Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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Opinión

La 'príización' del PCC (I)

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Si el 13 de septiembre de 2010 se consuma la liquidación de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) como representante genuino de los trabajadores, el 19 de abril de 2011, fecha de clausura del VI Congreso, testimonia la ruptura del Partido Comunista de Cuba (PCC) con cualquier sentido estratégico de nación. Allí donde la CTC se mujaliza*, el PCC se actualiza siguiendo el modelo del Partido Revolucionario Institucional (PRI), anterior a la reforma democratizadora en México. No es de extrañar por tanto la falta de entusiasmos ciudadanos.

Ambos procesos internos están conectados en profundidad. No es mi propósito desde luego describir aquí los caminos paralelos que siguen la CTC y el PCC, pero para lo que se nos viene encima en términos políticos, económicos, sociales e históricos creo importante destacar el nuevo tipo de conexión príista que se establece entre ambas instituciones: la CTC se define claramente como el mecanismo de control sobre los trabajadores en manos de un partido sin ideología, aceleradamente pragmático y anclado al poder. Los privilegios, los beneficios y el castigo son los medios propios de este control.

Se me dirá que siempre fue así, por supuesto. Sin embargo, existía una realidad de la apariencia, fundada en la idea de un partido cuya esencia y sustancia ideológicas provenía de los trabajadores, y de una CTC que representaba concretamente los intereses y las necesidades de aquellos frente a la pérdida posible de las "armonías naturales" entre administración y mundo del trabajo.

Por ejemplo, cuando los trabajadores de Antillana de Acero, una vieja empresa situada al sureste de La Habana, discutían con la administración en torno a sus necesidades e intereses afectados, lo hacían bajo la ilusión de que eran el sujeto fundamental de un partido político en control absoluto del Estado. La CTC se situaba de este modo en medio de esa tensión, "velando" por el equilibrio entre sus dos lealtades básicas: el partido-Estado y los trabajadores. Pero cuando los trabajadores de la Empresa de Telecomunicaciones SA (ETECSA) pueden ser convocados para funciones paramilitares, la CTC solo tiene la misión de recordarles que si no acuden a la convocatoria pueden ser castigados con la pérdida de beneficios y privilegios, incluyendo el puesto de trabajo mismo. Con los trabajadores de Antillana observamos, todavía, un vínculo de clases; con los de ETECSA vemos ya una relación estrictamente clientelar. 

Esta transición —para el futuro de Cuba resulta esencial entenderla— queda completada con el VI Congreso del PCC recién concluido. Por lo que en términos ideológicos podemos decir, con toda propiedad: adiós al Partido Comunista.

Partido Comunista Institucional es el nombre ajustado para este que nace el 19 de abril de 2011. En rigor, estamos de cara a una transformación fundamental. Y digo fundamental, no necesariamente positiva, porque dicha transformación institucional intenta empezar por donde terminaron, históricamente hablando, los partidos comunistas en los antiguos sistemas totalitarios de la Europa Central y del Este, y por donde concluyó el Partido Revolucionario Institucional en México. Transformación más cercana al PRI que a aquellos partidos en tanto comienza sin doctrina ideológica. Priización del Partido Comunista podría entenderse entonces así: control del poder y de los intereses, más otorgamiento de beneficios corporativos a todos los que muestren  palmariamente sus lealtades. Limitar los términos que no la extensión del poder  —solo un índice de democracia si va acompañado de muchos otros requisitos democráticos, como la propia existencia del PRI demostró—  es una apuesta en la dirección de lograr la dictadura perfecta que experimentó México. 

¿Qué sale de este Congreso? Dentro del esquema del "socialismo real", pasamos del Estado totalitario al Estado corporativo. En él, el PCC es la corporación mayor que invita a la mesa del poder a corporaciones e intereses menores, sean internos o externos, para establecer una alianza asimétrica pero en la que todos los invitados pueden gestionar sus autonomías y satisfacer sus intereses, a condición de no contestar la legitimidad del poder, de no discutir los fundamentos del Estado y de establecer una relación crítica que no invada el campo de las decisiones políticas. 

La referencia que hace Raúl Castro en el discurso inaugural del Congreso a todas las religiones, a todas las denominaciones y a todas las fraternidades es reflejo y compendio de un totalitarismo desmoralizado —que ya no puede aspirar a la representación social de la verdad—, pero que se niega a compartir el espacio público con otras verdades, y les ofrece un pacto: verdades privadas, silencio público a cambio de apoyo administrativo a intereses corporativos. Aquellas se convierten de tal manera, junto a determinados grupos intelectuales, en una pieza clave dentro de este nuevo Estado corporativo. 

Desde una perspectiva ideológica existe una muestra bien extraña de esta alianza: el llamado público que hizo la Iglesia Católica para que los cubanos —léase, los trabajadores— se pusieran comprensivos frente a las duras medidas económicas que tiene que tomar el gobierno. Un papel consistente con la naturaleza de la Iglesia Católica, y sin dudas más decente que el desempeñado por la CTC, pero totalmente incompatible con el rol y las expectativas de la sociedad cubana. Que los conservadores cubanos vengan en ayuda de los revolucionarios, supuestos o reales, es algo más que la clásica pinza griega, que describe la unión de los extremos ideológicos para bloquear las posibilidades al centrismo político.

Dentro de este nuevo Estado corporativo, la militarización del Estado a través del partido y de los intereses es más visible. Ocho de los 15 miembros del Buró Político son militares, y todos tienen intereses económicos específicos. Las fuerzas armadas ya no asumen solo un papel en la defensa de la soberanía, sino que legitiman y defienden una red de intereses económicos que se han venido fraguando, al menos desde hace 20 años, en una especie de capitalismo de secuaces. Los militares constituyen la pieza clave de este nuevo tipo de Estado, y son, por razones obvias, los más fortalecidos por el VI Congreso.

La tercera pieza son los intereses económicos extranjeros. Lo específico aquí no va por las posibilidades de inversión en una economía que está ávida de capitales, sino por las posibilidades y seguridades que esos intereses adquieren para definir la estructura socioeconómica del país sin la participación, perturbación e injerencia posibles de los ciudadanos cubanos. Adquirir la propiedad de activos cubanos casi a perpetuidad, junto al desarrollo en Cuba de maquiladoras —proyecto que se cocina para la zona del Mariel, al oeste de La Habana—, constituyen prototipos de una corporativización de la economía cubana que adquiere fuerza e impulso políticos con el VI Congreso, el cual funcionó, a su vez, como aliviadero psicológico para cualquier rastro de mala conciencia que pudiera quedar por la rara asociación,—rara para quienes siguen pensando y hablando de socialismo— entre el capitalismo global y los "revolucionarios" cubanos.  

El VI Congreso del PCC propuso únicamente, y en congruencia con su naturaleza, una rearticulación del poder, y no una rearticulación del proyecto de nación. Es por eso que no conecta estratégicamente con las necesidades estructurales de Cuba.

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* Mujalismo, por Eusebio Juan Salvador Mujal Barniol, quien fuera secretario general de la Confederación de Trabajadores Cubanos de 1947 a 1959, es decir en época de Fulgencio Batista. Fue Senador por dos períodos y participó en la Asamblea Constituyente de 1940. Un político de triste figura para el movimiento sindical. Se entiende por mujalismo en Cuba la tendencia sindical que responde más al poder político que a los intereses de los trabajadores.

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