos. Desde un proyecto de nación, solo merece críticas. La cuestión para la mayoría de los cubanos no es hacer del movimiento del gobierno cubano una virtud. A fin de cuentas, a todos los gobiernos siempre se les recuerda, de un modo u otro, que están ahí para que hagan algo. Para nosotros el dilema es el de aquilatar si ese movimiento se hace en la dirección indicada, del modo correcto y al ritmo necesario. Si en las utopías el tiempo no cuenta, una vez que estamos despiertos el tiempo comienza a importar. Y podemos darnos cuenta que lo hemos perdido. 

¿Qué perfiló definitivamente este Congreso? El retiro del Estado-providencia en beneficio del capital extranjero, del Estado corporativo y de ciertos intereses razonables. Nada más.

Se acelera así, con más rapidez, la cuenta progresiva de los perdedores. En primer lugar, los ciudadanos. En la medida que el Partido Comunista se desentiende de las responsabilidades administrativas para autoproclamarse como poder moral, se sigue destruyendo la capacidad de los ciudadanos para definir democráticamente y en libertad los marcos de su propia convivencia en el plano político. Un partido que racistamente sigue considerándose como superior desde la Constitución misma —la única constitución, por cierto, de las consultadas por mí, que con desenfado dice que un grupo humano es superior a los restantes grupos humanos. Semejante sacralización moral del PCC, sin fundamento alguno en sus prácticas de 50 años, es realmente peligrosa, nos acerca políticamente al Irán de los Ayatólas y da cobertura teocrática a la irresponsabilidad de aquellos que ejercen una dualidad de funciones en el Partido Comunista y en el Estado.

En segundo lugar, la cuenta progresiva de los perdedores atrapa a la tercera edad de la revolución. Los ancianos son los grandes perdedores en esta reestructuración, y esto parece obvio. La pérdida mayor para ellos es, sin embargo, moral: observar cómo la tensión entre actitudes y valores, siempre presente en los asuntos humanos, es zanjada a favor de las actitudes pragmáticas y contra los valores inculcados debe ser psicológicamente destructiva para gente que voló por encima de los sueños.

En tercer lugar los trabajadores. Favorecer a las clases medias puede ser visto como modernización. Esto, siempre que la modernización se base en una reestructuración económica que dé la oportunidad a los trabajadores de seguir siendo trabajadores, además de cuentapropistas.

En cuarto lugar, atravesando esta cadena enredada de perdedores, están los negros. Ellos no tienen ahorros ni son, en su mayoría, recapitalizables por los inversionistas extranjeros. No tienen casas ni autos que vender, ni dinero con que comprar bienes duraderos. Muchos se encuentran en las prisiones, o son candidatos a ingresar en ellas si son atrapados por las redadas esporádicas y entusiastas de la policía; son marginales por marginados y no despiertan interés, excepto el que combina lo erótico con lo exótico, para los intereses extranjeros que se mueven con velocidad a jugar golf. A lo sumo, pueden servir bien para la construcción de marinas y campos de juego, reproduciendo la estructura racial de este capitalismo batistiano que se recupera como amarga ironía de la historia. Y los negros son, más o menos, la mitad de la demografía cubana.     

Para esta cadena de perdedores el VI Congreso tuvo dos ofertas. Un discurso retórico que se aferra a las palabras tradicionales de control mental, social y político de la sociedad —y todas tienen que ver con los conceptos del socialismo y del nacionalismo—,  para garantizar que el poder pueda recircularse en la misma elite. Este discurso revolucionario, que confunde la Revolución con quienes la hicieron, no pudo elevarse a las cotas líricas del pasado —buscando apoyo en el pensamiento racista e integrista de Cinto Vitier—  pero perseveró en su intento de romantizar épicamente la acción para mantener el entusiasmo de forma permanente, de modo de conseguir que los que aún se consideran revolucionarios se sigan levantando, día tras día, con la misma disposición para las nuevas tareas. Hasta dónde logrará impacto esta oferta repetida es cuestión de tiempo.

Y a juzgar por la aceleración del tiempo, las posibilidades indican una tendencia: la conversión rápida de los revolucionarios en ciudadanos. Frente a estos el VI Congreso ofreció, en toda su crudeza, un discurso autoritario, ese que empieza cuando se intenta justificar; cuando aparece con nitidez el agotamiento físico y emocional de las energías utópicas de una sociedad. Para los ciudadanos, el VI Congreso no empleó —no podía— su poder de persuasión, sino su capacidad de justificación y de infundir miedo. Como todo discurso autoritario y amenazante, aquel se puso a la defensiva para pretender explicar por qué el propósito utópico de la revolución ya no está. Quiso sujetar a los ciudadanos transfiriendo la culpa a los Estados Unidos y amenazando a aquellos con el castigo severo. Hizo, hasta cierto punto, una apropiación revolucionaria del discurso contrarrevolucionario para preservar el poder y liquidar a sus adversarios. 

La primera víctima de esa política de solución final, después de legitimada desde lo más alto del Estado y del Partido Comunista en el VI Congreso, se llama Sara Marta Fonseca Quevedo, una vieja víctima de un gobierno que se dice nacionalista, pero que se pone del lado de intereses extranjeros frente a los mismos intereses solo porque son cubanos; y que insiste en llamarse socialista, mientras se niega de plano a poner las empresas en manos de los trabajadores. Es duro observar el linchamiento de la integridad física y moral de una persona en nombre del socialismo, cuando este solo enmascara la movida violenta hacia el capitalismo.

Para los que entienden que Cuba es solo un país en crisis que exige un reajuste de enfoques y una definición más o menos oscura del rumbo, el VI Congreso del Partido Comunista puede ser considerado un interesante punto de partida.

Pero para los que entendemos que Cuba es un país fallido que requiere un reajuste de enfoques, una redefinición clara del rumbo, forjar las bases de un nuevo contrato político y establecer una nueva claridad moral, el VI Congreso del PCC es una mera oportunidad para alcanzar la felicidad en los términos que la describía un analista político: hacerse el tonto y tener un par de artefactos. Los que puedan.

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