Jueves, 14 de Diciembre de 2017
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Opinión

La república del embeleco

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La efeméride de la Constitución de Guáimaro renueva la ilusión de que lo escrito en un papel sobre los derechos del pueblo sirve para definir la república. Se vuelve a pasar por alto la contradicción de que la nación haya parido constituciones tan buenas y pasado, no obstante, por episodios históricos tan malos, desde la destitución de Carlos Manuel de Céspedes hasta el ascenso de Fidel Castro.

La constitución acordada el 10 de abril de 1869 en Guáimaro no impidió que Céspedes fuera depuesto el 27 de octubre de 1873, en contra de ella misma. Aquel día en Bijagual lo que valía eran las bayonetas de la partida mambisa de Calixto García, que apoyó la jugarreta del marqués de Santa Lucía y los demás de la Cámara de Representantes. Lo que vino después acaso ilustra ejemplarmente lo cubano en la política.

Céspedes anotó en su diario que se resolvió "coartar mi libertad, no solo negándome mi pasaporte, sino obligándome a estar en el lugar [de estancia del gobierno mismo] y [sin poder] escribir con libertad al extranjero, pues Mayeta, el correo, ha recibido orden de entregar al gobierno toda correspondencia (…) ¡He entregado abiertas hasta las cartas que escribo a mi esposa! (…) Todo es embeleco: es común el plan de atropellarme y mortificarme para bajarme el orgullo y aterrorizar a los otros" (…) Casi todas las cartas que recibo traen señales de haber sido abiertas (octubre 30-noviembre 21, 1873).

Quizás lo más ilustrativo estriba en cómo Tomás Estrada Palma justificó negarle a Céspedes lo que ahora llaman permiso de salida: "No debía despachárseme pasaporte para el extranjero, para que el mundo creyera que estando yo en la Isla 'voluntariamente' todo iba bien, porque habiéndolos metido yo en la revolución, si ésta se hundía, nos hundiésemos todos" (diciembre 5, 1873). El gobierno tan constitucional de la república en armas terminó mandando a Céspedes a San Lorenzo, con "una guardia de presunción compuesta de cuatro hombres inútiles y mal armados" (febrero 24, 1873), para que se lo comieran los leones del batallón español de San Quintín.

Al parecer, la república agoniza desde mucho antes de que Castro se alzara con el premierato. Y por atenerse nada más que a los juegos del lenguaje constitucional se llega a la distorsión histórica de que el 13 de febrero de 1959 habría sobrevenido "el golpe de Estado más silencioso de la historia moderna [y] conocida es la renuncia del presidente Urrutia, negado a servir de títere".

Urrutia no renunció cuando Castro asumió el premierato, sino que estuvo de acuerdo. Es harina de otro costal historiográfico que Castro lo liquidara más tarde, de un soplo mediático, con el titular de julio 17 de 1959 en la primera plana del diario Revolución. "¡Renuncia Fidel!" Al tomar posesión en el ayuntamiento de Santiago de Cuba, Urrutia violó ya la pregonada Constitución de 1940 por declinar la jefatura suprema de las fuerzas armadas, que le correspondía por el Artículo 142. ll, a favor de Castro. No podía ser de otro modo entre cubanos, porque Castro era el vencedor de la guerra civil y había escogido a Urrutia como adorno del tinglado para otro performance republicano.

La dirección del Movimiento Revolucionario 26-7 (MR-26-7) urdió de madrugada, en casa de Enrique Oltuski, la exaltación de Castro al premierato, que si bien pidió dirigir la política general del gobierno contó al efecto con la aprobación de Urrutia y del primer ministro saliente, José Miró Cardona. Lo único que hizo falta fue cambiar el verbo rector del artículo 146 de la Ley Fundamental de 1959, que rezaba: "El primer ministro representará la política general del Gobierno". Nada tenía que ver ya con el artículo 154 de la Constitución de 1940, que agregaba a lo anterior: "y a éste [es decir: al gobierno] ante el Congreso". En 1959 le decían Congreso a Osvaldo Dorticós, por ser el ministro encargado de Ponencia y Estudio de las Leyes Revolucionarias, que el Consejo de Ministros adoptaba en ejercicio del poder legislativo, concentrado junto con los poderes ejecutivo y aun constituyente, tal y como Batista había diseñado en los Estatutos Constitucionales del Viernes de Dolores de 1952.

Miró no sólo planteó su renuncia, sino que dio legitimidad al ascenso de Castro con el argumento de que se tornaba más nítido el régimen semi-parlamentario de la Constitución de 1940, que otorgaba al primer ministro las facultades de Jefe de Gobierno y estas debía asumirlas quien, por su jerarquía histórica, era jefe de la revolución. Desde la reunión con el núcleo duro de su grupo político (MR-26-7) en La Rinconada, el 18 de diciembre de 1958, Castro concibió el gobierno provisional de su revolución con el propósito de untar bálsamo a sus potenciales enemigos mientras iba realizando los cambios que tenía en mente. Así ha durado más de medio siglo.

Esa es la prueba crucial de que, simplemente, Castro lo hizo mejor que Estrada Palma con su fraudulento Partido Moderado, José Miguel Gómez con sus salpicaduras, Mayito Menocal con sus amaños electorales, Zayas con su reenganche liberal tras haberse agachado en Cambute, Machado con su prórroga de poderes, Batista con sus sargentos y testaferros en serie, Grau y Prío con sus pistoleros, Batista otra vez con sus golpistas.

Castro no llegó de milagro al colmo de la dictadura, que consiste en ejercerla hoy sin atributo formal de mando, sino más bien porque la nación cubana propició el castrismo, a pesar de su alambicada vocación constitucionalista desde Guáimaro. No se puede acusar indefinidamente, en nombre del pueblo, a Fidel Castro de sus faltas. Menos aún encajarle la muerte de la república, porque solo ha habido una república cubana agonizante: la que comenzó con la deposición de Céspedes y que nuestro pueblo lleva adelante.

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